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miércoles, 23 de mayo de 2012
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La reacción impulsiva, la sugestionada y la premeditada Imprimir E-Mail
Lecturas 1841    

ImageCuando se aprobó la Constitución de 1978 se pretendía que todos los grupos políticos fijaran unos mínimos con claridad sobre los cuales trabajar, con un margen de juego programático para que toda alternativa electoral pudiera jugar sus bazas de una manera diferenciada. En esta labor de consenso todos entendían, o se les supone, que la propia Constitución y el nuevo Estado autonómico que allí nacía no podría ser el centro del cuestionamiento ideológico en el futuro, dado que formaba parte de ese mismo pacto de bases. Es cierto, y es así, que el Estado autonómico español era un invento genuino, con una clara inspiración federal, cuya reforma definitiva (como el inconcluso modelo senatorial) debería seguir, por mera coherencia, también una clara referencia federal.


Muchos creen que se ha ido demasiado lejos descentralizando competencias políticas y recursos financieros, y puede que sea así, sin embargo el debate que me parece más relevante no es el que trata sobre si se debe seguir descentralizando recursos y competencias desde Madrid, si no como se organiza el poder en Madrid y como corresponde este a la naturaleza federal de todo el entramado institucional, nacido en la Constitución española.


Hoy por hoy el Estado español es de los más descentralizados del mundo, sin embargo los conflictos contencioso-administrativos entre instituciones son excesivos, los marcos competenciales no se han demostrado lo suficientemente claros, y por último, existe una retórica viciada que no ayuda en nada a solucionar dichos problemas, y no plantean además un horizonte tranquilizador.


Ante las amenazas de la derecha española de reforzar el papel de la administración central del Estado en la Constitución española, los llamados nacionalismos periféricos reaccionan con amenazas de signo contrario llamando a la autodeterminación en algunos casos, y otros, como en el caso de ERC, clamando directamente por la segregación de España en un futuro no lejano.


Realizar declaraciones públicas en términos de confrontación no suele ser muy inteligente, sin embargo, deberíamos empezar a ponderar la naturaleza de las reacciones de unos y otros, y que grado de sinceridad podríamos asignarle, según las circunstancias. Lo cierto es que muchas veces uno puede diferenciar entre distintos tipos de reacciones, y como estas, con mayor o menor grado de intencionalidad, son instrumentalizadas para alcanzar objetivos a medio y largo plazo.


Según las reacciones que uno provoca según las reacciones propias, uno puede acabar planificando, según los intereses que tenga. Lo cierto es que ante una cierta comprensión de la izquierda política, los nacionalismos periféricos pocas veces han considerado rentable ofrecer una cesión proporcional a sus aspiraciones maximalistas, de hecho, estas no han dejado de aumentar, incluso a veces hasta el paroxismo, como hemos podido comprobar con ERC.


Todos saben, o tienen aprendida la canción, de que si la derecha política lanza amenazas de aumentar la presión centralista, los nacionalismos periféricos “reaccionarán” en el sentido contrario, por muy poco espontánea que sea dicha reacción. No estamos hablando de respuestas emocionales, sino estratégicas. Las emocionales podrían ser predominantes en la sociedad civil, sin embargo, si estas no se dan en la intensidad necesaria a ojos de algunos dirigentes, podrían ser sugestionadas con los discursos oportunos dirigidos en la dirección correcta. Una sugestión que es irresponsable si moviliza a la sociedad a presionar a la clase política a una dinámica de confrontación, y no de consenso.


Muchos nacionalistas han caído en la dinámica del cocainómano, y acuden al Estado como quien acude al camello para pedir su dosis, y si no se la dan, responde con amenazas, cuando lo que habría que aplicar es una terapia de reducción de dosis, acompañado del reconocimiento de que tenemos un problema, en este caso sociológico, que tiene que ver con una estrategia política bastante cafre, que solo ha traído problemas, y creo que es hora ya de solucionar.


Son pocos creíbles ya los bramidos desgarradores de uno y otro lado de los nacionalismos ibéricos, incluido el españolista, sin que nadie levante la mano y pida la palabra para lanzar un discurso nuevo, constructivo, desde la racionalidad mínima y elemental que pida un pacto básico definitivo entre las partes, sin que nadie pueda volver a tener la tentación de ser “reaccionado” en base a provocaciones, más o menos intencionadas, sobre temas que deberían estar ya discutidos, y por lo tanto fuera de la mesa de debate.


Lo cierto es que desde la izquierda siempre se ha hecho uso de la retórica federalista como parte de la solución, además de la integración de los nacionalistas en una dinámica de resolución, de entender juntos que había algo que resolver, y que allí no se está discutiendo por discutir, sin embargo ambas cosas no son la misma; una cuestión está clara, hay muchos nacionalistas periféricos que no son federalistas, y asimilaron el discurso federalista por no aparecer como no resolutivos, sin embargo existe una incompatibilidad clara entre el federalismo, y una nula conciencia de una cierta unidad de España, que es la que puede ser federal o no. Ser federalista y no creer en el Estado no se sostiene, porque van, intrínsecamente, en el mismo paquete.


Me sorprende la polémica sobre que el Presidente del Gobierno defina a España como una “nación de naciones”, y se diga a la vez que el Presidente niega que España sea una nación; si España es una nación de naciones, es implícito que es una nación, otra cosa muy distinta es que algunos nieguen la pluralidad identitaria del mismo, explicación que habría que reclamar a los criticadores, no al criticado. Hay posiciones políticas que siguen siendo inexplicables.


Muchos han pedido que los nacionalistas fueran capaces de poner sus aspiraciones definitivas en un papel, sobre el cual poder trabajar, pero nunca lo han hecho; dichas aspiraciones aparecen, con la hemeroteca en mano, volátiles y dinámicas, casi a golpe de legislatura, y evidentemente este no es un contexto de estabilidad y, desde luego, de credibilidad política mínima necesaria.


La construcción institucional de España se ha hecho desde un equilibrio heterogéneo entre dos visiones paradigmáticamente distintas, mezclando un cierto grado de centralismo, a partir de un Estado provincial, con un cierto grado de descentralización, con la creación de instituciones autonómicas totalmente independientes, sin que haya una adaptación entre ambos modelos, una integración que iría en paralelo a la generación de un discurso común.


La Constitución buscó unos equilibrios necesarios, y bueno fue que tal cosa se hiciera, fue además un hito en nuestra historia, después de siglos de conflictos, pero de poco vale que unos lo sigan haciendo desde una nula conciencia de España, y otros desde una imagen homogénea de España; no vale de nada que unos sigan hablando de agua, y otros de tierra, cuando todos tendríamos que estar hablando de barro*, con el cual modelar un Estado para todos.


*. Las metáforas pueden resultar pomposas y grandilocuentes, sin embargo creo que son una manera útil y gráfica para ayudar a comprender el sentido de las reflexiones.



Comentarios de los usuarios (1) RSS feed comment
Escrito por David, on 26-09-2007 19:28,
1. O.K
Buen artículo. Añadiria al título GESTIONADA puesto que ciertas fuerzas políticas más que "hacer política" gestionan política e intereses.....
 
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