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"Sólo hasta que se haya talado el último árbol, contaminado el último mar y muerto el último pez, el hombre entenderá que no se puede comer el dinero. " Me ha hecho gracia ver hoy en un póster esta leyenda. Era un póster en el que, además de estas palabras, se veía el dibujo de una joven india americana. Lo he encontrado en una tienda que hay en la calle Boquería, en la que tienen muchos, muchísimos artículos capaces de enamorarme. Sin embargo no he comprado nada. Estamos en crisis.
Digo que me ha hecho gracia porque me ha recordado una conversación que tuve hace pocos días con compañeros del trabajo a raíz de un powerpoint que corre por la red, en el que alguien se ha entretenido en hacer cálculos y llegar a la conclusión de que si se cogen las cantidades que los gobiernos están destinando a salvar a las financieras y demás empresas y se dividen entre los habitantes del planeta, tocaríamos a no recuerdo qué cantidad de dinero cada uno, pero sí recuerdo que se trataba de una cantidad que a personas más bien corrientillas como yo nos solucionaba el resto de nuestros días. Pues bien, comentando el tema se me ocurrió preguntar a un compañero, no a uno de los más tontos, sino a uno de los más cultos (lo que agrava la respuesta) ¿qué harías tú con ese dinero? ¿Yo? me dice sorprendido, pues tumbarme a la bartola. Ah, muy bien, le contesto, yo también oye, yo también me tumbaría a la bartola. El problema es que con este reparto, por más que tengamos para pagar servicio, nadie estará dispuesto a trabajar para que descansemos porque como todos tendremos lo mismo, todos nos tumbaremos a la bartola ¿no? Sí, claro, me dijo con un tono como diciendo que su comentario anterior era una simple broma. Lo malo es que, broma o no, fue lo primero que le salió del alma al imaginarse dueño de una importante suma de dinero. A nadie de los que allí estábamos se le ocurrió decir algo como, bueno pues podríamos unirnos por grupos de afinidad y coincidencia profesional y de intereses personales para crear empresas que resultaran competitivas y a la vez permitieran a los trabajadores disfrutar de las mejores condiciones al ser todos copropietarios de todos los centros de producción ¿no sería maravilloso? Todos a trabajar en aquello que a cada cual le interese y a compartir los beneficios a partes iguales. Grandes cooperativas agrarias que optimizaran la producción para que todos los habitantes de la tierra pudieran cubrir sobradamente todas sus necesidades. Y eso sí, haciéndolo todo con la conciencia de que tenemos la obligación de limpiar los ríos y mares, de devolverle la pureza al aire, de que la tierra pudiera volver a sentirse limpia, para que las generaciones futuras pudieran vivir también dignamente, respetándose mútuamente y disfrutando de la belleza y generosidad de nuestro planeta. Pues no, lo único que se nos ocurrió fue que una vez tuviéramos nuestra parte de dinero en nuestro poder, nos tumbaríamos a la bartola. O sea que acabaríamos como el viejo usurero de aquella leyenda que nos contaban cuando éramos niños (que, claro, como nos lo contaban los cristianos de entonces, pues el viejo usurero era judío) que se dedicaba a guardar el dinero sin gastar nada hasta que murió apretando junto a su pecho la bolsa de las monedas porque el dinero no se puede comer. Y es que con esto de las actitudes ante lo colectivo pasa como con el formateado católico de nuestros cerebros, lo hemos padecido durante tantos siglos que resultan difíciles de extirpar. Solo cuando seamos capaces de preocuparnos más por el que podamos aportar que por lo que podamos obtener, seremos capaces de ser libres y entender que el dinero no sirve para nada si no puede lograr que todos los seres humanos vivan con dignidad.
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