En el anterior artículo examiné los problemas que presentaba la defensa de la libertad positiva, sostenida por cierto liberalismo de izquierda y que consideraba plenamente compatible con el socialismo político, es decir, con el proyecto de realizar los ideales de comunidad e igualdad desde el poder del Estado. Tal proyecto, llevado a cabo teniendo en cuenta las constricciones de viabilidad económica pertinentes, no hacía sino ampliar la libertad positiva de los y las ciudadanas, entendida como la capacidad para llevar a cabo efectivamente las decisiones tomadas en el ámbito de la libertad negativa (libertad que, a su vez, se entiende como la posibilidad de tomar decisiones sin interferencias por parte de poderes fundados en el uso o amenaza de la fuerza; señaladamente, el Estado). Sin embargo, hemos visto que la defensa de esta concepción positiva de la libertad estaba cargada de problemas que tenían que ver, en última instancia, con su conflictiva relación con la libertad negativa. Parece ser que una y otra se llevan mal, que ampliar el ámbito de la una significa disminuir el de la otra (por ejemplo: asegurar mi libertad positiva de ir al médico supone cobrar impuestos progresivos y por tanto negarle a un rico su libertad negativa de utilizar su dinero como le plazca), y que no existe ningún criterio claro para saber hasta que punto podemos violar la libertad negativa en nombre de la libertad positiva. Defender la libertad positiva, por tanto, nos lleva por un camino inicialmente sensato que puede desembocar en auténticas barbaridades.
Hemos visto hasta ahora los valores que constituyen el núcleo central de las tradiciones socialista y liberal. Establecí que aquello que asimilaba unas familias del socialismo a otras era la defensa, en diferentes grados y formulaciones, de una cierta idea de igualdad (entendida como igualdad de oportunidades no menoscabada por ninguna circunstancia debida al azar, sea biológica o social) y de una cierta idea de comunidad (concretada en el principio según el cual yo te presto un servicio a ti, no por lo que pueda obtener de ello para mi beneficio personal, sino porque tu lo necesitas, y viceversa). Así mismo, diferencié entre dos conceptos diferentes de libertad presentes en la tradición liberal: la libertad negativa (yo soy libre en la medida en que nadie utiliza la fuerza, o la amenaza de la misma, para inmiscuirse en mis decisiones) y la positiva (yo soy libre en la medida en que dispongo de recursos para llevar a cabo las decisiones tomadas en el ámbito de mi libertad negativa).
Los independentistas no son la mayoría, y la mayoría no son los independentistas; pueden serlo, o podrían serlo, pero ni lo son, ni es la misma cosa, de la misma manera que una silla puede ser verde, pero una silla no es lo mismo que el color verde, una silla es una cosa con respaldo y cuatro patas, y el color verde es un color. Este es un artículo que sirve de réplica al artículo de José Rodríguez, sobre “La viabilidad de la opción independentista en España”.
Delimité en el anterior artículo el mínimo común denominador que puede definir al conjunto de los proyectos político-sociales que, aun siendo bien diferentes entre si, la sociedad ha dado en llamar “socialismos”. Con el liberalismo, la misión es bastante más difícil. Lo único que podría parecer el mínimo común denominador del liberalismo, a saber, la defensa de la libertad individual, en realidad no es tal. La razón es que el liberalismo (o mejor dicho, el conjunto de proyecto politicosociales que, aun siendo bien diferentes entre si, la sociedad ha dado en llamar “liberalismos”) no es ni la única ni la más antigua tradición preocupada por la reflexión sobre, y la defensa de, la libertad individual. Lo veremos hacia el final de esta serie cuando hablemos de la tradición republicana. Pero en todo caso, ya sabemos que ese mínimo denominador común no nos sirve.
todos a la carcel Pues yo creo que avanzaríamos mucho en la solución de la crisis si empezaramos por colgar de cabeza a tod@s l@s altísim@s ejecutiv@s (nótese mi...
LA POLÍTICA ES COSA DE TODOS Siempre he pensado que cuando opinamos de política aunque no llamemos apolíticos, ya estamos haciendo política.
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