| Socialismo y Liberalismo (IV): los problemas de la libertad positiva |
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Hemos visto hasta ahora los valores que constituyen el núcleo central de las tradiciones socialista y liberal. Establecí que aquello que asimilaba unas familias del socialismo a otras era la defensa, en diferentes grados y formulaciones, de una cierta idea de igualdad (entendida como igualdad de oportunidades no menoscabada por ninguna circunstancia debida al azar, sea biológica o social) y de una cierta idea de comunidad (concretada en el principio según el cual yo te presto un servicio a ti, no por lo que pueda obtener de ello para mi beneficio personal, sino porque tu lo necesitas, y viceversa). Así mismo, diferencié entre dos conceptos diferentes de libertad presentes en la tradición liberal: la libertad negativa (yo soy libre en la medida en que nadie utiliza la fuerza, o la amenaza de la misma, para inmiscuirse en mis decisiones) y la positiva (yo soy libre en la medida en que dispongo de recursos para llevar a cabo las decisiones tomadas en el ámbito de mi libertad negativa). Afirmé, de igual modo, que el socialismo político (el intento de realizar los valores socialistas de igualdad y comunidad en el ámbito socioeconómico mediante el uso del poder del Estado; es decir, finalmente mediante el uso del monopolio de la fuerza) es inevitablemente incompatible con el liberalismo centrado en la defensa de la libertad negativa, por cuanto supone un intento de extender un determinado ideal ético a una serie de individuos que no tienen por qué compartirlo y que, desde la perspectiva de la estricta libertad negativa, no deberían abrazarlo solo por el hecho de que el Estado así lo quiera. Por contra, afirmé igualmente que la defensa de la libertad positiva es plenamente compatible con la defensa del socialismo: solamente hay que demostrar que, extendiendo los principios de igualdad y comunidad a la sociedad, va a haber más individuos disponiendo de recursos para llevar a cabo sus decisiones. Cosa que, afirmé, no resulta muy difícil demostrar: sin entrar en demasiadas profundidades, creo que está bastante claro que en Suecia los que están peor tienen más oportunidades para llevar a cabo sus decisiones que sus homólogos norteamericanos. No obstante, al final del artículo anterior dije que la libertad positiva entrañaba, como concepto, enormes dificultades que la convertían en un mal asidero para la defensa del socialismo. Principalmente, estas dificultades se refieren a la imprecisión de los límites de la libertad positiva. Y es que la libertad positiva parece una idea muy razonable cuando uno habla, por ejemplo, de la libertad de ir al médico: intuitivamente, nos parece superfluo el proclamar que una persona es “libre” de ir al médico si esa libertad consiste simplemente en que “nadie se lo prohíbe”, si la persona en cuestión no dispone del dinero suficiente para pagar sus visitas al médico. Pero si ajustamos el foco, las cosas parecen menos claras. Por lo pronto, nadie diría que una persona no es libre de ir al médico por el hecho de que lo que quiere es hacerse un lifting pero no dispone de dinero para ello. Y si entramos en otro tipo de libertades, los problemas no hacen sino aumentar: ¿que pasa con la libertad de casarme con quién yo quiera? Por lo pronto, lo único razonable parece ser que nadie tenga la potestad de decirme con quién debo casarme, pero no que yo pueda “llevar a cabo” mi decisión de casarme con Monica Bellucci. Y así sucesivamente. Una posible defensa contra esta objeción consistiría entre diferenciar entre bienes de primera necesidad y bienes de lujo, y a partir de ahí afirmar que la defensa de la libertad positiva se debe referir solo a los primeros, y no a los segundos. Pero esta defensa no funciona. Al menos, no si nos queremos mantener en el campo del liberalismo. En efecto: una idea subyacente a los dos conceptos liberales de libertad es que nadie tiene derecho a decirle a otro como debe vivir, qué concepción de la buena vida debe tener. Esto tiene que ver, por supuesto, con el concepto que cada uno tiene del bien y, por tanto, de los bienes. Lo que para usted sea “de primera necesidad”, para mi bien puede ser un lujo superfluo, y viceversa. Hay gente que sufre más si no tiene dinero para ir al teatro que si tiene que sufrir la gripe sin apenas medicarse. Por tanto, tanto si queremos defender solamente la libertad negativa como si queremos defender también la libertad positiva, debemos dejar que sean los individuos los que decidan, en libertad, qué bienes son prioritarios para ellos. Así pues, parece ser que la libertad positiva nos deja en un callejón sin salida. No hay manera de defenderla sin entrar en conflicto con arraigadas intuiciones sobre lo que es realmente la libertad. Y la razón de ello es que la libertad positiva y la negativa son, finalmente, de mal llevar. Si yo quiero defender, mediante la fuerza del Estado, tu libertad positiva de ir al médico voy a tener que sacar el dinero de algún sitio, es decir, de algún individuo. Y ese individuo, al verse privado de una parte de su dinero de manera involuntaria, verá disminuida su libertad negativa. Es este mismo conflicto entre ambas libertades lo que hace tan problemática la idea de que mi libertad de casarme con Monica Bellucci consista en que el Estado asegure que pueda “llevar a cabo mi decisión”, cosa que finalmente consistiría en obligar a la pobre Monica a casarse conmigo. Por lo tanto, sí, el socialismo es compatble con el liberalismo positivo. Pero, por decirlo a modo de broma, el liberalismo positivo es en buena medida incompatible consigo mismo. Y esto, por supuesto, son malas noticias, porque viene a significar que el único socialismo liberal más o menos exento de problemas debería basarse en la defensa de la libertad negativa, lo cual, si de lo que estamos hablando es de un socialismo político, ya hemos visto que es un oxímoron. Parece ser que el socialismo se halla inevitablemente confrontado a la libertad. Pero solo lo parece. Y ello porque, como veremos en el siguiente artículo, la libertad negativa del liberalismo tampoco carece de problemas. Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
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| Escrito por Lluís Pérez | |
| lunes, 31 de diciembre de 2007 | |
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Hemos visto hasta ahora los valores que constituyen el núcleo central de las tradiciones socialista y liberal. Establecí que aquello que asimilaba unas familias del socialismo a otras era la defensa, en diferentes grados y formulaciones, de una cierta idea de igualdad (entendida como igualdad de oportunidades no menoscabada por ninguna circunstancia debida al azar, sea biológica o social) y de una cierta idea de comunidad (concretada en el principio según el cual yo te presto un servicio a ti, no por lo que pueda obtener de ello para mi beneficio personal, sino porque tu lo necesitas, y viceversa). Así mismo, diferencié entre dos conceptos diferentes de libertad presentes en la tradición liberal: la libertad negativa (yo soy libre en la medida en que nadie utiliza la fuerza, o la amenaza de la misma, para inmiscuirse en mis decisiones) y la positiva (yo soy libre en la medida en que dispongo de recursos para llevar a cabo las decisiones tomadas en el ámbito de mi libertad negativa). 






