| La problemática de la propiedad en el socialismo actual (II): las racionalidad |
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Era esta una cuestión que planeaba sobre algunas de las mentes más ilustradas de la Europa posterior a la Revolución Francesa. La irrupción del capitalismo había traído consigo transformaciones radicales, cómo nunca se habían visto, en un lapso de tiempo realmente breve. El resultado de eso fue la creación de una sociedad donde el rol y la función de los individuos y las instituciones era mucho más resbaladizo e inseguro que en épocas pasadas, en las que el progreso era tan lento que a lo largo de toda una vida a penas sí se percibía. En medio de tanto (aparente) caos, algunos de los herederos del racionalismo ilustrado no pudieron evitar hacerse la siguiente pregunta: si hemos conseguido que el Estado se racionalice a partir de la supresión de los viejos poderes feudales, de la centralización del poder y de su administración consciente y unificada, ¿por qué no aplicar eso mismo a la organización social de la producción? ¿Por qué dejar a miles de unidades de producción actuar por si solas, a ciegas, si podemos dirigirlas a todas como una sola empresa? Esta visión de las cosas va casi inevitablemente unida a una visión del socialismo como sistema de planificación centralizada. En efecto: en los modelos de “socialismo de mercado”, las empresas socialistas se guían, como en el capitalismo, por las señales del mercado. Plantear el socialismo como intrínsecamente más “racional” que el capitalismo solo tiene sentido si no solo se aspira a socializar la propiedad privada sino, además, a substituirla por la propiedad estatal en el marco de una economía centralizada. El problema viene cuando consideramos la crítica que el economista liberal Ludwig von Mises dirigió a este tipo de sistemas: un sistema de planificación centralizado está condenado a ser más irracional que una economía de mercado porqué es imposible que recoja de manera centralizada la información sobre las preferencias de los consumidores, por ser esta información demasiado extensa y, además, perpetuamente cambiante. Una crítica ésta que las larguísimas colas para la adquisición de bienes de consumo en la URSS parecen confirmar. Así pues, el socialismo no parece ser necesariamente más racional organizando la producción que el capitalismo, ya que o bien se guía igualmente por el mercado (aun cuando la propiedad privada esté socializada, incluso totalmente socializada), o bien está condenado a la ineficiencia. Si que hay, no obstante, otro sentido (más ilustrado, dicho sea de paso) en que el socialismo favorece más la racionalidad que el capitalismo: en éste, la tendencia a la acumulación de riqueza en pocas manos pervierte el diálogo racional democrático entre los miembros de la comunidad política, ya que al fin y al cabo sus decisiones pueden verse revocadas de facto por enormes poderes económicos privados que escapan a su control. En ese sentido, el socialismo ayudaría a conseguir que en el seno de la democracia se implante el Imperio de la Razón. Una buena razón (valga la redundancia) para apoyar la socialización de la propiedad privada, total o parcial. Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
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| Escrito por Lluís Pérez | |
| domingo, 10 de junio de 2007 | |
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Decía en el primer artículo de esta serie que “una de las primeras justificaciones del socialismo, muy estimada por los socialistas utópicos, es que la socialización de la propiedad privada (de los medios de producción, normalmente) permitiría instaurar un orden superior al de la sociedad capitalista, en el cual cada miembro de la sociedad ocuparía el lugar que más conviene al conjunto de la comunidad y dónde se produciría únicamente lo que se necesita y para quién lo necesita. El capitalismo constituiría en esta visión de las cosas un océano de irracionalidad lleno de pequeñas islas de racionalidad (las empresas capitalistas). De lo que se trataría sería de hacer funcionar a la sociedad, a todo su aparato productivo, como una única empresa.” 





