| La problemática de la propiedad en el socialismo actual (IV): la alienación |
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Las primeras críticas hacia la alienación provocada por la propiedad privada capitalista provienen de Karl Marx, en especial en lo que respecta a sus escritos de juventud. Marx describe como en épocas pre-capitalistas el proceso de trabajo era algo transparente a los ojos de cualquiera: unos pocos producían con medios de producción propios y cedían un tanto por ciento excedente a un superior (normalmente, un señor feudal). En cambio, la propiedad privada capitalista, partiendo de la ficción del ser humano como “propietario” de su fuerza de trabajo, sumerge a los individuos en un complicado sistema de producción que no logran entender y que les aparece como hostil y extraño, máxime cuando ellos no tienen ningún tipo de poder sobre su organización. En el seno de la empresa capitalista el empresario goza de un poder despótico que afirma, además, sobre la base de que quién no se atenga a él queda relegado a la “jurisdicción del hambre”, que decía Cervantes. Para los socialistas, la socialización de la propiedad acabaría de un modo natural con la alienación. Esta socialización de la propiedad pondría en manos de todos, del conjunto de la sociedad, la organización del proceso productivo, de manera que los trabajadores tendrían poder de decisión sobre lo que constituye una parte esencial de su proyecto de vida y de su identidad (a saber, su trabajo). Esto chocó con la realidad en dos sentidos. En principio, “socialización” frecuentemente se confundió con “nacionalización”, cuando una y otra son términos distintos. La nacionalización significa el paso de la propiedad de manos privadas a manos estatales. La socialización significa el paso de la propiedad de manos privadas a manos colectivas y (esto es importante) en beneficio y bajo el control del conjunto de la sociedad. Una forma de socialización, claro, podría ser la nacionalización, siempre que sea llevada a cabo por un Estado democrático (en un Estado dictatorial, el paso de la propiedad de manos privadas a manos estatales no supone, obviamente, ningún incremento del control democrático de los trabajadores sobre el proceso de producción). Así, muchas veces se esperó de la simple nacionalización unas virtudes contra la alienación que nunca tuvo. Un segundo choque con la realidad se produjo en el ámbito de la toma de decisiones. Si dividimos las formas de socialización en dos grandes grupos (las estatistas y las autogestionarias) nos encontramos con problemas de agencia en ambas. En el caso de la nacionalización por parte de Estados democráticos, la participación de los trabajadores en la toma de decisiones sobre el proceso productivo se limita al control que puedan ejercer sobre la acción del Estado mediante el sufragio universal, participación que todos sabemos lo relativa que es y lo lejana que queda del control de las acciones concretas del Estado. En el caso de la conversión de empresas privadas en empresas gestionadas por los trabajadores (como las que se crearon en Yugoslavia o las que se han venido creando en Venezuela) nos encontramos con el siguiente problema: los trabajadores no disponen ni del tiempo ni de la formación necesarios para dedicarse diariamente a la gestión de todos y cada uno de los aspectos que tienen que ver con el diseño y la puesta en marcha del proceso productivo. Debido a esto, los trabajadores acaban delegando un buen número de funciones de dirección empresarial en manos de comités de directivos, de modo similar a como los accionistas de las sociedades anónimas delegan el control de la empresa en manos de sus ejecutivos. Sin embargo, se producen en las EGT los problemas que ya se producen de hecho en este tipo de sociedades: los directivos manejan toda una serie de informaciones a las cuales los principales (sean los trabajdores o los accionistas) no tienen acceso habitual, de manera que finalmente el control efectivo de la empresa suele quedar en manos de aquellos. Por supuesto, los principales mantienen su potestad de destituir a su antojo a los directivos, pero el problema anterior de hecho sigue subsistiendo: los directivos son los que, finalmente, manejan de manera real el proceso productivo. La alienación desaparece aquí en lo que toca al reparto de los beneficios empresariales, pero no en lo que respecta a la dirección del proceso productivo. Pese a estas carencias, si planteamos la cuestión de la alienación no como una cuestión de todo o nada sino de grados, está muy claro que las empresas estatales de los Estados democráticos o las empresas gestionadas por los trabajadores son notablemente menos alienantes que la empresa capitalista. Sobre esta, pese a todo, también cabe implementar medidas que aumenten el control de los trabajadores sobre el proceso productivo, como por ejemplo la obligación de mantener comités de empresa donde los representantes de los trabajadores puedan negociar con la empresa sobre todos aquellos aspectos que atañen a la organización del trabajo. Medidas que, en gran medida, también son socializadoras. Socialistas. Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
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| Escrito por Lluís Pérez | |
| domingo, 24 de junio de 2007 | |
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Al hablar de la justificación del socialismo sobre la base de la lucha contra la alienación, afirmaba en el primer artículo de esta serie que “la alienación, en su sentido original, vendría a ser la pérdida de algo propio y su percepción cómo algo extraño e incluso hostil. El catálogo de cosas que los individuos verían enajenadas a causa de la propiedad privada capitalista sería variado, e iría desde el producto del trabajo asalariado hasta la misma personalidad de los individuos. La socialización de la propiedad devolvería a los individuos el control sobre éstas cosas que nunca deberían haber visto como ajenas”.







