Uno puede medir de forma objetiva el grado y la profundidad de una crisis económica sólo con seguir el nivel de originalidad medio en las opiniones de los economistas.
Si un profesor de universidad dice que las cosas van mal y sólo sugiere bajar tipos de interés y pasar alguna reformilla estructural, no es cuestión de preocuparse demasiado. Si habla de apretar el acelerador con ganas y crear déficit público con entusiasmo, empezad a sudar. Cuando algunos sugieren que lo mejor que se puede hacer para evitar despidos es crear inflación monetaria pura a espuertas, es hora de salir corriendo y lanzarse a las trincheras.
Y oye, la idea es menos absurda de lo que parece. No diré que es necesariamente correcta (tengo la vaga esperanza que Rallo me tomará en serio algún día), pero la lógica no es del todo estúpida. La idea es que las empresas pueden hacerse solventes despidiendo gente o reduciendo salarios; como lo segundo es inaceptable si se hace directamente, la Reserva Federal puede hacerlo haciendo que cada dólar compre menos. Una devaluación competitiva, vamos.
La idea es de hecho menos original de lo que parece, y tendría unos efectos secundarios fuera de Estados Unidos nada bonitos. Aún así, cuando empiezas a ver estas cosas en las discusiones, es que hay nervios. Muchos nervios.
Volviendo al planeta tierra, comparto algunas de las preocupaciones de Rallo respecto al rescate bancario, cosa que se me hace un tanto extraña. El plan Paulson, según se aplica ahora (el gobierno federal aporta capital a los bancos, pero sin ser accionista "de primera"; tiene dinero en el negocio, pero no voto) tiene un riesgo ciertamente severo de degenerar en una repetición del Japón de los noventa: el ataque de los bancos zombie. Los bancos tienen dinero y no van a quebrar gracias a las garantías del estado, pero no tienen la más mínima intención de correr ningún riesgo.
¿Por qué? Los bancos piensan lo siguiente: la economía es un desastre, es difícil sacar beneficios y papá estado se enfada si pierdo dinero de los contribuyentes. Por añadido, si gano dinero, será poco y mal, y si lo hago demasiado bien el estado me dejará de nuevo sólo. Con lo bien que estoy calentito sin hacer nada, oiga. Que dé los préstamos otro.
Gordon Brown y otros políticos européos igualmente entusiastas han solucionado este problema de forma sencilla: ya que os hemos nacionalizado, ahora haréis lo que decimos. El estado no es un banquero demasiado bueno, pero es infinitamente mejor banquero que un banco zombie; los prestamos serán malos o buenos, pero al menos reparte crédito, que es lo que economía real no está viendo ahora.
Las recetas de Rallo son igualmente creativas tratando de evitar el malvado banquero zombie, pero son un poco cafres en el corto plazo. Si estoy leyendo bien, se pueden resumir en "pegarle fuego a la economía, ajustar rápido y fuerte, y empezar de cero pasado mañana"; para después volver al patrón oro.
No discutiré otra vez por qué el patrón oro es mala idea (lo es), pero lo de reducir el gasto público ahora mismo es lo peor que se puede hacer. Y no, no me creo que la reducción de impuestos paralela evite que la demanda agregada disminuya. El problema ahora mismo no es una falta de ahorro, es una falta de consumo. Los bancos puede que estén en problemas porque están cortos de capital, pero ese capital lo puede aportar el estado (es lo que está haciendo); pero la economía real ahora mismo está entrando en barrena porque no hay nadie comprando nada. Esto viene en parte por el derrumbe del mercado de crédito (que de nuevo, el estado está intentando resucitar nacionalizando bancos), pero la recesión en la economía real se hace dolorosa cuando esta falta de dinero circulando empieza a reforzarse a si misma.
A saber: yo no me compro un coche porque no puedo conseguir un crédito, GM no pide más piezas porque no vende coches, los bancos no dan un crédito a GM para producir coches más eficientes porque no están vendiendo, GM despide trabajadores, que compran menos muebles porque ya no tienen ni crédito ni trabajo, etcétera, etcétera. Los bancos no volverán de entre los muertos, aún con entusiastas patadas de sus propietarios los ministros de economía, si no pueden ganar dinero; y si la economía real se mete en una recesión espantosa, no pueden ganar dinero.
Rallo está más o menos en lo cierto que no se puede salir de este agujero a base de política monetaria; los bancos centrales están regalando dinero a los bancos y estos siguen sin hacer nada (¿Para qué? ¡nadie quiere invertir en esta economía!). Uno siempre puede ser cafre y hacer lo que sugería el tipo de arriba (si los bancos no quieren prestar ese dinero, ¡le pegamos fuego! ¡inflación!), pero una solución menos absurdista y arriesgada es básicamente hacer que el "consumidor de último recurso" de la economía entre en acción: el estado.
Déficit público, gasto público, y aprovechar que los bancos no saben qué hacer con el dinero y sólo se fían de los gobiernos estos días. El sobregasto no tiene por qué generar inflación (a fin de cuentas, no hay nadie más gastando), y si el estado ha hecho los deberes y tiene un nivel de deuda pública controlable (algo que Estados Unidos y ¡España! tienen) no tendrá un coste demasiado oneroso a medio plazo. De hecho, es lo que la administración Obama pretende hacer en enero. Será hora de cruzar los dedos, rezar para que la economía reaccione lo suficiente como para que los bancos presten dinero de nuevo, y el mecanismo empiece a funcionar.
Si no lo hace... bueno, tenemos la crisis de Japón en los noventa a escala planetaria, y entonces sí que hay que plantearse meter inflación o declarar la guerra a Marte, o alguna otra solución original. En teoría una banca parcialmente nacionalizada y no-zombie no debería quedarse sin hacer nada, pero la teoría ha estado equivocada en ocasiones anteriores.
Rallo dice que el rescate del sistema financiero es imprescindible visto desde la teoría, pero que la incompentencia del estado (y creedme, en esto el estado no es un virtuoso) lo hace poco recomendable en la práctica. Mi postura es ligeramente distinta: el plan tiene sentido en teoría, pero las consecuencias de no aplicarlo son tan nefastas que es mejor hacer algo mal que no hacer nada. Mejor un banquero borracho, estúpido y populachero que tira dinero a la basura que un zombie, creo yo. Yo prefiero una recesión suavecita y más ineficiente destruyendo malas ideas, Rallo prefiere correr el riesgo de algo más serio que se lleve por delante algunas buenas.
Y sí, sartén, fuego, etcétera. La economía es divertida.