De penitencias, vendettas y reconciliaciones: sobre el uso político de la historia
Lecturas
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En el anterior artículo me quejaba de la tendencia que existe a juzgar la historia. Juzgar la historia, decía, puede ser interesante desde el punto de vista puramente causal y descriptivo. También se pueden juzgar hombre y acciones desde un punto de vista moral pero, ya dije, que para eso había que tener en cuenta elementos que, la mayoría de las veces, ignoramos y por lo tanto es mejor abstenerse de ello.
En este artículo quiero hablar de otro aspecto que tiene la historia en el debate público: el uso político de la historia. No me refiero aquí al problema e la falta de objetividad en el uso político de la historia, es decir el hecho de que se cometen verdaderos atropellos de interpretación y negacionismos en el proceso que es otro problema. Entiendo aquí por uso político de la historia el hecho mismo de tomar en cuenta agravios históricos, del pasado para exigir prebendas actuales. Es un uso político de la historia el proceso de “recuperación de la memoria histórica” que parece haber tomado forma hoy, pero también cuando se acusa a las potencias occidentales de ser responsables de la situación del tercer mundo o cuando se imputa a la izquierda en su globalidad los crímenes de la unión soviética.
El debate sobre el uso político de la historia es en realidad un debate sobre la responsabilidad histórica, es decir, en qué medida se puede responsabilizar a las generaciones de hoy de lo que hicieron las de ayer. La respuesta a este problema depende en buena medida de la concepción moral que se tenga del hombre que condiciona su coherencia (I). Aunque personalmente acepto la responsabilidad histórica, mis convicciones me obligan a reducir notablemente su campo de aplicación (II).
I. La coherencia de la responsabilidad histórica
Desde mi punto de vista, el problema para admitir la responsabilidad histórica reside en la ausencia de contenido moral del pasado. Intento explicarme; la experiencia moral del individuo, al menos desde una perspectiva individualista a la que me adhiero, comienza con su nacimiento y termina con su muerte. Durante ese periodo, creo, se pueden pedir cuentas de lo que hizo y no hizo el individuo, el individuo es moralmente responsable. Porque puede realizar arbitrajes entre distintas opciones (lo cuál por cierto, no creo que pueda considerarse como libertad, pero eso es otra historia), porque puede elegir, es posible recriminarle haber elegido esto o lo otro. Sin embargo, el pasado histórico, carece de contenido moral porque, por definición es anterior a la existencia individual. No se puede ser responsable de lo que ocurrió antes de que uno existiera.
Se dirá entonces que la responsabilidad que se reclama no es una responsabilidad individual, sino colectiva. Es posible que el individuo no tenga existencia moral en el pasado, pero la comunidad a la que pertenece sí la tiene. En la medida en que pertenece a un determinado Estado, a un sexo, a una corriente ideológica o una religión (lo que llamaré genéricamente institución) el individuo puede ser responsable de su pasado histórico. No es el individuo sino la institución la responsable.
En este punto es donde se ve que existe un sustrato ideológico en el debate. Para hablar de esta responsabilidad, para que esta exista, se parte del presupuesto de la pertenencia del individuo a una comunidad, a una identidad determinada. Un liberal puro no puede admitir esta pertenencia determinista a una institución o una identidad determinada, mientras que un comunitarista acérrimo al contrario pretenderá que en la medida en que el individuo pertenece a una comunidad, este es responsable del pasado de la misma.
¿Qué consecuencias tiene este hecho? La primera es que el reconocimiento de toda responsabilidad histórica es totalmente incompatible con reivindicar la etiqueta de liberal o individualista acérrimo y viceversa, ser comunitarista (patriota, nacionalista, pongan el nombre que quieran) incluye necesariamente reconocer el pasivo político de su comunidad. La segunda es que es necesario reconocer la existencia de la pertenencia identitaria a una institución para poder siquiera hablar de responsabilidad histórico. Me permito por lo tanto hacer notar que los “liberales” que echan la culpa a la izquierda de lo ocurrido en Rusia o en España en el 36 parten de una concepción filosófica esencialmente antiliberal.
