| La lógica del verdugo (II): autoridad y violencia |
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En 1971 Philip Zimbardo, profesor de psicología en Stamford, recibió un curioso encargo. Alguien en la marina de Estados Unidos estaba preocupado por los niveles de conflicto y violencia que veían en el sistema penal americano, tanto en el sistema civil como el militar, y se decidieron por encargar algo de investigación aplicada sobre el tema. Zimbardo, como su antiguo compañero de estudios Stanley Milgram, tenía una cierta predilección por las técnicas experimentales, así que se decidió a probar alguna de sus ideas en un estudio aplicado.
La hipótesis de partida en el estudio era ciertamente lógica. En el sistema de prisiones americano existía el problema (aún existe, pero vamos) que los guardias y administradores de prisiones eran en demasiadas ocasiones extremadamente crueles y violentos. Para mantener a la población reclusa controlada, los vigilantes recurrían a métodos muy crudos de humillación psicológica, violencia física y castigos aleatorios muchísimo más a menudo de lo que era de esperar. Para Zimbardo, este problema se derivaba probablemente de un proceso de autoselección. La clase de personas que trataban de buscar trabajo como carceleros no era un grupo "normal", si no que tenía una proporción mayor de potenciales sádicos o personas adictas al autoritarismo que digamos los que estudian para ser interioristas, jardineros o diseñadores de Gnomos de Jardín profesionales. La violencia era por tanto un fruto de fallos en la selección de personal más que otra cosa, así que se decidió a probar esta idea con un experimento. La prueba era bastante elaborada. Para empezar, tras pedir voluntarios por el campus en anuncios (a los que respondieron 75 personas), seleccionaría entre ellos 24 que fueran tan estables, sensatos e inofensivos como fuera posible. Tras esto, los dividiría en dos grupos mediante un sorteo estrictamente aleatorio; la mitad serían prisioneros, la otra mitad, guardianes. A los prisioneros se les "arrestaría" y se los enviaría a una cárcel simulada construida en el sótano del departamento de psicología. Se les vestiría con un mono tan incomodo como fuera posible, se les daría un número (y siempre se les llamaría con él), un gorro de nylon ajustado (para simular llevar el pelo afeitado) y una cadena en los tobillos (para dar más ambiente), y con este aspecto se les haría "cumplir" dos semanas de cárcel. Los guardias, mientras tanto, recibían un uniforme de aspecto militar, una gafas oscuras y una porra. Tras una pequeña charla con el "director" de la cárcel (el mismo Zimbardo) y un reparto de turnos, se les ordenó que vigilaran a los reclusos durante su condena. Tras esto, Zimbardo y su equipo conectaron la cámaras, se sentaron detrás de los monitores, y se dispusieron a ver qué sucedía, tratando de entender qué mecanismos sociales operan dentro de una cárcel. Los resultados fueron bastante sorprendentes. Dicho en pocas palabras: las cosas se fueron a la mierda, y rápido. Tras un primer día sin demasiados problemas, las cosas empeoraron rápidamente. Tras una especie de rebelión más o menos confusa de los reclusos durante la noche, los guardias del turno de mañana decidieron que algo debía hacerse. Quejándose amargamente del pasotismo de los del turno anterior, llamaron refuerzos (pidiendo que los del turno siguiente vinieran antes) y con la ayuda de los del turno de noche (haciendo horas extras voluntarias) reprimieron la revuelta a base de tortas, con uso creativo de los extintores y porrazos a diestro y siniestro. Todo ello sin que ninguno de los "directores" dijera nada, con plena iniciativa de los guardias. Tras este incidente, la cosa fue de mal en peor. Los carceleros, enfurecidos por la falta de obediencia y respeto de los prisioneros, se lanzaron a aplicar una disciplina draconiana. Combinando porrazos, castigos y premios a menudo aleatorios, separando y tratando de hacer que los reclusos se volvieran unos contra otros, la cárcel se convirtió rápidamente en un sitio despiadado, cruel y desagradable. La imaginación de los guardias se demostró inagotable en formas de humillar y confundir a los prisioneros; desde desnudarlos, forzarlos a hacer cosas absurdas (ejercicios, flexiones) o inventarse y aplicar regulaciones estrictas sobre el uso de los lavabos, todo pasó a estar reglado de la forma más humillante y cruel posible. La situación se hizo más y más delirante. Algunos guardas (sobre un tercio de ellos) parecían de hecho disfrutar inflingiendo castigos, siendo especialmente crueles por la noche, cuando creían que las cámaras estaban desconectadas. El propio Zimbardo reconoce que empezó a obsesionarse con el experimento, llegando a confundir su papel de "director" de la cárcel con el de director de una investigación. No fue hasta el sexto día de todo este asunto que una estudiante de doctorado (ahora la mujer de Zimbardo, por cierto), horririzada con lo que estaba viendo, suplicó que se acabara con el experimento. Once días antes de lo previsto, el estudio fue cancelado. Las conclusiones a extraer de lo sucedido son como poco inquietantes. Para empezar, es cuestionable hasta qué punto el resultado final (el horror carcelario) es de hecho inevitable; hay muchos elementos de contexto que probablemente condicionaron lo sucedido de forma importante. El experimento introdujo muchos factores (uniformes, números, el papel de Zimbardo como "director inflexible" en la charla preliminar) que bien pudieron focalizar la conducta de guardias y prisioneros hacia la confrontación. Aunque estos detalles se introdujeron para simular de forma "acelerada" la pérdida de identidad y confusión de una cárcel, sus efectos bien pudieron ser decisivos. Por añadido, el azar bien pudo hacer que el experimento fuera en un sentido y no en otro. Sin la "revuelta" de la primera noche (o con unos guardias de ese turno más rápidos en reaccionar), es perfectamente posible que los guardias no se volvieran locos, o que la represión fuera muchísimo menor. Por no hablar, evidentemente, del los problemas que la metodología experimental tiene en sí misma, que da para escribir libros. Aún con estos problemas, sin embargo, el hecho que la situación se convirtiera en algo tan extremo es ciertamente algo que debería hacer pensar. Si el experimento de Milgram nos decía algo sobre la obediencia, en este caso deberíamos preguntarnos sobre el efecto que la autoridad tiene en los individuos. Quizás el hábito sí hace al monje; o en este caso, el uniforme hace al violento. Quizás Abu Ghraib no fue un accidente. Nota al margen: este experimento, a diferencia del de Milgram, no ha sido repetido múltiples veces, siempre con resultados parecidos. La BBC lo replicó, con un punto de partida distinto, para un programa hará unos años. Los prisioneros fueron liberados en esta ocasión también antes de tiempo para evitar que perdieran la cabeza, aunque nunca se llegó a los niveles de sadismo vistos en Stamford.
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| Escrito por Roger Senserrich | |
| miércoles, 16 de mayo de 2007 | |
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