Cuando era joven estuve enamorada, enamoradísima de Ernesto Che Guevara. Era guapo, revolucionario, valiente, generoso, ¿qué más se podía pedir?
Ahora, y sin dejar de amarle, por supuesto, creo que en el fondo fue más aventurero que revolucionario porque, a parte de hacer millonarios a los fabricantes de gorras, camisetas, pósters y demás merchandising, ¿que nos dejó? Una gran tristeza tras su muerte y un legado vacío de soluciones para los desfavorecidos, por quienes se supone que luchaba.
En los tiempos que corren, los revolucionarios ya se han dado cuenta de aquello que me decía mi anciano y querido amigo Antonio el anarquista: Julia los grandes golpes no sirven porque no tienen continuidad, solo producen destrucción y no es cierto aquello que decía Durruti de que a nosotros no nos asustan las ruinas, nosotros heredaremos la tierra, porque la tierra ya tiene dueños y nosotros nos quedaremos sin nada y ellos, los dueños, volverán a construir y venderán las viviendas a quien pueda pagarlas, hay que ser paciente y perseverante y afianzar cada paso por pequeño que sea para que al final consigamos que poco a poco se vaya logrando una mayor justicia social. Mira qué pasó con las grandes revoluciones. Nada. Volverán al capitalismo en cuanto a los dirigentes de los partidos que gobiernan esos paises les interese. Antonio murió antes de que se desintegrara la Unión Soviética y los paises del Este se pasaran al neoliberalismo. Qué visión de futuro tenía...
Decía que en la actualidad, los grandes revolucionarios son aquellos que logran llegar al gobierno y desde allí tratan de buscar el equilibrio entre el progreso económico del país y el empeño de que las clases más desfavorecidas no queden fuera del reparto de riquezas. No es fácil, por supuesto que no. Ni quienes tienen las riquezas están dispuestos a repartirlas, ni quienes han sido hasta hoy olvidados son conscientes todavía de que el cambio es posible y de que también ellos tienen que arrimar el hombro. Como por ejemplo el gran problema que tienen en Brasil para convencer a muchas familias de que sus hijos tienen que ir al colegio, hasta dinero les tienen que dar a veces para que así lo hagan. No es fácil reconducir un país en el que hay tantísima miseria y criminalidad. No, no lo es. Pero hay que intentarlo.
Y eso es lo que hace Inácio Lula da Silva. Un hombre que, a pesar de los graves problemas de corrupción que ha tenido porque en un país en el que eso era lo "normal" no es fácil erradicar tan insanas costumbres, sigue teniendo, después de seis años, el apoyo incondicional del 83% de la población. Un hombre que surgió de la más triste miseria, que no tuvo formación académica, pero sí una gran calidad humana y una gran capacidad de liderazgo. Lula ha sido capaz de posicionarse por encima de las ideas políticas para llevar a la práctica su discurso de fuerte contenido social, al tiempo que ha sabido dirigir una política de abertura económica que hace que Brasil se permita aguantar la crisis mundial en mejor situación que otros países de su entorno, sin dejar de poner sobre la mesa insistentemente el problema de la erradicación de la pobreza.
Nunca antes se dio soporte a ciudadanos como ahora (más de doce millones de familias), nunca antes se ofrecieron ayudas bancarias a quienes no tienen nada de nada, nunca antes pudo Brasil lograr evitar la inflación y rescatar la deuda externa. Quizás todo esto no importe a los puritanos de la revolución porque consideren que por encima de todo hay que mantener la dignidad de no relacionarse con el capital. Sin embargo, la frase que oí decir a Lula en su primera campaña, me llegó al corazón: "Cuando era joven creía que el hambre hacía revolucionarias a las personas, luego me di cuenta de que el hambre solo hace que las personas pierdan su dignidad."
No es fácil gobernar un país como Brasil. Yo viví allí de la infancia a la adolescencia y lo sé. Un día tuvimos un sueño llamado Janio Quadros/Joâo Goulart/Leonel Brizola que fue engullido por una dictadura militar y una brutal represión, por eso vivo con tanta esperanza la capacidad de Lula para llevar a cabo su proyecto de democratización de aquel gran país y de la búsqueda incesante de una mayor justicia social.
Sigo confiando en Lula como el primer día. Sigo amando a Mandela y ojalá pueda incorporar en ese selecto grupo a Obama.