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La semana pasada Rajoy confirmó que la Esperanza no le abandona ni en los peores momentos y en una rabieta de niño pequeño el alcalde de Madrid se autoflageló públicamente en la plaza del pueblo, buscando el consuelo ante extraños, que no encontró en la Botella, fue la Sirera que coronó el amargo pastel que tuvo que tragar. Gallardón, que tenía la mosca tras de la Oreja desde hacía tiempo, se temía lo peor y después de corroborar que en su Piqué con la presidenta había resultado perdedor, se fue a llorar un Rato al desván de su casa y aguardar a mejor ocasión.
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Escrito por Eduard Díaz Puig
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lunes, 21 de enero de 2008 |
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