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viernes, 16 de mayo de 2008
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La problemática de la propiedad en el socialismo actual (y V): la libertad Imprimir E-Mail
Lecturas 1423    

ImageLa última justificación para la socialización de la propiedad de la que hablaba en el primer artículo de ésta serie era la de la libertad, a saber: por muy diversas razones, los socialistas han afirmado históricamente que la propiedad privada capitalista cercena la libertad individual de muchos, frecuentemente de los asalariados, de aquellos que no disponen de medios propios de supervivencia. La emancipación de éstos dependería de la socialización de la propiedad. Se trata de una justificación que entronca directamente con la noción republicana de libertad, la única que existió en Occidente por milenios, antes de la irrupción decimonónica del liberalismo. Para los autores republicanos (como Aristóteles, Kant, Robespierre...), solo era libre aquel que tenia asegurada una base material de subsistencia autónoma. Los que carecían de ésta, independientemente de su estatus jurídico, no eran realmente libres, debido a que para sobrevivir debían pedir permiso diariamente a alguien (el patricio, el señor feudal) que disponía de lo que necesitaban para garantizar su supervivencia. Debido a esto, estas personas, a las que genéricamente se llamaba “pobres”, solo podían sobrevivir a costa de bajar la cabeza, de aceptar los dictados de quien tenía en su poder el abocarlos a la miseria.

 
Ya desde sus orígenes en la Grecia clásica, esto creó un importante problema a los republicanos y a las repúblicas que estos fundaron: que hacer, en una república (en una comunidad política de ciudadanos en principio libres e iguales), con los pobres. En efecto: incorporar a la dirección política de la república a quienes, por sus carencias materiales, no eran libres, suponía abrir de par en par la puerta al clientelismo, al servilismo y, en última instancia, a la pérdida de la libertad republicana. Los pobres no podían hablar en igualdad de condiciones con sus patrones en el ágora donde se decidían los destinos de la república, y ello los convertía en un elemento que solo podía ser perturbador para la prosperidad de la misma. Se imponía la pregunta: ¿qué había que hacer?

 Una solución era cortar por lo sano y excluirlos de toda ciudadanía o, en todo caso, considerarlos “ciudadanos pasivos”, excluidos del gobierno y la legislación de la república. Fue la solución preferida por republicanos oligárquicos como Aristóteles. Otra solución, sin embargo, fue la que inventaron los pobres atenienses que tomaron el poder en su república tras la revuelta de Efialtes: dar una paga a los pobres que tuviesen que ocuparse de asuntos públicos. Con esto, se eliminaba (a su manera y dentro de sus limitaciones) el problema de la libertad de los pobres llamados a participar de la dirección de la república. Se inauguraba con ello una experiencia nueva: la democracia, el “gobierno de los pobres libres” en palabras de Aristóteles.

 Cómo es sabido, las repúblicas clásicas cayeron paulatinamente bajo el dominio de diversos despotismos imperiales. No seria hasta el Renacimiento y, sobre todo, hasta la Ilustración, que las ideas republicanas grecolatinas fueron recuperadas y actualizadas por autores como Maquiavelo, Locke o Rousseau. Este revival republicano constituyó el fermento de las revoluciones norteamericana y francesa, conduciendo a la instauración de sendas repúblicas en los nuevos Estados Unidos de América y en el antiguo reino de Francia. En ambas repúblicas surgió de nuevo el mismo problema que surgió ya en la antigüedad grecolatina: qué hacer con los pobres. Y, de nuevo, los republicanos aparecieron divididos. Por un lado, republicanos oligárquicos como Madison o Brissot fueron partidarios de establecer una división entre los ciudadanos activos y los pasivos que se correspondería con la división entre los propietarios (los libres) y los no-propietarios (los no-libres). Por otro, republicanos demócratas como Jefferson o Robespierre fueron más lejos que sus antecesores atenienses y propusieron que se garantizase el derecho a la existencia de todo varón (sí, estamos hablando del siglo XVIII) jurídicamente libre para así garantizar su autonomía social y su capacidad para participar en el espacio público. La fórmula propuesta para garantizar éste derecho a la existencia fue, generalmente, la universalización de la pequeña propiedad, especialmente agraria.

