He escrito ya algunos artículos sobre la “cuestión religiosa” en España. En ellos expuse recientemente que los Acuerdos entre el Estado español y la Santa Sede, firmados en 1976 y 1979; así como determinados artículos de la Constitución de 1978, se firmaron en el contexto de la Transición Democrática. Entonces era necesario firmar pronto la paz con la Iglesia católica para que fuera más fácil la llegada de la democracia. Esta circunstancia supuso que se hicieron grandes concesiones a la Iglesia, a nivel jurídico, económico, educativo, cultural, etc.
Habrá debate en España. Es lo más normal del mundo en todas partes, pero en España es noticia; por algún motivo extraño los políticos españoles temen el debate, viéndolo como una especie de horror gótico a evitar.
Estaba viendo en VEO Televisión el video de Zapatero reconociendo a Iñaki Gabilondo que necesita generar tensión aunque las encuestas le vayan bien, y además de reflexionar sobre la ilegalidad de grabar a alguien sin su consentimiento (creo que Pedro J. Ramírez sabe algo del tema, y no concreto más), pensé seriamente en las consecuencias políticas de ciertas estrategias de la derecha para España y sus intereses. Además de este culebrón, y otros, con los cuales la derecha pretende convencernos de que Zapatero no es Bambi (la derecha se suele creer su propia propaganda), y de que por tanto, a diferencia de Rajoy, no tiene derecho a ser maquiavélico y tener sus frías estrategias calculadas, la derecha suele intentar afear por tonterías más o menos inverosímiles al contrario, cuando los intereses de los españoles quedan colgando a secar en el tendal.
He seguido con gran interés el debate que se ha producido en torno a la mediocracia y la meritocracia en la política, dígase la pugna entre mérito y oportunidad entre los perfiles personales de los políticos. Estas dos categorías dibujan muchos de los perfiles actuales de la política, pero no los dibujan todos. A parte de existir otras categorías, otras clasificaciones, quiero incidir en una de ellas, la de los decadentes, ya que la extinción de la decadencia supone el triunfo de la mediocridad, tanto meritocrática como mediocrática.