II Una solución republicana
¿Cuàl es mi solución? Mi solución al problema está eminentemente condicionada por mis convicciones morales y políticas. Desde un punto de vista moral, soy profundamente individualista: no creo en la herencia, y aunque soy determinista, creo que si la moral significa algo, tiene que ver con las elecciones tomadas por el individuo. Desde el punto de vista político, soy republicano perfeccionista y no liberal. Esto significa que creo que existen formas de vida mas valiosas que otras (por eso soy perfeccionista y no liberal) y que mi concepción filosófico política se basa no en los principios liberales de “derechos y libertad” sino en el servicio y el mérito en el seno de una comunidad política de los que dependen los primeros (por eso soy republicano, la forma monárquica o no de gobierno no tiene aquí nada que ver).
Partiendo de esto, me veo atrapado en un dilema. Por un lado, considero que la herencia (de cualquier tipo) es algo moralmente repugnante, luego no me parece lógico que sea posible imputar hechos que existieron antes del individuo. Pero por otro lado, creo que el contador no se puede poner a cero en cada generación: las repúblicas (los Estados) tienen una existencia colectiva que se prolonga con el tiempo y en la medida en que se participa en ellas existe una aceptación de su pasivo político. La solución al dilema solo puede ser, desde mi punto de vista la siguiente: uno es responsable de aquello que moralmente acepta tomar responsabilidad por su participación en una institución. Al igual que Amartya Sen, no creo en el “civilizational confinment”, sino en una concepción electiva de la identidad.
¿Qué uso político de la historia me parece razonable? Según mi concepción, es necesario discernir. En primer lugar la responsabilidad es posible en la medida en que se reivindica una herencia de una institución, en la medida en que existe una continuidad histórica entre el ayer y el hoy de una organización a la que existe una adhesión. Es el caso de los Estados, pero también de las asociaciones, las iglesias o los partidos políticos. Pero, por supuesto, creo que la adhesión a estas instituciones puede ser selectiva cuando la institución lo permite: como miembro del PSOE no me siento heredero del GAL ni de Largo Caballero y no pienso hacer penitencia por lo que hicieron. En cambio esta aproximación selectiva no es posible por ejemplo, en el caso de la Iglesia. Reconocer la autoridad espiritual del Papa de Roma supone acaparar la totalidad de la herencia romana porque según la doctrina papal, el papa es el sucesor de Pedro y el representante de Dios en la tierra que, además, es infalible cuando habla ex catedra. Ser responsable supone elegir pero la elección debe ser coherente.
En segundo lugar me parecen totalmente inaceptables los agravios históricos que se imputan a identidades no elegidas. Desde mi punto de vista es necesario que exista una adhesión consciente para ser responsable. En particular me parece inaceptable la penitencia que se me reclama como miembro del género masculino o de la raza blanca. Es posible que, como dicen la teoría crítica y el nihilismo postmoderno en general, las estructura sociales hayan estado talladas a la medida de un modelo de hombre dominante: hombre, cristiano, blanco,… Aunque reconozco que estas condiciones se pueden tomar en cuenta desde el punto de vista de la justicia, no creo que la forja de estas estructuras sociales sea un fenómeno generador de responsabilidad porque no depende de la voluntad, en primer lugar, y en segundo lugar porque, por definición, es anterior a la existencia del individuo.
Me parece igualmente inaceptable el fustigamiento de ideas o tendencias políticas. La izquierda y la derecha, aparte de ser dos quimeras de la teoría política, no tienen existencia moral. Son etiquetas para situarse que pueden identificarse con determinadas ideas (aunque la verdad esto último también me parece discutible). Pero no son, en modo alguno, entidades morales. Las ideas, los conceptos pueden tener contenido moral, pero no existencia moral. Las ideas no delinquen, los hombres sí en función del uso que hacen de estas ideas y es la acción humana la única que tiene relevancia moral. Ortega nos había dicho ya que “la razón es un instrumento doméstico del hombre que este necesita y usa para aclarar la realidad misma que es su vida”. Las ideas no son una institución, no existe organización alguna que se prolongue en el tiempo y la adhesión a las mismas no es susceptible de generar ninguna responsabilidad por lo que otros hicieron con ellas.
Con este artículo no pretendo fustigar a nadie. Lo único que intento explicar es que I) la posibilidad de hacer un uso político de la historia coherente está condicionada por la aceptación de determinadas convicciones filosóficas y que es incompatible con otras y que II) desde mi punto de vista ésta sólo es posible cuando existe una adhesión voluntaria a una institución y la adhesión selectiva al pasado de la misma es imposible. Esto, creo que no hace falta decirlo, restringe mucho el campo del juicio que pretenden hacer muchos.
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