La educación no es la panacea (I): la "igualdad de oportunidades"
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Imagínense que ustedes y yo tenemos unas dotaciones relativamente equivalentes de fortaleza física, agilidad, inteligencia, reflejos, etc. Imagínense, así mismo, que estando hambrientos entramos todos en una habitación donde hay dos plátanos. Lógicamente, en ausencia de un reparto pactado de los plátanos, lo que acabará pasando es que unos comerán uno o los dos plátanos y otros se quedarán sin nada. No es una cuestión de que no hayamos partido de una situación similar en cuanto a oportunidades sino, simplemente, que los recursos a los que podíamos acceder eran escasos. A partir de aquí, el azar (una piedra en el camino de uno, un ligero desequilibrio en el caminar del otro...) es lo que habrá determinado quién se queda con qué.
Retengan la metáfora de momento y hablemos de las ideas de la Izquierda sobre la educación. Tradicionalmente la Izquierda ha mostrado una gran confianza en el poder reformador de la educación. La educación debía servir, según las ideas pedagógicas del grueso de la Izquierda moderna, para dos cometidos fundamentales: 1) dar una formación mínima a todo el mundo que permitiese a todos los individuos partir de una situación de igualdad de oportunidades que les hiciese igual de aptos, en principio, para desempeñar diferentes tareas siempre que se esforzasen por llegar a ello; y 2) para cambiar la misma personalidad del ser humano, que debía pasar de ser un egoista/machista/incívico a ser el “hombre nuevo” (altruista, igualitarista, cívico...) del que hablaban Mao Zezong o el Che Guevara y del que se suponía que cualquier sociedad socialista precisaría. El primer cometido partía de la idea de fondo de que en una sociedad donde todos los individuos recibieran una misma instrucción mínima, independientemente de su sexo/clase/raza, sería una sociedad donde mal que bien lo que primaría sería la meritocracia: los hijos de la clase obrera y los hijos de la burguesía tendrían iguales oportunidades de subir en la escala social y prosperar. El segundo cometido partía de la concepción de la mente humana como una “tábula rasa”. En este artículo vamos a hablar del primer supuesto pedagógico erróneo de la Izquierda: el de la igualdad de oportunidades.
Volvamos a la metáfora de mas arriba. Una situación de igualdad de oportunidades había llevado a una distribución de recursos que distaba mucho de corresponderse con el mérito. Mas bien, podemos imaginarnos que lo que ha llevado a unos a conseguir su plátano y a otros a quedarse sin nada ha sido a medias algo azaroso (el haber entrado primero por la puerta, el haber tardado unas décimas de segundo menos que los otros en correr, el haber tropezado con una piedra accidentalmente dejada allí...) y algo determinado que escapaba al control de los individuos, a saber, la escasez de recursos.. En igualdad de condiciones y por tanto de oportunidades, lo que ha determinado que unos tuviesen mas que los otros han sido unos factores que no tenían nada que ver con el mérito.
Del mismo modo, cuando resulta que cualquiera puede tener un título universitario lo que sucede es que, en realidad, es como si nadie lo tuviese: los puestos dirigentes de la sociedad son limitados (mucho mas que los puestos bajos) y por tanto no se les pueden otorgar a todos aquellos que salgan de la Universidad con un título en la mano. Antes, cuando ningún obrero podía pagar estudios superiores a sus hijos, era normal que el hijo del obrero que conseguía llegar a la Universidad llegase lejos, puesto que su título marcaba la diferencia con el grueso de la población. En cambio, cuando todos los hijos de la clase obrera pueden llegar a la Universidad sin otra condición necesaria que su propio esfuerzo, el valor diferencial de un título universitario desaparece y entonces, lejos de encontrarse en una situación de igualdad de oportunidades, con lo que se encuentran es con que la diferencia en el acceso a los mejores puestos de trabajo no depende ni solo ni principalmente de su título sino, en especial, de su acceso diferencial a redes sociales o, como se diría popularmente, de los “enchufes” que puedan encontrar por ahí. Lo cual nos lleva a lo que precisamente queríamos evitar: los hijos de la burguesía parten de una situación aventajada con respecto a los hijos de la clase obrera simplemente por un accidente sexual, a saber, el de haber nacido entre algodones.
Esto no significa que la educación no sea importante. Lo es, por ejemplo, para proporcionar una cultura mínima indispensable para moverse por el mundo de hoy en día. Lo es, también, para abrir el paso a nuevas generaciones de periodistas, biólogos y economistas. Lo es, o mejor dicho debería serlo, para formar ciudadanos críticos que sepan leer entre lineas lo que sale en “El País” o en “El Mundo”. Pero de lo que debería ser consciente la Izquierda es de que la educación, sin dejar de ser una palanca importante del cambio social, no es ni de lejos la panacea que muchos creyeron que era: los que están arriba van a seguir estándolo independientemente de que los hijos de las clases populares estén licenciados en Física.
Es imprescindible cambiar el modelo educativo por otro que aproveche mejor las capacidades personales, y sepa sacar más partido y ofrecer más posibilidades en función de las necesidades y deseos de cada estudiante. Pero también teniendo en cuenta las necesidades de la sociedad, no ahora, sino dentro de veinte años.