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Terminé hace poco un estudio sobre los partidos políticos en Francia que analizaba cada uno de los aspectos del régimen desde la óptica de cada uno de los partidos. El capítulo mas interesante era sin duda el que se titulaba “las condiciones de reproducción de la LCR” (LCR son las siglas de “Liga Comunista Revolucionaria”). El estudio analizaba de que forma un partido de filiación trotskista había podido sobrevivir con una presencia decente (mas de 5% en las últimas elecciones) partiendo de la trayectoria individual de sus miembros.
No lo que hicimos juntos ayer, sino lo que vamos a hacer juntos mañana, nos reúne. José Ortega y Gasset La LCR nació en el contexto de mayo del 68, fundamentalmente formada por estudiantes. Sus rasgos eran los siguientes: el antiestalinismo y el internacionalismo obrero. Con el tiempo, la identidad “trotskista” se difuminó. En una encuesta el estudio explicaba el carácter “movimentario” del partido; con un número de militantes relativamente pequeño, conseguía estar presente en todos los movimientos de protesta, lo cuál se explicaba por el perfil “multimilitante” de sus bases. El 65% de los militantes tiene, además, otra filiación de carácter horizontal: sindicalista, feminista, antiglobalización, ecologista, antirracista. Esta evolución se explica con la caída del muro de Berlín. Una de las militantes del partido habla entonces de la crisis de identidad sufrida por el comunismo. Sin proyecto ni futuro explica que la “ofensiva liberal que es en ese momento violenta y brutal”. Dice que en ese momento hay que desarrollar una “lógica de contrapoder” una especie de “muro de contención del capitalismo” Este análisis a nivel micro creo que explica bastante bien la evolución de una parte de la izquierda actual. Después de haber sufrido una amarga derrota, tanto intelectual (la crisis del keynesianismo y del marxismo) como política (el fin de la guerra fría), la izquierda sufre una crisis de identidad profunda. Un ejemplo es Izquierda Unida que se define a sí misma, no como partido sino como “movimiento político y social” que integra un popurrí de tendencias sin punto común. Sin programa para el mañana, sin proyecto colectivo, es necesario reciclarse en toda clase de movimientos de protesta de carácter horizontal. Este reciclaje multidireccional conlleva una gigantesca pérdida de identidad. Si antes el proyecto socialista unificaba a la izquierda, ahora lo único que parece federarnos es “la resistencia” o el “inconformismo”. La “izquierda plural” no es más que la teorización de la heterogeneidad que conlleva esa crisis de identidad. Esta evolución es preocupante, en primer lugar, por que la disparidad de tendencias potencialmente contradictorias supone no poder conjugarlas en un proyecto único y por lo tanto estar descontento con todo cuanto se hace. Aún cuando en el gobierno hay un partido de izquierda, somos incapaces de apoyarlo por ser demasiado “descafeinado”. La fuga idealista operada por la izquierda posmoderna hace que la izquierda de la “ética de las responsabilidades” decepciona cuando tiene que afrontar la realidad. Pero lo más preocupante es el carácter horizontal de estas tendencias. Hemos cristalizado esa la lógica del contrapoder en la defensa de todos los intereses horizontales: los de las mujeres, la minorías nacionales o étnicas, el colectivo GLTB, los trabajadores… El problema reside, a mi juicio, a nivel moral. Con la horizontalidad existe la tentación de que cada uno defienda la tendencia política que mas le beneficia personalmente en función de su condición (mujer, obrero…); la izquierda sería solo una suma de clientelismos. Esta tentación existe y es preocupante. La izquierda, si en algo se basa, es en el altruismo, la solidaridad y si me permitís, en el optimismo antropológico. Cuando hemos renunciado a esto, lo único que queda es un cúmulo de horizontalidades egoístas sin soporte ético posible y por tanto sin legitimidad. La igualdad de género, raza y clase o la ecología son y deben ser partes integrantes del proyecto de la izquierda. Pero ser de izquierda es algo más que una suma de sectorialidades, militancias y contrapoderes; supone tener un proyecto de sociedad coherente y viable que no puede en ningún caso basarse en el antisistemismo sin causa. Construir un proyecto vertical es posible: el progresismo (la creencia en que el progreso es un factor de emancipación), la tercera vía (un Estado del bienestar económicamente eficiente y viable), la igualdad de oportunidades (el liberalismo de Rawls y Dworkin) y el republicanismo cívico (Habermas, Oldfield) son soportes intelectuales compatibles entre sí y capaces de integrar estas tendencias en un proyecto vertical coherente. Sin embargo, a la hora de federarnos, parece que una parte importante encuentra aburrido o conformista no tener nada contra lo que protestar. Al transformar la izquierda en solo un movimiento crítico de protesta horizontal, la hemos herido de muerte.
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