Iba a responder en el blog de egócrata, pero al final responderé aquí porque lo cierto es que ilustra un problema económico relativamente general. En el post dónde egócrata alaba los peajes Demócrito dice que prefiere un impuesto sobre los carburantes que un sistema de peajes porque el peaje (traduzco) es un impuesto de suma fija que no discrimina en función del consumo -”no es lo mismo un utilitario que un todoterreno”- mientras que un impuesto sobre los carburantes sería proporcional a la cantidad de carburantes consumida.
En realidad, depende de lo que uno quiera o pretenda gravar. Si lo que uno quiere es corregir una externalidad resultante de las emisiones de los carburantes, lo que dice demócrito tiene mucho sentido. El problema es que la razón de ser de un peaje no es sólo ni esencialmente esa. Un peaje es, básicamente, un precio.
Como proxy de economista, pensad que cada vez que hay una cola (un mecanismo para racionar algo) es porque no hay un precio y cuando no hay un precio adecuado hay un desequilibrio y posiblemente una ineficiencia. Cuando hay un exceso de demanda-más gente dispuesta a comprar a ese precio de la gente dispuesta a vender- una forma de racionar es con la cola. El problema del racionamiento es que el bien no se asigna a la persona que lo valora más (está dispuesto a pagar más por él). En realidad, todos los mecanismos de mercado (basados en precios) tiene la virtud de (bajo ciertos supuestos, etc…) ser eficientes porque cada individuo paga tanto como valora algo.
En el caso de un carretera, el problema que debe intentar resolver el peaje, como señala egócrata en su post antiguo (sí, este post es un plagio descarado pero se nos ha ocurrido por lados separados), son los atascos. El coste (marginal) de tomar una carretera, sin peaje, es básicamente cero y lo seguiría siendo con un impuesto sobre los carburantes. Cierto, uno paga la gasolina, conducir, etc,… pero el coste de ocupar un sitio en la carretera es nulo. El problema es que el espacio es limitado -la carretera es un bien escaso. En este sentido, un atasco cumple la misma función que cumplían las colas en la “tienda” de alimentos en la antigua unión soviética: racionar un bien escaso para el que no hay un precio. Cuando todo el mundo decide tomar el coche, no pagan nada adicional, pero ocupan un espacio en la autopista. El resultado es un atasco. Un atasco no es sólo una forma de racionar un bien escaso (el espacio para circular) es también una forma de degradar el bien que disfrutan todos (el atasco lo sufren todos).
En este sentido, poner un peaje tiene todo el sentido del mundo. Es, en primer lugar, una forma de financiar la construcción de carreteras- cubrir el coste de las obras públicas. Desde el punto de vista económico, tiene mucho sentido que los costes los soporten los que las utilizan. En segundo lugar, es una forma de igualar la oferta y la demanda: si el peaje está bien fijado (con distinto valor según la hora del día por ejemplo), la fluidez del tráfico no debería empeorar.
Por supuesto, uno puede pensar en problemas de equidad (quién protegerá a los pobres taxistas, qué hay de la gente que vive lejos del centro, qué pasa con los que son inmigrantes y vienen de otra provincia y dependen más de las carreteras etc…). La primera respuesta que se me ocurre es que podríamos limitarnos a dar un cheque según el criterio (vivir lejos del centro, ser pobre, etc…) no hace falta meter mano en el sistema de precios. La segunda es que este mecanismo sería un forma probablemente menos torpe de redistribuir renta- la cola no es necesariamente una forma más justa de asignar recursos que los precios. Sonará a mantra liberal, pero lo de “there is no free lunch” es totalmente cierto; en las carreteras- y en los carburantes- también.
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