 No obstante, lo que a mediados y finales del siglo XVIII aún podía ser una solución factible al problema de la propiedad se convirtió, en el industrializado siglo XIX, en una quimera: era imposible, en una economía industrial avanzada, universalizar la pequeña propiedad privada. Ante éste reto, personas provinentes de partidos democráticos republicanos propusieron una vía alternativa: la apropiación común, por parte de los asalariados, de los medios de producción y, en extremo, de los de consumo. Es decir, el socialismo. Algo que ya venía siendo propuesto desde hacía un tiempo por pensadores utópicos como Saint-Simon. Estos individuos, responsables de la fusión del socialismo con el proyecto republicano democrático, fueron los que así mismo condujeron al socialismo a cifrar sus esperanzas de futuro en el movimiento obrero, que agrupaba a aquellos que de un modo más flagrante sufrían la falta de libertad asociada a la falta de propiedad: los proletarios, es decir, los trabajadores asalariados. Los nombres de éstos dirigentes fueron Marx, Engels, Jaurès... todos ellos comprometidos primariamente con la idea de que solo la socialización de la propiedad podía garantizar a todos los desposeídos la base económica necesaria para alcanzar la libertad republicana.

 Sin embargo, la pobreza no fue nunca la única preocupación de los republicanos: también la extrema riqueza fue vista como una amenaza por los republicanos de todos los tiempos. Aquí, el republicanismo fue unánime: había que evitar por todos los medios que en una república se diese una desproporcionada concentración de riqueza en manos de unos pocos magnates, ya que una situación así posibilitaría a éstos el disputar a la república su derecho a definir el bien público, so pena de hacer caer a la república (y a sus habitantes) en la miseria. Si la pobreza ponía en riesgo la libertad de cada cual, la extrema riqueza ponía en peligro la libertad de todos. También aquí el socialismo de mediados-finales del XIX recogió el testigo de la tradición republicana: las grandes concentraciones de riqueza suponían amenazas para la propiedad, y dado que el capitalismo tenía una tendencia natural a la concentración de la riqueza, la única solución era socializar la propiedad. Los grados de radicalidad en ésta propuesta eran variados, pero la cuestión era la misma: evitar que unos pocos magnates pudiesen poner contra las cuerdas a la democracia.

 Hasta aquí el repaso histórico. Y ahora, ¿qué tienen de actual estas ideas? Yo diría que todo. Mucho más que en cualquier otra de las justificaciones del socialismo que hemos ido viendo en esta serie de artículos. Hoy, en plena globalización capitalista, es cuando somos más conscientes de hasta qué punto la propiedad privada capitalista conduce a la creación de grandes bolsas de pobreza que, además de provocar dolor y miseria, colocan a sus miembros en situación de sumisión e ilibertad. Hoy, en plena globalización capitalista, es cuando somos más conscientes de hasta qué punto el alcance de las decisiones de los pueblos soberanos se ven anuladas y limitadas por el enorme poder de las grandes fortunas privadas capitalistas, de esos grandes poderes privados que no están sometidos al control democrático. Ante éste panorama, el socialismo no solo ha caducado sino que es más urgente que nunca, máxime cuando ese control democrático sobre las acciones de los magnates capitalistas es una condición sine qua non para poder afrontar el gran reto de nuestra época: como evitar, por decirlo con Chomsky, que el mundo salte por los aires, debido a la cada vez más acuciante problemática medioambiental en la que nos desenvolvemos.

 Podemos, sin duda, preguntarnos por los límites del socialismo; sobre si para alcanzar la libertad republicana en todo su esplendor es necesario socializar toda la propiedad o si solo cabe hacerlo hasta el punto de que no haya nadie lo suficientemente pobre como para poner en peligro su libertad ni lo suficientemente rico como para poner en peligro la libertad de todos. Podemos, desde luego, plantarnos los límites éticos que debemos respetar en nuestra lucha por el socialismo. Y por supuesto es de recibo plantearnos la viabilidad de cada reforma socializadora que emprendamos. Pero que la socialización, que el socialismo, es un paso imprescindible para garantizar la buena salud de nuestras democracias es algo que es tan cierto hoy como lo era en el siglo XIX. El socialismo no es solo un deseo, sino una urgencia. Se trata de nuestra libertad. La libertad de todos.

Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.



Comentarios de los usuarios (1) RSS feed comment
Escrito por miguelnunezrios, on 02-07-2007 02:33,
1. Brillante
Brillante artículo. Enhorabuena. Sencillo, directo y contundente.
 
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Escrito por Lluís Pérez   
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