Si tengo que nombrar dos autores que hayan influido más que en mi cosmovisión del mundo, entendida como “educación sentimental”-J, ahora te mando el copyright- o como conciencia histórica, probablemente nombraría a Marx y a Ortega y Gasset. Algo -tal vez lo único- que tienen en común es la articulación de, por un lado, de la importancia del momento histórico, la idea de que cada periodo de la vida humana está dominado por unos temas y que sus soluciones globales son más o menos inevitables y por otro, el papel del individuo -o en el caso de Marx la clase- como agente de ese cambio y la consiguiente llamada a las armas.
Ortega sugeriría que la condición sine qua non para el éxito de un discurso político -la vieja y la nueva política- es “estar a la altura de los tiempos”; ser capaz de colmar las aspiraciones de una generación, permitir que los cambios necesarios o inevitables se produzcan y que la sea la generación que los vive la que los lidere en lugar de sufrirlos. Pero para que los cambios sean asumibles y no traumáticos, la economía del proceso histórico exige que sean graduales y que lo nuevo se apoye siempre en algo que ya existe y de lo que se tiene conciencia.
Cuando hablamos del discurso de la izquierda, pienso que ese discurso debe, para tener éxito, cumplir dos condiciones. Por un lado, ser realista y ambicioso y colmar las aspiraciones de una generación, responder a los problemas de un momento histórico- o lo que es lo mismo, apoyarse sobre un diagnóstico certero y hacer prescripciones realistas. Por otro lado, debe apoyarse en una tradición que recupere los temas y las sensibilidades históricas con las que un movimiento- como la izquierda- se sienta identificado; los imaginarios construidos sobre tablas rasas tienen eso de problemático que transmiten esa horrible sensación de “low profile”- sí, pienso en la eclosión neocañi. Identidad y ambición; realismo y movilización deben ir de la mano en un discurso.
Si hablamos del diagnóstico, creo que puedo apostar sin demasiado riesgo que los próximos 20 o 30 años estarán, en Occidente, marcados por un problema que podemos poner bajo la rúbrica de “sostenibilidad”. A su vez, esta idea se desdobla en dos temas: la sostenibilidad ecológica entendida como el problema tanto de la economía ambiental y el respeto del medioambiente como del progresivo agotamiento de recursos energéticos y la sostenibilidad demográfica entendida como el problema del reto del envejecimiento de la población-y la sostenibilidad de los Estados de Bienestar- y el declive demográfico de la sociedad occidental. Cuando pienso en cualquier problema futuro, me resulta difícil encontrar alguno que no se pueda agrupar bajo alguna de estas rúbricas; son los problemas fundamentales del futuro y pienso que cualquier partido, de izquierdas o derechas, deberá responder a estos problemas o fracasar para inscribir su nombre en la Historia.
Resulta que la tradición de izquierdas está particularmente bien armada para responder a ambos retos siempre y cuando sepa reformar sus ideas. El ecologismo es un tema que forma parte del imaginario de la izquierda al menos desde los 70. Sin embargo, además de la retórica mecánica sobre el cambio climático y las renovables, sería razonable que el debate se articulara en términos un poco más científicos -pienso en la energía nuclear y en la necesidad de una política energética coherente. Favorecer un cambio de modelo energético sobre la base de un debate técnicamente informado debería ser una baza electoral, a cambio de saber hacer un poco pedagogía política.
Respecto a la sostenibilidad demográfica, es probable que éste sea un tema históricamente de derechas -Malthus, etc,… Sin embargo, sus soluciones pasan por tres tipos de políticas. En primer lugar, una economía suficientemente robusta para que la productividad aumente, capaz de innovar y de adaptarse, con mercados flexibles que se adapten a los cambios inherentes a esta innovación y sirvan efectivamente al consumidor y no al empresario, con un sistema educativo funcional orientado a mejorar el capital humano de los individuos, a mejorar su posición en el mercado laboral así como una red de protección con seguros obligatorios que haga esos cambios menos traumáticos.
En segundo lugar, Occidente y Europa en particular necesita encontrar una política de inmigración coherente y planificada a largo plazo, no basada en la última sensacionalidad política. Frente a las políticas irresponsables, sólo veladamente racistas y oportunistas de la derecha, la izquierda necesita y puede articular un discurso basado en la correcta gestión de los flujos migratorios que ponga en la balanza las ventajas e inconvenientes de cada política- lo que probablemente incluye valorar a los inmigrantes en función de las necesidad del mercado laboral.
En tercer lugar, necesitamos un sistema de protección social más moderno, que haga frente a los nuevos riesgos sociales. Las políticas familiares en Europa continental brillan por su ausencia. Sin embargo, cuanto más sabemos sobre la situación en la infancia y el éxito posterior más claro está que el status socioeconómico de tus padres es la madre de todas las externalidades y que este tipo de políticas son la clave para reducir la desigualdades y mejorar la cohesión social. El efecto sobre la sostenibilidad es tanto mayor en la medida en que no sólo aumentan el número de hijos por mujer sino que también fomentan la incorporación de la mujer al trabajo. La temática feminista, la de la sostenibilidad y la igualdad de oportunidades, reunidas en una misma política.
Que este tipo de programa tenga éxito depende en buena medida de la capacidad de los líderes para hacer pedagogía y modificar el discurso. Mi exasperación con la izquierda española actual proviene precisamente de esa falta de visión y de liderazgo para ser consciente del momento histórico en el que vivimos, de los retos a los que se enfrenta y la miopía inherente a ir a salto de mata electoral. El discurso actual de la izquierda en España basado en el género, la memoria histórica y la “sostenibilidad light” tiene el problema de ser un discurso vacío en la medida en que no aporta soluciones a problemas reales. Las soluciones a esos problemas en las que parece creer la izquierda tienen el problema de ser viejas- no solo antiguas. Ambos son la causa de que la izquierda lleve treinta años a la defensiva cuando se habla de cosas importantes.
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