Cuando el dúo de las Azores más Aznar (que, a decir verdad, sólo salía en las fotos publicadas en España y en las de Al Qaeda) nos metieron en su fantasmagórica guerra contra el terrorismo y las armas de destrucción masiva iraquíes –único lugar de todo el Oriente Medio donde no había ni terrorismo islámico ni armas de destrucción masiva–, muchos dijimos que era una guerra inmoral, ilegal y que nos traería graves consecuencias. Era inmoral. Era ilegal. Y nos trajo gravísimas consecuencias.
Para la población no-iniciada, esta semana es una semana para cualquier otra. Un poco de calor, un poco de aguantar el tostón antes de las vacaciones de agosto (para los europeos) o el largo verano de tiritar en oficinas con el aire acondicionado a nivel pingüino (los americanos), pero nada demasiado relevante.
A la pareja de cuarentones que hoy se duchaban en la playa:
Lo más seguro es que no leáis esto nunca, porque estáis demasiado enfrascados en la novela policíaca del verano y, además, ¿quién es el tarado que se mira foros de política en plenas vacaciones? Pero, lo mismo lo digo.
Todos los totalitarismos, sean de la inspiración que sean, llevan a la cumbre del absurdo. Al paroxismo y al fin del pensamiento crítico. A veces conviene recordarlo, porqué la primera puerta al totalitarismo suele ser el pensamiento único, el adoctrinamiento y la mentira. En el reportaje de Jon Sistiaga sobre Corea del Norte puede que no veamos toda la realidad, que sea parcial, que sólo muestre lo más aberrante de un régimen totalitario, pero a veces es más que suficiente para hacernos pensar.