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jueves, 24 de mayo de 2012
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Los territorios, las personas Imprimir E-Mail
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ImageLas reivindicaciones fiscales del catalanismo no tienen por objetivo retener celosamente el dinero de los catalanes en los Países Catalanes, sino poner fin a un absurdo sistema de redistribución fiscal entre territorios desautorizado en su práctica por la propia Unión Europa y por países como Alemania. Un sistema que amenaza con matar el dinamismo económico de los Países Catalanes, acostumbrar los territorios beneficiarios a vivir del dinero público todo posponiendo sus deberes con respecto al desarrollo, y dejar sin herramientas los gobiernos autonómicos catalanes a la hora de hacer frente a los problemas sociales que ya existen ahora y que se agravarán debido a la crisis económica. Si lo que importan son las personas y no los territorios, como no se cansan de repetir los socialistas españoles, alguien nos tendría que explicar por qué importa más la situación de los pobres extremeños que la de los pobres catalanes. O que la de los pobres del resto del mundo.

 


Vengo estos días leyendo en la blogosfera progresista un encendido debate a propósito de las balanzas fiscales. Dos cosas me chocan, al respeto. La primera es que el debate no se da fundamentalmente entre bloggers progresistas y bloggers de la derecha nacionalista española, sino entre bloggers progresistas catalanes, de una parte, y españoles, por otra. La segunda es que no es un debate entre socialistas españoles y progresistas de las diferentes izquierdas catalanistas, sino sobre todo entre socialistas españoles y socialistas catalanes. Parece que a ambos lados del Ebro los socialistas empiezan a mirarse con mutua suspicacia cuando se trata de dinero. Y me temo (y espero) que muchos de a esta parte del Ebro empiezan a entender por qué algunos damos por perdida la batalla por reformar España y convertirla en un planeta habitable también para los catalanes.


Sea cómo sea, en el grueso de los argumentos que le leo a los bloggers socialistas españoles, hay uno que pesa bastante: el de que no son los territorios quienes pagan impuestos, sino las personas. Y, estrictamente hablando, es cierto: los Países Catalanes no "pagan" impuestos. Pagan impuestos los catalanes, y el resto de los ciudadanos del Estado español. Lo que pasa es que este dinero no sirve para quemar incienso sino para que el Estado lo reinvierta en bienes públicos. Y los bienes públicos, por norma generalísima, se generan sobre territorios, y benefician unos territorios y a otros no. Incluso aquellos bienes públicos que los trileros contables del Estado consideran "de todos los españoles" (el edificio de un ministerio, por ejemplo) de hecho afectan económicamente la zona dónde se generan, puesto que es allí donde se crean los lugares de trabajo (que le digan al 23% funcionarial extremeño), es allí dónde los trabajadores viven y gastan, y es allí dónde se generan por lo tanto toda una serie de rendimientos económicos que proceden directamente de la inversión pública. De forma que invertir el dinero de los impuestos en tal o cual territorio significa que dirigimos la riqueza hacia tales o cuales personas.


Lo cual significa que todo esto es más complicado que decir "los impuestos los pagan las personas". Los pagan las personas, pero los reciben las personas que viven en los territorios dónde se llevan a cabo las inversiones financiadas con estos impuestos. Aquí el socialista español típico argumentará que los territorios "pobres" merecen, desde una óptica progresista, un trato fiscal de favor en comparación con los territorios "ricos". Pero esto casa muy mal con la consigna de "no los territorios, sino las personas", porque al fin y al cabo un pobre es tan pobre en Extremadura como los Países Catalanes. No, corrijo: un pobre siempre es más pobre en una zona rica que en una pobre, porque su coste de vida es mucho más elevado. Y aunque no fuera así, la mayor sigue siendo cierta: si el que importa son las personas, no nos ha de importar más el crecimiento económico de Extremadura que el bienestar social en Cataluña. Antes de que Extremadura devenga una potencia económica, yo quiero asegurarme que los trabajadores catalanes tienen razonablemente el mismo nivel de cobertura social que los extremeños. Si el sistema educativo extremeño dispone de un ordenador por alumno, lo mínimo es pedir que el sistema educativo catalán no deba meter sus alumnos en barracones. Y una vez en estos temas estemos equiparados, entonces y sólo entonces nos ponemos a hablar de cuanto se queda cada cual por hacer negocios, y por qué.


Pero es que incluso si nos interesa el crecimiento económico de Extremadura (si nos interesa de verdad, quiero decir, y no sólo como eslogan electoral) siguen habiendo razones para pensar que un exceso de financiación proveniente de la extracción de impuestos de otro territorio (bueno, de los habitantes de otro territorio) no siempre es bueno para el territorio (bueno, por los habitantes del territorio) que los recibe. Es fácil pensar en esto si lo llevamos a nivel individual: un buen Estado del Bienestar, que cubra mis necesidades básicas y me dé un buen cojín de prestaciones sociales no tiene por qué desincentivarme a la hora de trabajar o de iniciar actividades empresariales propias; antes al contrario, puede ser un revulsivo, al reducir el riesgo vital a que me someto a la hora de participar en la economía de mercado. Ahora bien, un Estado que me subvencione generosamente por no producir nada de provecho (o directamente por no producir nada), lejos de ayudarme, me está acostumbrando a vivir del pecho del gobierno, convirtiéndome en un ciudadano pasivo y dependiente.


