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El problema de las listas abiertas

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Se repite a menudo en muchos sitios que una de las soluciones para aumentar el control ciudadano sobre los políticos es implementar un sistema de listas abiertas. La teoría es bastante sencilla, y ciértamente elegante: si el electorado puede castigar a los políticos que se portan mal directamente, sin que estos puedan esconderse dentro del partido, los políticos harán las cosas mejor.

La idea es bonita, pero no funciona; y el problema no está en la ley sino en los votantes.

Un sistema político democrático se basa en un principio muy sencillo: los políticos temen a los votantes. El mecanismo para inculcar el temor a la furia de los dioses del electorado a los alcaldes, diputados, concejales y ministros es que si hacen el burro, se van a la calle. Los votantes (o un número suficiente de estos) tienen el deber de ser implacables y sacar a patadas a aquellos que metan la pata.

El problema es que los votantes están muy ocupados. Como comentaba Citoyen, la gente cuando vota normalmente no lo hace del mismo modo que los frikis politizados* de la blogosfera; el proceso mental tiende a ser mucho más sencillo. Simplificando mucho (y si hay un experto en comportamiento electoral en la sala, que me perdone por la caricatura) la cosa va como sigue:

  1. El votante se pregunta si es de izquierdas o de derechas, y en algunos sitios, si es nacionalista o no.
  2. En la inmensa mayoría de casos, la respuesta es curiosamente idéntica a la que daban sus padres; la identificación política de la familia es un excelente predictor de voto.
  3. El votante mira por la ventana y comprueba que el apocalipsis no ha sucedido. También comprueba que el presidente/alcalde no haya sido pillado en la cama con una niña muerto o un niño vivo, o que no esté en la cárcel o huido de la justicia por haber hecho alguna barbaridad. Si la respuesta es negativa, pasa a (4). Si es positiva, pasa a (5).
  4. Si el partido en el poder es del mismo color político que el bravo ciudadano, le vota de nuevo. Si no lo es, el ciudadano normalmente es capaz de inventarse alguna excusa para votar en contra. Si no tiene demasiado imaginación (o el líder de la oposición ha sido pillado en la cama, etc, etc), se abstiene o vota por el partido que manda.
  5. Si el partido en el poder es del mismo color político que el bravo ciudadano, normalmente este es capaz de inventarse alguna racionalización para justificar su voto a favor igualmente. Los que no tienen humor para justificarse a veces cambian de partido. Los que no amaban al partido en el poder, votan en contra con más entusiasmo que nadie.

Es una caricatura, pero de hecho es un mecanismo bastante sofisticado para operar en un sistema complicado bajo racionalidad limitada. Los votantes “leen” lo que está sucediendo en el mundo real bajo el prisma de su propia ideología. Saben qué les gusta, saben cuándo las cosas funcionan bien o mal, y comparan entre lo que prefieren y la competencia percibida de los candidatos, votando en consecuencia.

El problema en un sistema de listas abiertas es que estamos pidiendo a los votantes que decidan no dos o tres veces cada tres o cuatro años; estamos pidiendo que decidan muchísimas más veces. Eso requiere prestar muchísima atención a todo lo que sucede ahí fuera y lo que están haciendo los políticos; un ciudadano tiene que estar aplicando el examen en el punto (3) muchísimas veces.

En un contexto de votantes frikis, eso es un problema relativo; al fin y al cabo, somos la clase de personas que seguimos con admiración y reverencia las andanzas corruptas de un oscuro gobernador de Illinois. Nos gusta la política, oiga. Qué le vamos a hacer. Para el común de los mortales, sin embargo, esto no es tan sencillo. No nos engañemos, la política es aburrida. La mayoría de votantes lo que harán será dedicar la misma cantidad de tiempo leyendo el periódico, y simplemente reduciendo el tiempo dedicado a vigilar cada posible voto. Ya no comparamos partido A y partido B; ahora tenemos a 14 tipos en cada lado, así que sabemos menos sobre cada uno de lo que sabíamos de A y B antes de tener listas abiertas.

Los políticos saben que esto sucede, así que actuan en consecuencia. En un sistema bipartidista de listas cerradas, cada diputado y ministro saben que si uno de los suyos hace el mandril, los votantes sólo pueden aplicar castigo colectivo, y penalizar a todo el partido. A su vez, también saben que el partido es un blanco extraordinariamente visible; si les cazan robando a destajo, están a campo abierto, sin nada que les cubra ni lugar donde esconderse.

En un sistema de listas abiertas, estos incentivos desaparecen. Primero, el partido tiene un incentivo mucho menor en vigilar a los suyos o mantener el orden. Si un diputado está vendiendo sus votos y le cazan, la culpa es de ese diputado, y los votantes le pueden culpar sólo a él. Segundo, y más importante, cada diputado individual es perfectamente consciente que es muchísimo menos visible que lo que era antes; conductas que serían horripilantes para un partido (ser muy buenos amigos con los intereses que defiendes) pasarán relativamente desapercibidas en un entorno menos disciplinado. Haciendo las cosas peores, todos los políticos saben que todo el mundo tiene ese mismo incentivo, así que el nivel de corrupción “aceptable” será más alto, y de hecho probablemente creciente a medio-largo plazo.

De hecho, un sistema de listas abiertas “puro” es relativamente inusual. La mayor parte de países que tienen listas “abiertas” tienen sistemas de listas preferenciales, en que los votantes pueden “subir” un político lista arriba, pero sin escoger entre unos y otros. La mayoría de votantes no expresan prioridades, así que en la práctica el sistema acaba actuando como un sistema de listas cerradas tradicional.

Básicamente, las listas abiertas o bien no cambian gran cosa (ya que los votantes no las usan) o destrozan la capacidad de control de los votantes sobre los políticos, al hacer la vigilancia muchísimo más difícil. En el peor de los casos (Italia, Brasil) el sistema se convierte en una máquina de crear basura, especialmente con una mala ley de financiación para campañas, con una auténtica carrera armamentísica de corrupción creativa (o “legalidad mágica”) que no deja títere con cabeza. Esto acaba sucediendo incluso en sitios con sistemas mayoritarios y circunscripciones uninominales bastante a menudo, como es el caso en Estados Unidos.

¿Son las listas abiertas una mala idea? No, en absoluto. Mejoran la representación de los votantes, y en ciertos contextos puede forzar a los políticos a acercarse más a los votantes. El problema es que no son una solución mágica, ni mucho menos, y que demasiado a menudo o no hace absolutamente nada o se convierte en un ruidoso desastre imposible de controlar de forma efectiva. Implementar una solución así puede ser buena idea, pero sus efectos serían, en el mejor de los casos, muy limitados.

(*): los frikis blogueros, por cierto, tienden a votar siguiendo una estructura mental muy parecida. La única diferencia es que somos muchísimo más creativos descubriendo excusas para justificarse, y que se ponen muchísimas medallas cuando cambian el voto.

 

Feevy de los colaboradores

Agregador de blogs de www.socialdemocracia.org realizado en feevy y fusilado por Carlos Guadián, refrito por Jéssica Fillol y rematado definitivamente por José Rodríguez.