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D. Pedro Castro, alcalde socialista de Getafe, que es una población de Madrid, y Presidente de la F.E.M.P., se preguntó en público, a micrófono abierto, que es como hay que hacer las cosas, por la razón de que todavía hoy haya tantos “tontos de los cojones” (sic.) que votan a la derecha. El alcalde de Getafe ha cometido un exceso verbal de tal magnitud que lo descalifica como alcalde, como presidente de la Federación Española de Municipios y Provincias, pero también como socialista y como político. Sin embargo, a diferencia de la reacción visceral e irreflexiva de la derecha, entendible porque ha sido insultada, o peor, ha sido insultado su electorado, a mí, dejando claro mi rechazo al contenido de las declaraciones de d. Pedro Castro, me suscita otra reacción, más reflexiva, a la que invito se sume quien lea este post.
Si nos quedamos en la anécdota, que comprendo les puede resultar exótica, curiosa y atrayente, estaremos impidiendo que los árboles nos dejen ver el bosque. La pregunta del señor alcalde de Getafe, insulto gratuito al margen, es pertinente. El PP, la derecha hispánica, cuenta con un electorado compuesto por casi diez millones de personas. Esas cifras, más o menos, vienen a otorgar al PP la representación de prácticamente la mitad del electorado. Mucha gente, en todo caso. Y aunque es cierto que aún son más quienes votan a la izquierda, en sus múltiples variantes – que en esto hay una diferencia notable respecto al monolitismo de la derecha –, lo cierto es que este hecho debe llamar a la reflexión, sobre todo a los partidos de izquierdas. Y si digo “sobre todo” es porque no quiero decir “únicamente”, que si a la izquierda le corresponde analizar la razón por la que sólo representa a la mitad del electorado, a derecha e izquierda les corresponde instrumentalizar esta realidad política, que define un país, llamémoslo así, “bipolar”. Que el Gobierno, el de España y los otros, esté siendo ejercido, por voluntad ciudadana, por uno u otro sector ideológico no legitima, si la premisa de partida es válida, para otra cosa que gestionar la diversidad política del electorado y gobernar para todos. Razón que convierte en auténticos disparates los encontronazos entre diferentes gobiernos, cuyos principales y únicos damnificados son siempre los ciudadanos, y las ciudadanas. Si bajamos a la arena política del día a día nos vamos a encontrar con dos maneras de gobernar, es necesario hacer hincapié en esto para no perder perspectiva: una, que se caracteriza por el autoritarismo y el convencimiento de estar en posesión de la verdad absoluta, gobierna a golpe de decreto, “por cojones”; la otra, caracterizada por el diálogo y la prudencia que se deduce de saber que no hay verdades absolutas en política, gobierna para extender el mayor bienestar posible a la mayor cantidad de gente posible. Es la diferencia entre la derecha, que boicotea la ley de la dependencia, la reforma educativa, la financiación municipal, los avances en reconocimiento de derechos civiles y, en definitiva, la acción de gobierno, sólo porque aquel, el Gobierno, está en manos de sus adversarios políticos; y la izquierda, al menos la del PSOE, que tiende la mano a los gobiernos autonómicos y municipales, independientemente de su signo político, para colaborar en la solución de los problemas, sobre todo de la crisis económica. Sin insultar, pero con firmeza, yo también me pregunto por las razones de que casi diez millones de personas voten a la derecha, me parece inconcebible.
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