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El espectáculo que destacados dirigentes del Partido Popular nos están obsequiando estos últimos días a todos los españoles es de los que no se olvidan. Si un día nos sorprenden con lo del espionaje, al día siguiente con la corrupción. Mas, lo más sorprendente es que ellos echan balones fuera, y para justificar lo injustificable, sacan de nuevo a la palestra la teoría de la conspiración.
El argumento es sabido. Todo obedece a que nuevamente desde el Gobierno, en vísperas de unas elecciones autonómicas, se ha instado al Fiscal General del Estado a que investigue los aledaños de las instituciones gobernadas por miembros del PP. A partir de ahí viene el incombustible juez Garzón. Para acabar de enmarañarlo todo, se saca a la luz la jornada cinegética de Bermejo con el juez mencionado. Nada nuevo bajo el sol. Estamos acostumbrados los ciudadanos españoles a estas tácticas, de tratar de enmascarar todo. No cabe más que recordar la teoría de la conspiración del 11-M. Los dirigentes populares son puros e inmaculados, sobre todo la divina Esperanza, la de luz y taquígrafos. Ellos no tienen culpa de nada. En un aviso a navegantes, si las instituciones gobernadas por el PP estuvieran limpias de polvo y paja, no deberían preocuparse de una investigación judicial. Aquel que está libre de culpa, no teme ningún tipo de investigación. Sólo la teme, aquel que tiene algo que ocultar. Por ende, los dirigentes del PP si fueran consecuentes con todo lo que han dicho hasta ahora, deberían abrir las puertas y ventanas de todas las instituciones que gobiernan, para que el Garzón investigara todo, sin ningún tipo de trabas, en lugar de poner obstáculos e impedimentos. Todo esto es tan diáfano, como el agua clara. Mas no quiero escribir más en esta dirección, sobre la que ya he expresado claramente mi opinión. Mi pretensión es otra. Presentar algunas reflexiones sobre la actividad política, que en estos momentos está cayendo por los suelos, por comportamientos como los anteriormente citados. De entrada, lo realmente grave, no sé si son conscientes los componentes de la clase política, es que la actividad política es una de las más desprestigiadas entre la sociedad española, ante la que cualquier ciudadano español, medianamente consciente e interesado por la cosa pública, tiene que sentir una mezcla de asco, hastío y un profundo malestar. Habiendo tenido que esperar tantos años para disfrutar de un sistema democrático, no nos merecemos esta cuadrilla de políticos desalmados. Todos ellos insultan, ensucian y denigran la política, una de las actividades más importantes que puede llegar a desempeñar el ser humano. Ya decía Azaña que la actividad política es compleja. El político está siempre al borde del precipicio. Y si se cae, la gente dice: “Se le está bien empleado, era un majadero”. Además la política no admite experiencias de laboratorio, no se puede ensayar, es un caudal de realidades incontenibles, no admite ensayo, es irrevocable, es irreversible, no se puede volver a empezar. Y otro problema añadido en la política es el acertar a designar los más aptos, los más dignos, los más capaces. Tarea ardua. Era frecuente el fracaso en los regímenes autocráticos, cuando el llamado a elegir el más apto era o la voluntad de un príncipe, o de la querida de un príncipe, o la del barbero de un príncipe. Ahí tenemos el ejemplo de Rasputín en el régimen zarista, o Godoy en la corte de Carlos IV. En cambio, la democracia es probablemente y en teoría el mejor sistema para elegir a los más dignos. Aunque nunca es perfecta esta elección. Lo estamos constatando de una manera fehaciente. Con todos estos condicionantes, sigue indicando Azaña, lo que parece incuestionable es que la actividad política es una de las actividades humanas más excelsas, ya que exige la aplicación más amplia, más profunda, y más completa de las capacidades del espíritu, donde juegan más las dotes del ser humano, tanto las del entendimiento como del carácter. Por otra parte, aquel que tiene vocación de político, de político de verdad, debe llegar a ella exclusivamente para prestar un servicio a la sociedad, en aras a conseguir una sociedad más justa y solidaria. Además los auténticos móviles de la política, los de verdad son, deberían ser la percepción de la continuidad histórica, de la duración, la observación directa y personal del ambiente que nos circunda, observación respaldada por el sentimiento de justicia, que es el gran motor de todas las innovaciones de las sociedades humanas. De la composición y combinación de los tres elementos sale determinado el ser de un político. He aquí la emoción política. Con ella el ánimo del político se enardece como el ánimo de un artista al contemplar una concepción bella, y dice: vamos a dirigirnos a esta obra, a mejorar esto, a elevar a este pueblo, y si es posible a engrandecerlo. Y cuando ha conseguido esto, el político de verdad vibra, alcanzando un grado de felicidad, que es muy difícil encontrar una experiencia humana equiparable. Cuando un Consejero/a de Educación inaugura un colegio o instituto, que permite el que muchos chavales reciban más y mejor formación, siente una satisfacción harto difícil de mejorar. Por otra parte, el político debe tener la cabeza muy bien amueblada y tener las cosas muy claras, así como también el saberse rodear de buenos asesores, que le indiquen sus errores, cuando los cometa, y que no siempre le estén halagando, diciéndole que todo lo está haciendo bien. La escasez de buenos asesores es lo que conduce a muchos políticos a desconectar de la realidad cotidiana de los ciudadanos y a cometer errores imperdonables que les llevan a la ruina política. Acabamos de constatarlo con la decisión de dedicar una calle en Zaragoza a San JoséMaría. Además las autoridades electas en un sistema democrático, deberían serlo por tener una trayectoria recta e intachable. Deberían ser personas que sirvieran de ejemplo para el resto de la sociedad. Este es el ideal del político. Mas entiendo, así como la mayoría de los ciudadanos, por los recientes acontecimientos, que muchos de los dirigentes del partido popular están muy alejados de este ideal. Han llegado a la política con otros planteamientos, con otra escala de valores. Entre ellos estarían. El afán de mando, ya que el mandar tiene su erótica. Que tus decisiones tengan que ser obedecidas sin rechistar por todo un conjunto de personas, para algunos de los que llegan a la política les puede resultar una motivación suficiente. Cierto donjuanismo, entendido como el afán de lucirse, de estar continuamente en candelero, por lo que tus actuaciones aparecen siempre en los medios de comunicación, es otro ingrediente no despreciable. Como también el deseo de medrar, el instinto adquisitivo, y así algunos destacados políticos populares lo han afirmado sin reparo alguno, aduciendo que ellos han llegado a la política para enriquecerse. Y lo cierto, es que la mayoría de ellos al abandonar la vida política sus patrimonios se han visto fuertemente reforzados. Deberían los políticos populares actuales hacer un profundo examen de conciencia sobre sus comportamientos, ya que son todo un ejemplo de lo que nunca debiera hacerse por parte de aquel que quiera engrandecer el arte de la política. Tendrían que dedicar todas sus energías en presentar propuestas para resolver la gravísima crisis económica que aqueja a la sociedad española. Por lo que estamos observando, tengo la impresión de que ésta les importa poco. Es más, les conviene, ya que cuanto más se agrave, están convencidos que más posibilidades tendrá alguno de ellos de llegar al Palacio de la Moncloa, tras desalojar a Rodríguez Zapatero. Mientras sigan actuando así, que no se sorprendan de que la ciudadanía española no les tengan respeto alguno. Como quieren que les respetemos, si ni siquiera ellos mismos se respetan. Lo dicho, dicho está. Espero que estas líneas deslavazadas, le sirvan a algún político de motivo de reflexión. Si lo consigo, me sentiré plenamente satisfecho.
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