| De las democracias representativas a las aristocracias hiperparticipativas |
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Después del fracaso de participación de las elecciones municipales, donde en el caso de Catalunya apenas pudo superar el 55% algunos anuncian el fín de la partitocracia, la existencia de una mayoría silenciosa que ha castigado a los partidos y que exige cambios en la forma de gobernar y ejercer el poder. Mi opinión disiede de la sabiduría convencional, no creo que vayan a ir por ahí los tiros.
Si la tendencia que siguen las elecciones municipales continúa a la baja llegará un momento donde podremos compararnos a la superpotencia mundial y patria de la democracia donde un 25% de la población con ese derecho, lo ejerce para la elección de su alcalde. Esta baja participación ha levantado ampollas en el entorno político y ha caldeado más de una mente, más de un columnista y más de un analista indicando que “la ciudadanía ha marcado con su abstención su deseo de cambio de formas de hacer de la política”, alertando del bajo crédito de los políticos españoles. Lla política tiene mucho descrédito. De hecho en la última oleada de la European Social Survey la media de nota que le dan los europeos a la confianza que sienten a sus políticos es del 3,6 sobre 10, mientras las fuerzas policiales, por poner un ejemplo andan en todos los países entre 2 y 4 puntos por encima en la valoración. Pero no por ello hay una exigencia de la población de querer mejorar la forma de participación en ella. Me explico, y en el fondo me baso en las acciones de los votantes. En España, en Catalunya y en las sociedades postindustriales con una democracia aposentada hay cierto desapego y desconfianza a los políticos (y si miramos los resultados de la ESS, tan sólo algunas sociedades nórdicas y la excepción de Luxemburgo, dan un aprovadillo justo a sus políticos), desapego que puede verse incrementado ante casos de corrupción, incremento de la crispación, etc... Pero ese desapego no se transforma en una mayor demanda de participación, las hordas de abstencionistas no se transforman en hordas de activistas cívicos. Los movimientos sociales andan de muy capa caída y a excepción del sindicalismo (y a duras penas) el resto de movimientos sociales apenas mueve un porcentaje, no ya significativo, sinó mínimamente representativo. Que haya una minoría alterglobalizadora que antes no existía o una minoría que participe en ONG's y movimientos cívicos que tal vez antes lo hacían en el movimiento vecinal clásico o en los partidos políticos tampoco es representativo (aunque son significativos en sus entornos sociales y cívicos). La sociedad en general no demanda participar más, tan sólo esa minoría activa. Y cuando la mayoría se desapega del sistema representativo y abandona el interés efectivo en “lo público” puede representar más bien varios aspectos sociológicos. No entraré ahora en las explicaciones coyunturales basadas en el buen tiempo del domingo 27, del cansancio del votante catalán que llevaba 3 convocatorias a las urnas en menos de un año, ni tampoco en las demenciales explicaciones de que el ciudadano pueda percivir que la lista más votada no sea la que gobierne en un sistema parlamentario. Aunque puede que haya motivos coyunturales que puedan explicar porqué hay más de un 40% de abstención en las últimas municipales, esta sigue siendo una cifra significativa. En general siempre hay un 25% de personas que no votan en cualquier convocatoria, incluso en la más reñida de las elecciones generales, podemos decir que este es el colchón que lo conforman los despistados, los que han tenido imprevistos, enfermedades, viajan (y no se toman la molestia de votar por correo), los que están desinformados, etc... En las municipales esa cifra se eleva casi un 15% más. Este votante percive que las municipales son menos útiles y que es menos interesante ir a votar, o bien confía que en lo que es la gestión de una gran ciudad (que es donde se dá esa mayor diferencia de voto) no hay diferencias entre los partidos, que total para poner papeleras, limpiar la ciudad y poner un polideportivo eso lo hacen casi todos. Pero ese desapego electoral en unas locales es compartido con sociedades avanzadas donde la participación en las locales decae bastantes puntos con respecto a unas presidenciales o legislativas. Dá igual que sea en paises donde el nivel de corrupción local esté bajo mínimos o no. Con lo cuál la hipótesis de la “percepción de utilidad del voto” en unas locales debe tener un grado significativo. En estas últimas la abstención ha sido del 46,2% en Catalunya, un 6,5% más que la media de abstención en elecciones locales de los últimos 20 años. Ese 6,5% podría estar en la raiz de un movimiento crítico o de desafecto por la política y los políticos. Ese 6,5% puede ser a su vez ser explicado en una parte pequeña por motivos coyunturales (que antes he enunciado). Lo que no sabemos, ni yo, ni nadie aún, porqué no se les ha preguntado (y hasta que no se haga la encuesta que pretende la Generalitat realizar para analizar esa gran abstención) que les llevó a no votar. De