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domingo, 12 de febrero de 2012
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Sobre la maldad de los métodos Imprimir E-Mail
Lecturas 508    

ImageAl hablar de ciencias sociales, es casi inevitable acabar hablando de metodología. No importa la disciplina en que andemos metidos, el sujeto de estudio siempre son sistemas extraordinariamente complejos, con miles de interacciones incuantificables, personitas con ideas raras y condiciones sociales e históricas que pueden tener influencia o no en lo que estamos viendo. Es obvio que cualquier explicación será un simplificación, no importa lo detallada que sea.
Alberto Garzón el otro día recibía al pelotón neoprog como nos merecemos: con una crítica de bienvenida. Y ya que andamos en ciencias sociales, la crítica es metodológica, no sobre contenidos. Es una buena crítica, aunque me parece que equivocada. Veamos por qué.

La base de su crítica es que la aproximación metodológica preferida de Citoyen y un servidor (el individualismo metodólogico) es básicamente malvada. Thatcherita, digamos; no cree en la sociedad y tiene como base de sus estudios a los individuos, no a los grupos o ideas.

Empezaremos por la mayor, el individualismo metodológico. Es el método que utilizo más a menudo escribiendo por aquí, pero eso no quiere decir gran cosa. De hecho, es una prueba de vagancia más que de rigor intelectual estricto.

En ciencias sociales, como en política, soy un firme creyente en la idea que el problema determina nuestras herramientas, y no lo contrario. Según nuestro objeto de estudio y nuestra pregunta de investigación, utilizaremos un método o utilizaremos otro, sin tener demasiados reparos de usar un martillo en vez de un destornillador si esa es la solución más adecuada.

Un ejemplo claro es cuando he hablado de voto (estos días, más por Barras y Estrellas que por aquí fuera). En unas elecciones generales uno puede explicar algunas cosas a golpe de elección racional y teoría de juegos, como la estrategia de los partidos bajo ciertas condiciones muy limitadas (¡carritos de helado!) o algunos aspectos de cómo los partidos deciden su programa, pero no ir demasiado más allá.

Sin embargo, cuando uno intenta predecir resultados o explicar por qué alguien ha ganado o ha perdido, hablar de teoría estratégica individualmente es casi siempre totalmente absurdo. Tenemos 125 millones de tipos decidiendo según sus preferencias, siguiendo una variedad de métodos, criterios y esquemas mentales y sociales totalmente imposible de delimitar. Con muy pocas excepciones (poquísimas; el voto estratégico es básicamente un mito) es mejor ir al bulto, hacer estudios estadísticos macro y pelearse con modelos menos basados en mecanismos y más basados en tipos de votantes, grupos, preferencias, condiciones sociales, etcétera, etcétera.

La explicación es distinta, y no da mecanismos causales demasiado elegantes ("si la economía va mal y la mayoría de votantes piensan que el país va a peor, el partido en el gobierno pierde"), pero uno puede dar buenas explicaciones, y de hecho predecir resultados electorales de forma bastante efectiva. Uno puede hablar de arreglos institucionales a largo plazo (como la existencia de estados de bienestar en algunos sitios) hablando de estrategias políticas, pero explicar con elección racional el voto individual (o agregado) es absurdo.

Hay otros problemas que exigen una aproximación estrictamente empírica. No estamos hablando de formación de preferencias o de extrañas disquisiciones tácticas entre políticos; estamos centrados en cosas más simples como averiguar si es cierto que bajar impuestos aumenta la recaudación fiscal a medio-largo plazo. Uno coge los datos, mira unos cuantos casos en que alguien haya bajado los impuestos, y descubre que no; la teoría de Laffer es una tontería. Tenemos una teoría (que parte del individualismo metodológico) y probamos si se cumple en la realidad. No lo hace. Caso cerrado. Es todo cuestión de datos, ordenador, tirar regresiones o variaciones más o menos sofisticadas, y pumba, tenemos una respuesta.

