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Escrito por Jessica, on 12-06-2007 20:35,
1. fanatismo
Fanatismo: esta actitud comporta la defensa de una idea vigente pero falsa o carente de evidencia empírica. En sucesos contados tal vez sea cierta, pero nada permite asegurarlo. En consecuencia, nadie está en posición de hacer una defensa acérrima de la misma. A diferencia del supersticioso, el fanático ha perdido casi toda su capacidad razonadora y no es razonable. Lo grave es que al no serlo, jamás buscará errores en su idea de base. Otra diferencia con el individuo anterior es que el fanático suele poner en peligro la integridad de terceros con más frecuencia que el supersticioso. Ello se debe a que la vigencia de su idea, permitirá al fanático encontrar a otros que piensen como él y no estará tan solo en su creencia como el supersticioso. Cuando la idea no esté evidenciada, el resquicio de que pudiera tener razón se convertirá en su gran arma: ahora tiene razón. Ambas situaciones le convertirán en un elemento más combativo, con capacidad de agruparse para imponer su ideología o lograr sus propósitos. 
Dos ejemplos de fanatismo comunes son: 
La negación o defensa acérrima de la existencia de uno o más seres supremos creadores (dioses, espíritus, demiurgos, titanes, etc.). A día de hoy, es absurdo sostener o rechazar con vehemencia la idea de un creador último del universo. No hay pruebas sólidas a favor de ello pero tampoco en contra. La opción más sensata será el agnosticismo o considerarlo un acto de fe particular de cada uno. De lo contrario estará defendiendo una idea vigente no evidenciada. 
Un caso más grave consiste en enarbolar una idea vigente demostrada como falsa. Es el caso de la superioridad racial del negro en el deporte. Su origen está en la creencia en una mayor masa muscular de los negros, surgida durante el apogeo del tráfico de esclavos africanos a Europa y América, y en el posterior triunfo de Jesse Owens en las Olimpiadas de Berlín del 1936. Ante la consecución de 4 medallas de oro, el partido nazi reconoció la (supuesta) supremacía física del negro para evitar el rechazo a la superioridad de la “raza aria”, que aún mantendría un feudo en su capacidad. ¿Dónde estriba la falsedad? En primer lugar, en la especie humana no existen razas pues la variabilidad genética intragrupal es superior a la intergrupal, además de que las diferencias pigmentarias se distribuyen de un modo continuo. Por otro lado, la aparente desarrollo muscular superior del negro no es tal, pues hay bastantes más negros que carecen de dicha condición.  
Atendiendo a los deportes, se observa una superioridad del negro en la carrera de alta velocidad y en la de muy larga distancia, en cambio en carreras de resistencia de unos pocos kilómetros, la supremacía no está tan clara. No debe olvidarse que la supremacía en la carrera de alta velocidad es típica del negro estadounidense, mientras que en las distancias muy largas hay un fuerte predominio de determinado negro africano, que comparte honores, en gran medida, con individuos de otras tonalidades pigmentarias.  
El prejuicio se desmorona aún más por la influencia medioambiental que afecta a la supremacía negra en el baloncesto (cada vez menos negro) y en el boxeo, que tradicionalmente han practicado los negros de ciertos ambientes marginales y dictaduras. Es decir, la genética de la pigmentación cutánea no está correlacionada con la superioridad genética general en el deporte, como se creía. La mejor correlación se obtiene al estudiar factores genéticos (individuales y de ciertas poblaciones) y medioambientales (costumbres, sistemas de entrenamiento, grado de desarrollo del país, número de habitantes o uso de sustancias dopantes). En lo relativo a la inteligencia tampoco se han apreciado correlaciones genéticas con el color de la piel. De cualquier forma, cabe reseñar que el fanatismo no aparece sólo por creer en un prejuicio sino por defenderlo de manera activa sin valorar otras opciones. 
Hace siglos, los antiguos romanos ya encontraron enigmas “raciales” en el “deporte” y no llegaron a los niveles fanáticos de los grupos neonazis, sino a establecer hipótesis extravagantes y casi cómicas. En el Imperio, el pigmeo llegó a ser un elemento muy apreciado como gladiador ya que su media de éxitos –al parecer- era superior a la de luchadores de otras provincias. Dicho asunto, históricamente inusual, llevó a algún erudito a apuntar 2 posibles causas:  
El pigmeo estaba resentido por su pequeño tamaño. Así, movido por la cólera, era capaz de propinar golpes demoledores a sus adversarios. 
