Para quienes participan de la superstición del fin de las ideologías, el realismo político equivale a substituir los proyectos políticos, los principios, por la pura y simple gestión. Como es obvio, resulta difícil detenerse ahí: gestionar, lo que es gestionar, se puede gestionar tanto una esplendorosa democracia como un campo de concentración. Así que en general estos modernos tecnócratas, que abundan tanto a la derecha como a la izquierda del espectro político, suelen desarrollar algo mas su tesis: se deben abandonar los principios (o, cuanto menos, situarlos en un segundo término) en favor de una gestión que simplemente contribuya a que la gente viva mejor, a solucionar sus problemas.
Tres dificultades aparecen inmediatamente después de formular esta tesis. La primera está relacionada con eso de "solucionar los problemas" de la gente. Problemas de la gente pueden ser tanto el paro masivo como los males de amores. No obstante, parecería muy poco razonable pedir que los políticos se ocupasen de conseguir que cada oveja acabase teniendo pareja; no así en el caso del paro masivo. Así pues, no basta con determinar que la gestión debe servir para solucionar problemas: también se debe señalar qué problemas resulta pertinente solucionar desde la política y cuales no. Y aquí, los valores y los principios juegan un papel fundamental, porque son los que nos explican por qué la comunidad política puede meter la nariz en unos asuntos y en cambio debe dejar otros de lado. Según si uno es utilitarista, liberal o republicano, los problemas que uno considera como "problemas políticos" variarán notablemente en muchos casos.
La segunda dificultad es parecida a la primera. Se trata de que la reivindicación de que la gestión realizada por los políticos contribuya a mejorar la vida de la gente; esta reivindicación, digo, nos deja en las puertas de una importante pregunta, a saber: ¿cuando podemos juzgar que la vida de una persona ha "mejorado" en una situación s2 respecto de una situación s1? Lo cual equivale a preguntarse: ¿qué entendemos por una buena vida? Que es precisamente la pregunta que trata de responder la filosofía moral. Y, por lo tanto, nos encontramos de nuevo con los principios y los valores: ellos nos permitirán juzgar cuándo la vida de unas personas en una determinada sociedad es "mejor" o "peor" respecto de otro orden de cosas imaginable.
La tercera dificultad es seguramente la que tiene una mayor carga argumental: la tesis que vengo discutiendo es la de que "la política ha de olvidarse de (o situar en un segundo término a) los principios y los valores propios de las diferentes ideologías políticas para, simplemente, ocuparse de la gestión en vistas a mejorar la vida de los ciudadanos y solucionar sus problemas". El principal problema de esta tesis es que alguien podría fácilmente levantar la mano y preguntar: "¿y por qué?". No es una cuestión baladí: una vez formulado un enunciado normativo ("X debe hacer Y"), se plantea irremediablemente la cuestión de cual es la máxima que hay detrás del enunciado, cual es su fundamento moral. Resulta muy pertinente preguntarse no solo de qué manera deben actuar los políticos, sinó también por qué deben actuar de una manera y no de otra. Y eso, de nuevo, solo se puede resolver atendiendo a unos determinados principios y valores morales, que son los que nos dan la guía para evaluar cuan aceptable es una determinada situación social a la luz de nuestras propias convicciones éticas.
En resumen, podemos decir que no hay nada parecido a una "gestión correcta" de los asuntos políticos que resultaría conocible mas allá de nuestras convicciones morales: precisamente, son estas las que nos permiten determinar cuándo podemos considerar una gestión como correcta y cuándo debemos juzgarla como equivocada. Los intentos de dejar a un lado los principios y los valores en la gestión topan con la misma dificultad que Aristóteles mostró a los que pretendían atacar a la filosofía: hasta para dejarla de lado uno tiene que filosofar. Del mismo modo, los tecnócratas topan en su argumentación con un obstáculo insalvable: para responder a la pregunta "¿y por qué hemos de dejar de lado los principios y los valores en la gestión de la vida política?" tienen que apelar necesariamente a razones que, por su forma y contenido, son razones inequívocamente morales. El buen realismo político no es, pues, el que niega tener principios morales (porque seguro que los tiene, mejores o peores, explícitos o implícitos), sino el que parte de buenos principios morales, hace un buen diagnóstico empírico de cual es la realidad política y social del momento, la compara con la que debería existir según esos mismos principios, y luego hace todo lo posible por ajustar lo deseado a lo posible atendiendo al conocimiento científico y técnico disponible. Eso es realpolitik de la buena.
Es de entender su preocupación por el normal desarrollo de los que es en realidad la política como acción primaria al impulso y desarrollo de una sociedad. Aunque hay que recordar que hoy día, los "políticos" , ya olvidaron que hay que deliberar sobre los medios pues los fines todos los conocemos. Pero a ellos hasta el eso como que nunca se los enseñaron.