¿Por qué me paso la vida hablando de teoría de juegos? Bueno, dos motivos. Primero, intelectualmente mi cerebro parece funcionar de esa manera. Todas esas tardes jugando al Diplomacia y juegos de estrategia sesudos variados tienen que notarse en algún sitio; me gusta poner actores, darles un fin y unas reglas, y pensar quién gana y quien pierde. No creo, sinceramente, que eso sirva para todo, pero estoy convencido que no hay forma más divertida de buscar respuestas. Y si uno tiene un poco de imaginación, de hecho, requiere bien poco esfuerzo.

Claro, los mecanismos causales que uno se saca de la chistera son eso, historietas; racionalizaciones simplificadas de problemas complejos. Uno tiene que sentarse y confirmarlas, sea a base de estudios de caso detallados, estadística pura o experimentos de laboratorio ominosos; aquí es donde entra la ciencia. Pero eso es para otro día.

Si nos centramos en la teoría de la elección racional, creo firmemente que la gente actúa, en general, de forma racional, tomando decisiones que creen que le harán felices según la información que tienen a mano. Eso no los hace egoistas o asociales; si alguien es feliz haciendo amigos, plantando árboles o salvando a los gnomos de jardín que viven oprimidos, estupendo. Si alguien cree que es racional organizar al proletariado y cantar la internacional, y el resto de obreros le siguen, mi punto de partida es que lo están haciendo es por que son listos y les conviene.

La elección racional no niega nada; básicamente establece como punto de partida que la gente no es tonta. Si alguien está haciendo algo que parece que le perjudica, está metido en algo del estilo de un dilema del prisionero, básicamente están mal informados, los costes de coordinación o transacción son demasiado altos o realmente quieren hacer eso porque mira, les gusta (probablemente porque están mal informados). Qué se le va a hacer. La teoría de juegos no es precisamente rígida.

Cuando hablo de problemas en términos de teoría de juegos o individualismo metodológico no lo hago porque no creo en superestructuras, lucha de clases, la sociedad en general o porque amo el status quo. Es bastante más simple: estoy respondiendo a una pregunta con la herramienta que creo que es la más adecuada. La teoría de la elección racional es un instrumento básicamente atroz para explicar algunas cosas, desde los mecanismos de formación de preferencias (no los de aprendizaje; hay algunas cosas estupendas sobre el tema) a la decisión de voto o los grandes cambios culturales.

El método no conduce a ninguna posición ideológica en especial. Es una herramienta, nada más que eso. Obviamente, el hecho que sea neutral no implica que no introduzca algo de sesgo (cuando uno sólo tiene un martillo, todos los problemas son clavos), pero no la hace necesariamente malvada, siempre que uno entienda sus limitaciones. Si quiero explicar ideas más generales, como si decidir si el concepto de clase social es válido a estas alturas (lo es, pero no en el sentido marxista del término), usaré otras herramientas. Uno no intenta calcular distancias usando un termómetro, al fin y al cabo.


A todo esto, y ya que saca la nacionalización de la banca y como fui incapaz de predecirla con mis maravillosos métodos, bueno, si, es cierto, pero no del todo (hace un año ya decía que era un problema muy, muy serio). No soy economista, al fin y al cabo. Pero soy perfectamente de explicar por qué es necesaria, sabiendo lo que sé ahora, y no sabía entonces. Si quiere cuestionar la ciencia económica en general, meterse conmigo es fácil; soy un piltrafilla de cuarta. Que le vaya a vacilar a Roubini o Stiglitz, si quiere, que si hablaban de ello desde hacía años.

Oh, y ya que estamos: la economía actual tiene explicaciones más que satisfactorias y muy bien fundamentadas sobre el aumento de la desigualdad (decisiones políticas; la derecha ganando elecciones. Larry Bartels lo dice), el subdesarrollo (montones de explicaciones; esta es la más extendida ahora) o la evolución de los precios en bolsa (a corto, no existe; es totalmente aleatorio. A medio, hay modelos de aprendizaje estupendos. A largo, es cuestión de tecnología). Sobre el consumismo, eso es cuestión de cultura, no economía; me parece que por aquí nos resignamos a aceptar que a la gente le gusta tener cacharros.

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