El pigmeo, por su desventaja física, se esforzaba más en el combate que el adversario y dicho empeño le conducía a una mayor frecuencia de victorias.  
Aunque pudieran parecer ciertas en su época, los romanos nunca le dieron una credibilidad absoluta. Sólo fueron hipótesis atractivas. 
 
- Dogmatismo: consiste en la defensa de una idea vigente falsa o sin evidencia empírica que la avale, aunque dotada de cierta lógica que la hace parecer evidente. El dogmático es el más peligroso entre todos los idiotas, ya que compensa el no ser nada razonable con su cualidad de buen razonador (de la que carece el fanático). Es decir, es capaz de elaborar razonamientos complejos que sustenten su argumentación aún cuando sea falsa. El sofista que cree en su propia idea es el dogmático por excelencia, dotado de una dialéctica perversa capaz de tergiversar la realidad. Es un imbécil que da la sensación de ser inteligente: habla bien, fundamenta con coherencia, escribe con elegancia y, al mismo tiempo, parte de una idea errónea o no verificable. Su potencial deletéreo consiste en que son auténticas incubadoras de crédulos, supersticiosos, fanáticos y otros dogmáticos. Por si fuera poco, tiene vocación de líder, que variará según el medio en el que despliegue su ideología y lo disparatada que ésta sea. Los dogmáticos son ubicuos entre curanderos, videntes, líderes religiosos y políticos, aunque ningún gremio está a salvo de ellos. Un paradigma muy empleado es el del líder islamista, capaz de crear fanáticos que se autoinmolen y sucesores para su pérfida obra. Otro de menor eficacia psíquica -que no fáctica- es el militar radical de alto rango que sustenta agresiones desproporcionadas e invasiones injustificadas, a la vez que mantiene la actitud combativa de sus seguidores. Ambos suelen ampararse en la dispensación de una justicia injustificable, dirigida y siniestra. A menudo ni siquiera se corresponden con el modelo del malvado por excelencia. No ganan nada con su acción y hasta son de trato agradable, aunque también pueden ser autodestructivos y arrastrar a sus seguidores a la vorágine. Sólo son idiotas peligrosos, letales.  
- Credulidad extrema: consiste en la aceptación de toda idea nueva sin exigir verificación o contraste alguno. El crédulo en extremo suele ser razonable pero no razonador. Ello motiva que su idea cambie con facilidad y que prefiera dejar “que piensen los que saben”. Este individuo no suele involucrarse en nada. Ni siente ni padece. En ocasiones ha recibido tanta “psicobasura” que ya todo le da igual o actúa como una veleta instintiva: ¿que mañana le dicen que van a derribar su casa?, pues se preocupa. ¿Qué después le dicen que era una broma?, pues se tranquiliza. ¿Qué le vuelven a decir que hay que derribarla?, pues retomará su preocupación. Eso sí, no se detendrá a pensar cuál es el trasfondo de esas contradicciones. 
- Incredulidad extrema: es el caso opuesto al anterior. Consiste en no aceptar ninguna idea aún pareciendo cierta tras un contraste y/o verificación. Que dude de manera justificada del contraste y/o verificación realizados, es legítimo. La perversión emerge en el instante en que duda hasta de la evidencia. Cuando eleva las excepciones a reglas y se atrinchera en un universo irreal. Su actitud puede llevarle a pensar que todo son engaños, tonterías y conspiraciones: los médicos experimentan con él dándole placebos, los arquitectos reciben subvenciones para hacer casas inseguras o de mal gusto, la Ciencia está equivocada desde su base, etc. En su mundo particular todo es cuestionable. Todo es tergiversable. Es la Duda Metódica llevada a su radicalismo máximo. Sus razonamientos pueden ser muy buenos pero no es razonable. Hay que tirar todo el sistema abajo porque no tiene nada bueno o útil. En cierto modo, el incrédulo extremo suele tener rasgos nihilistas y antisistema, además de cierto parecido con el dogmático, al que puede terminar emulando. Por el contrario, el crédulo extremo se identifica más con el supersticioso. Es paradójico que dicho incrédulo aparezca en las películas como el protagonista conocedor de lo que se cuece y deshacedor de conspiraciones, mientras que en la vida real gusta más del papel de orate que del de héroe o genio.
 
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