Uno de los hechos más me llamó la atención de la política francesa cuando llegué es que la gente está harta de que les mientan. Los políticos franceses llevan mucho-demasiado- tiempo haciendo lo que les sale de las narices, es decir, todo lo contrario de lo que decían en el programa electoral excusándose con alguna historia a la Francesa.
Como en el 2005, una oleada de violencia ha sacudido Villiers-le-Bel, una ciudad suburbial (banlieue), a 18 kilómetros al norte de la ciudad de Paris. Los disturbios se han propagado por una media docena de poblaciones colindantes- y en Toulouse- y en esta ocasión los jóvenes encapuchados se han servido de armas de fuego para atacar a la policía.
No comprendemos a los políticos. Bueno, tampoco se comprenden entre ellos e incluso los hay que cuando se miran al espejo ni se reconocen. Creemos que actúan guiados por una especie de autodestrucción personal, o que son estrellas del cine frustradas o simplemente que sienten placer ante los insultos de la ciudadanía desairada por sus nefastas gestiones o por los diversos marrones que la vida política conlleva. Si supiéramos más sobre de comportamiento ético, seguramente no les criticaríamos tanto (o quizás más). A continuación el decálogo que deberían utilizan los políticos en su cotidianeidad:
De todas las obesiones regulatorias del estado, ninguna me pone más de los nervios que la de meterse a decidir qué programas se pueden ver en televisión a según qué horas. La excusa, como de costumbre, son los niños, esos pobres adultos en miniatura de cerebro vulnerable.