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Los seres humanos no podemos escoger cómo queremos vivir. Tampoco se nos deja escoger cómo morir. Somos seres dotados de cognición, siendo la combinación de unos átomos que se originaron en una estrella y que a otra estrella acabarán volviendo. Por el simple hecho de ser humanos, la vida vivida como humanos carece de sentido sino puede ser vivida como tal o no puede ser querida y vivida como tal.
El término eutanasia deriva del griego: "eu" (bien) y "thánatos" (muerte). Se define como todo acto u omisión cuya responsabilidad recae en personal médico o en individuos cercanos al enfermo, y que ocasiona la muerte inmediata de éste con el fin de evitarle sufrimientos insoportables o la prolongación artificial de su vida. El término no refiere a dignidad ni voluntad de la vida humana que no puede ser ejercida y vivida como tal. No refiere tampoco a las acciones de quien la vive; a él no se le exige la responsabilidad de la decisión si quiere o no una vida no humana, independientemente de su voluntad. Es como si responsabilidad y voluntad fuesen dos términos autónomos. ¿La dignidad es responsable? En los casos que la persona no es persona con la misma capacidad cognitiva que la define como tal, ¿la responsabilidad del mantenimiento de una existencia no humana requiere un acto de responsabilidad o de irresponsabilidad? Nunca la voluntad de la vida, de la propia vida entendida como humana y no meramente biológica entra en cuestión. Incluso hoy en día se utiliza la construcción léxica muerte digna que consiste en el otorgamiento de medidas médicas paliativas (que disminuyen el sufrimiento o lo hacen tolerable), de apoyo emocional y espiritual a los enfermos terminales, sin tener en cuenta si la prolongación de un final no querido, no humano y sin perspectivas es vida en su sentido humano, si es una muerte digna, el final de una vida indigna. Es decir, en ningún momento nadie habla de la voluntad manifestada de la persona sobre la cual recae la eutanasia ni tampoco del concepto vida humana digna. En los tiempos en que ninguna religión monoteísta secuestraba y monopolizaba la vida y la muerte de las personas, en las culturas y credos en lo que esto no existe, una vida mala no es digna de ser vivida y por tanto la eutanasia como el suicidio no era o son una cuestión que transcendieda más allá a la voluntad de la persona. La dignidad de la persona, precisamente por aquello que nos distingue de los otros seres vivos, el libre albedrío, la cognición, nuestra identidad como seres humanos que viven, importa. Fue con la creencia en un Dios todo poderoso que todo lo posee, tanto nuestra vida como nuestra muerte, lo que al parecer implica nuestra dignidad como humanos no se podía pensar en el ejercicio de la voluntad como humanos para poner fin a una vida no humana propia o de un ser querido. Así, importa la biología, la supervivencia de la vida sea esta como sea, aunque pierda su adjetivo de humana. En las sociedades modernas actuales herederas del cristianismo y de otros credos monoteístas sigue negándose el reconocimiento del valor máximo individual y propio de cada ser humano, la pretensión y el deseo de una vida (y muerte) humana digna. Se disimula con tibias medidas que no ofendan las sensibilidades de aquellos que aún creen que somos unas criaturas creadas y predeterminadas por un dios, cuyo nuestro destino, como hijos predilectos de él, es una especie de gloria eterna. Se nos ofrece un final a veces no humano para honra y gloria de un creador que si se analiza el significado de estas disposiciones niega el sentido de lo humanamente propio, aquello que va más allá de la supervivencia por la supervivencia: es decir la vida biológica frente a la vida como seres humanos. Puesto que eternos ya lo somos, tanto como el Universo y en este estadio particular en el cual nos encontramos, una vida humana consciente de ello, que es tan solo un corto, brillante y mágico estado temporal. La experiencia de la vida humana es como una chispa de genialidad, algo difícilmente explicable. Y es en su honor y como homenaje, la causa por la que no hay que pervertirla y dejar que sea tal y como debe ser, una experiencia de vida humana libre y voluntaria. Empecé el artículo afirmando que los seres humanos no podemos escoger cómo queremos vivir. Tampoco se nos deja escoger cómo morir. Por nuestra dignidad como especie, como un último homenaje a la vida, déjenos morir con dignidad, con voluntad, por el recuerdo de los que se van y por el recuerdo de los que siguen de aquellos que se van. Por la dignidad de la vida humana.
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