Pues bien, no son pocos los estudios económicos que alertan sobre los peligros de una redistribución excesiva de la riqueza entre territorios, en cuanto que aparte de desacelerar el crecimiento de los territorios ricos (todo matando la gallina de los huevos de oro), incentiva a los territorios pobres, no a desarrollarse, sino a seguir beneficiándose de un sistema de dependencia del dinero del gobierno donde todos sus habitantes se sienten cómodos: los ricos, porque no se los molesta con inoportunas reivindicaciones sociales; los políticos, porque tienen el gallinero tranquilo y pueden hacer clientelismo (el PER andaluz es un ejemplo escandaloso); y los trabajadores y las clases populares, porque viven evidentemente mejor que en su situación pretérita de pobreza. Ni que decir tiene que el día que la gallina de los huevos de oro acaba de morir el sistema cae como un castillo de cartas.


Por eso es por lo que, por ejemplo, la Unión Europea, tan estimada por los socialistas como paradigma de la superación del nacionalismo (no-español, of course), establece un límite al esfuerzo fiscal que los Estados miembros pueden hacer en relación a la redistribución territorial de riqueza. Y por eso Alemania, teóricamente el modelo que los federalistas españoles tenían en la cabeza al poner su granito de arena en la Constitución de 1978, tiene fijado por ley un límite del 4% de déficit fiscal para los länder. Estas limitaciones existen no sólo por un elemental sentido de justicia ni porque no se quiera matar el dinamismo de los territorios más desarrollados, sino también porque se sabe que una cosa es ayudar los territorios menos favorecidos a desarrollarse y otra hacerlos flotar en un mar de dinero "a ver qué pasa".


Pero es que además resulta que si miramos el mapa de las balanzas fiscales según el criterio del flujo monetario (mirando, pues, donde se han producido las inversiones del Estado), observaremos que la historia esa de "los territorios ricos ayudan los pobres" no se cumple. Primero, porque ha habido años en que comunidades que han estado por encima de la renta mediana de (por ejemplo) el País Valenciano han seguido teniendo superávit fiscal (Castilla - León) mientras el País Valenciano se seguía desangrando fiscalmente. Segundo, porque los Países Catalanes son un territorio bastante diverso y no es lo mismo el dinamismo económico de Barcelona o València que el pobre desarrollo de zonas como las Tierras del Ebro, de las que Extremadura puede sentir más bien poca envidia. Y tercero, porque el centro del donut (es decir, Madrid) ha sido de largo la zona con un crecimiento económico más espectacular de las últimas dos décadas y aún así tiene un déficit fiscal sensiblemente inferior al de los Países Catalanes.


En el fondo, sin embargo, lo más importante es que hay otra cuestión que, desde un punto de vista de izquierdas estrictamente no-nacionalista es difícil de contestar: y por qué Extremadura (o Andalucía, o Castilla - La Mancha)? Por qué no Kenia, o Somalia, o tantos y tantos países que están realmente mal y que necesitan inversiones y apoyo económico mucho más a la desesperada que Extremadura? Aquí la respuesta sólo puede ser una: porque "estamos en España". Pero esto, my friends, ya es nacionalismo. Y aquí la discusión ya no se convierte en una discusión entre nacionalistas preocupados por los territorios y no-nacionalistas preocupados por las personas, sino entre nacionalistas catalanes y españoles. Cada cual con su propio mapa territorial en la cabeza. A partir de aquí, quien quiera recoger el guante, que avise, pero a sabiendas de que tendrá que explicarnos a los catalanistas por qué su nacionalismo es más digerible, desde un punto de vista de izquierdas, que el nuestro.



Comentarios de los usuarios (2) RSS feed comment
Escrito por miguelnunezrios, on 28-10-2008 16:23,
1. Parece
que el debate es realmente técnico, y de ahi parece que se sugestiona uno identitario. Si las condiciones materiales que expones como causa del desarraigo no existieran ¿no habría desarraigo?, por otro lado, el Tercer Mundo es un tema fundamental, pero financiar de una manera excesiva esos Estados sería casi colonialismo, partiendo de la base de que no hubo un referendum de Somalia para ser proxima Comunidad Autonoma española; hay por tanto tambien un problema de soberanía, pero tambien una cuestión técnica. El paradigma técnico que esbozas en casi todo el articulo es compartible, pero la pregunta es si la realidad es así o no.
 
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Escrito por miguelnunezrios, on 28-10-2008 16:29,
2. Algo más
Yo si digo que no me gusta la idea de que un territorio se quede más para si a costa de que niños de otro territorio se quden sin plaza escolar, o haya menos camas de hospital, o pensiones más bajas, no es por ser nacionalista español... bueno, creo que tenemos derecho a ser de izquierdas aplicando esto a otra demarcación geográfica, y sin tener que hacer un puente imaginario entre la Comunidad Autónoma y Europa o el planeta... a mitad de camino hay otra cosa, que, que yo sepa, existe, y no se porque hay que coger obligatoriamente una goma de borrar y cepillarselo.
 
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