todo ese 46,2% si le sumamos el voto en blanco y el nulo, que han aumentado podríamos llegar a sumar más de la mitad de los electores, pero cuando descartamos el porcentaje que nunca vota (y en España existe ese porcentaje desde inicio de la democracia, antes que los políticos tuvieran tiempo de generar desafecto entre el electorado y en una época de convulsión participativa) y el porcentaje diferencial de las locales que se encuentra en todo el mundo nos quedamos con un porcentaje entre el 10-15% del electorado que ha expresado con su “no voto” o con el voto en blanco y el nulo su desafecto especial en estas elecciones por la política. Ese 10-15% no deja de ser significativo, el partido que más votos ha conseguido en estos comicios no tiene un porcentaje mucho mayor.. pero no se puede realizar una conclusión “non sequitur” sobre la demanda de cambios en la participación de los ciudadanos en política. Si ese 10-15% estuviera realmente exigiendo ese cambio en la participación de la política veríamos un resurgir de los movimientos cívicos y sociales como nunca ha habido. Cosa que temo no se dará. Y todo esto viene porqué existen propuestas para no seguir creyendo en la democracia representativa como mecanismo de expresión de la voluntad popular y pasar a una gestión más participativa de lo público. Esas propuestas realizadas desde algunos ámbitos de la izquierda temo que pueden llevar de una democracia devaluada, poco motivadora a una forma de gestionar lo público a mi parecer peor: el directorio de la aristocracia participativa. Es cierto que votar cada 4 años es bastante insatisfactorio, pero garantiza que cualquier ciudadano con un esfuerzo muy pequeño pueda decidir como se gestiona a grandes rasgos lo público; y no quiero denostar las herramientas de participación ciudadana que se tienen que ampliar y afinar. Pero crer que el volcarse a la democracia deliberativa si la sociedad que hay detrás no lo va a seguir de forma masiva no tiene más sentido que hacer que la inmensa mayoría, poco participativa, quede fuera del juego democrático, al final devaluarán el valor de su voto y una minoría participativa concentrará, y no a costa de los políticos sinó de los ciudadanos poco participativos, el poder de incidir en las políticas públicas dejando a la mayoría fuera de juego, bastante más que en un sistema representativo. Y es que la clase política, si quiere que los ciudadanos voten más (cosa que podría ser cuestionable ya que unos índices de participación bajo favorecen el clienterismo y hacen más fácil controlar ciertos resortes de poder), debería hacer una reflexión a fondo para ver como recuperar ese 10-15% que ha “castigado” en estas últimas locales y ver también como intentar conseguir que los que nunca votan en elecciones locales o en ninguna otra participen de alguna manera en la gestión de lo público. Pero a parte de ello, habría que analizar que causas subyacentes hacen que ante una mala percepción de los políticos la respuesta de los ciudadanos sea no votar Y además pasar de hacer algo más. Tal vez es que en las sociedades avanzadas nos hemos dejado dominar por nuestro papel de consumidores que exigen satisfacción inmediata de sus pulsiones y deseos a costa de nuestro papel como ciudadanos que sienten una corresponsabilidad de como se gestiona lo público, y es ahí donde radica la principal fuente de la pasividad. Porqué si ante una situación de corrupción política grave en muchas localidades, con unos políticos en los que se confía poco y unos índices de abstención de aupa no hay muestras de malestar social que no superen la conversación de café, cuando esos ciudadanos que se ven rechazados por la política en general no realizan el menor esfuerzo en buscar formas alternativas de organizarse, no se movilizan y no realizan un sólo gesto significativo para intentar participar cívicamente y vaciar de poder esos políticos que ellos desconfían es que no existe tal demanda de “cambio de vías de participación”. Y eso es aún más grave... porqué la conclusión a la que se llega es que el ciudadano no está de acuerdo con los políticos que tiene pero no piensa mover un dedo por cambiar nada, simplemente espera sentado a que los políticos ofrezcan mejores respuestas. Es decir, una praxis democrática ha llevado a que los ciudadanos se despoliticen, aquí y en medio mundo occidental. Y la respuesta no es la democracia deliverativa de las aristocracias participativas, sinó la politización de la sociedad. En ello la clase política tiene mucho que hacer, pero también cada uno de nosotros.
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| Escrito por Jose Rodriguez | |
| martes, 05 de junio de 2007 | |
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Después del fracaso de participación de las elecciones municipales, donde en el caso de Catalunya apenas pudo superar el 55% algunos anuncian el fín de la partitocracia, la existencia de una mayoría silenciosa que ha castigado a los partidos y que exige cambios en la forma de gobernar y ejercer el poder. Mi opinión disiede de la sabiduría convencional, no creo que vayan a ir por ahí los tiros.







