Se le ocurrió al todopoderoso emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en 1498. Debió ser una ocurrencia relativamente novedosa y hasta moderna en su época, aunque la idea ya venía teniendo éxito en los países bajos. Esto hace más de 500 años y ya entonces acceder al coro de los “Niños Cantores de Viena” debía ser una gran oportunidad para quienes lograban formar parte de este coro de voces blancas en el que según costumbre machistas de la época no se admitían niñas.
Cuando era más pequeño, siempre que mi viejo me decía algo y yo me hacia el sordo, él, en un tono irónico, me expresaba un “no se oye padre”. Me parece que eso pasa con la educación y su debate en el chile actual.
La izquierda siempre ha sido muy reacia a los Estados Unidos como un todo, como política, como forma de vida, como cultural y como referente. El otro día leí una entrada de Lluís Pérez Lozano (en catalán y en castellano) en la que reivindicaba el liderazgo que la Norteamérica progresista ha tenido en las democracias occidentales, y achacaba a la influencia de la propaganda soviética en los años sesenta y setenta la alergia que la mayor parte de la izquierda catalana (y no diría que española) tiene a los Estados Unidos.
Hay veces que rompemos la belleza de nuestro silencio diciendo auténticas barbaridades. Yo también me considero culpable y cuando me doy cuenta me tiro de los pelos pensando cómo puedo ser tan estúpido. Sí, es políticamente incorrecto decirlo, pero el que esté libre de culpa que tire la primera piedra
Esta pregunta la formuló el antropólogo profesor de la Universidad de Barcelona Manuel Delgado en 1997 en su libro Ciutat i Immigració. Manuel Delgado entre sus múltiples propuestas nos invita a desconfiar del concepto de aquella palabra inmigrante a la que otorgamos un significado: inmigrante no es una figura objetiva, sino más bien un personaje imaginario, no desmiente sino, al contrario, intensifica su realidad.