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La izquierda fue, desde sus inicios, un espacio político comprometido más de cerca o más de lejos con los valores y los ideales propios de la Ilustración. La confianza (ingenua en muchos casos, hay que admitir) en la Razón, en la ciencia y en el progreso eran notas comunes a prácticamente toda la izquierda europea anterior a la década de los 60. Los principales movimientos izquierdistas anteriores a ésta década (a saber, la socialdemocracia y el comunismo) estuvieron comprometidos (más o menos sinceramente, eso es otra historia) con una visión científica de la política y la sociedad, con una confianza manifiesta en que del debate teórico social surgirían las propuestas adecuadas para hacer frente a los males de los oprimidos. Ir en contra de estos ideales, de ésta orientación racionalista, era prácticamente impensable. A modo de ejemplo: el vibrante discurso de Chaplin al final de El Gran Dictador concluía ni más ni menos que con un llamado a luchar por "el mundo de la Razón. Un mundo donde la ciencia, donde el progreso, nos conduzcan a todos a la felicidad".
Con los 60, todo cambió. La explosión de libertad y creatividad de ésta década, que culminó en el Mayo del 68, tuvo sus efectos perniciosos. Uno de ellos fue que la izquierda académica, a fuerza de querer ser crítica con aquella ideología conservadora que se pretendía ciencia, acabó catalogando a toda ciencia de ideología conservadora. Y así, surgieron extravagantes teorías (de algún modo ya fecundadas por ciertos ideólogos stalinistas) sobre el carácter "sexual" o "de clase" de la ciencia. Lo que empezó siendo un sano intento por identificar y eliminar sesgos acientíficos de la ciencia, terminó mutando en cruzada anticientífica. Toda la basura intelectual generada desde entonces en París y en Estados Unidos ha ido calando hondo en el seno de los nuevos movimientos sociales y de la llamada "Nueva Izquierda". Me refiero a los enrevesados discursos pretendidamente críticos de un Derrida o de una Irigaray, brillantemente puestos en evidencia por Alan Sokal y Jean Bricmont en su famoso libro Imposturas Intelectuales. Discursos que han llenado a la izquierda de gente que piensa que la teoría del Big Bang es tan válida cómo la cosmogonía tradicional de los descendientes de los incas.
Lo malo, o mejor dicho lo peor, de todo este asunto es que de manera inevitable éste relativismo teórico ha acabado derivando en un relativismo ético. Así, ya no solo la ciencia sería una construcción burguesa/masculina/occidental para manipular a los trabajadores/las mujeres/los orientales, sino que además algunas de las conquistas más importantes de la izquierda contemporánea (la democracia política, el Estado del Bienestar o aún los mismos Derechos Humanos) no serian sino un producto de "los de arriba" (de nuevo, los burgueses, los hombres o los occidentales) para engañar, someter y explotar a "los de abajo" (de nuevo, los trabajadores, las mujeres o los orientales). Así pues, no sería más válido arrancarle el clítoris a una niña que prohibir dicha práctica; se trataría, simplemente, de expresiones culturales diferentes, igualmente respetables.
No voy a entrar a analizar la multitud de paradojas en que colapsa esta teoría cuándo se intenta aplicar a la vida real. En lugar de eso, voy a formular una pregunta: ¿puede la izquierda abrazar el relativismo ético y seguir siendo izquierda? Y mi respuesta: evidentemente, no. Y ya no solo por los lazos históricos que unen a la izquierda con la Ilustración, sino con una razón mucho más elemental: en el corazón de la izquierda late la idea de que hay que luchar por una sociedad "mejor"; podríamos discutir sobre qué entiende la izquierda por "una sociedad mejor", y desde luego que también la derecha (o, al menos, muchas derechas) comparte esta creencia en que la sociedad es mejorable. Pero el caso es ese: que la izquierda solo tiene razón para existir si todas aquellas medidas políticas y sociales que emprende sirven, según ella misma, para mejorar la sociedad. Y ése es el problema: que para creer que uno está mejorando la sociedad se tiene que partir de la base de que hay sociedades mejores y sociedades peores o, si se prefiere, que hay situaciones sociales más deseables que otras. Algo, como se ve, totalmente incompatible con la idea de que toda "expresión cultural" es igualmente respetable. Podemos discutir sobre qué límites o exigencias debe imponer la izquierda a las prácticas humanas para seguir siendo izquierda, pero no cabe duda de que debe presentar tales límites y exigencias. Si no, si consideramos que cualquier grupo social debe ser libre de tener "prácticas culturales" como la ablación, entonces no cabe hacer otra cosa que sentarse y mirar. Es decir, lo contrario de lo que se supone que tiene que hacer la izquierda.
Sin duda, la izquierda actual anda falta de un discurso ético y científico tan fuerte cómo el que tuvo la izquierda socialista anterior a la Primera Guerra Mundial o cómo el que presenta hoy en día la derecha liberal. Sin duda, la izquierda necesita renovación. Pero, también sin duda, si la izquierda quiere seguir siendo izquierda debe acudir a su cita con la revisión ideológica sabiendo distinguir la paja del grano; sabiendo rehuir, pues, la tentación de participar de idearios que parecen nuevos y críticos cuando en realidad son viejos y reaccionarios. Idearios como el relativismo ético de muchos filósofos "multiculturalistas" que no pasa de ser, en realidad, un abigarrado trasiego de ideas conservadoras que, en tiempos menos dados a los eufemismos, respondían al nombre de "tradicionalismo". Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
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