| Sucio, sucio |
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Nuestras abuelas y madres tenían el bidé (y la ducha vaginal, ese invento del demonio) para dejar sus, ejem, jardines del paraíso acondicionados para la entrada de la suprema creación del universo (Esto, sí, el hombre. Eso. Sí.), y nosotras hemos refinado la cosmética de las gónadas hasta el punto de que ya no tenemos ni que tocarnos las partes para dejarlas como los chorros del oro.
Qué irónico que pongamos tanto empeño en limpiar con todo tipo de mejunjes lo que en realidad es la parte más limpia e higiénica de nuestro cuerpo. Las secreciones amarillentas que recogen nuestros salvaslips (otro invento del diablo, y de un tamaño innecesariamente diminuto además) contienen las bacterias y otros organismos dañinos que han sido expulsados de la vagina para proteger la asepsia del aparato reproductor. Irónicamente, al mantener esas secreciones en los salvaslips y compresas, en vez de dejar que fluyan libremente y se acaben evaporando, estamos contribuyendo a las infecciones. Buscando la higiene extrema, conseguimos el efecto contrario.
En el aparato reproductor femenino, “limpio” no significa “sano”. Y desde luego, no tiene por qué significar “inodoro”. El olor de los estrógenos que se concentran en la vulva, pero también en las axilas o alrededor de los pezones no es en sí desagradable, tanto menos cuando se supone que tiene una marcada función de atracción sexual. No tiene sentido enmascararlos con productos de celulosa perfumada.
El puñetero tabú, que nos impulsa a avergonzarnos de todo aquello que nos identifica con nuestro género biológico, lleva ya demasiado tiempo cerrando nuestros ojos a nuestro propio cuerpo; el desconocimiento habitual de nuestra sexualidad se ve agravado por las toallitas higiénicas, los jabones perfumados o los “prácticos” aplicadores de plástico que son en realidad más engorrosos y sólo nos salvan de mancharnos los deditos de la tan odiada sangre menstrual. Que inventen de paso un aplicador para sonarnos las narices, que eso sí que da asco.
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| Escrito por Mireia Ortega | |
| miércoles, 13 de diciembre de 2006 | |
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Empezó calladamente, hace unos
años, con las compresas que nos preguntaban a qué
huelen las nubes. Luego vinieron los geles íntimos, jabones,
toallitas higiénicas, y hace poco una cascada de flores de
colorines nos anunciaban que nuestros tampones podían oler a
rosas.





