| Las razones, los tópicos y el olvido |
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Por ejemplo: el conflicto de Oriente Medio. Parece ser que uno no puede ser un buen derechista si no es un sionista de pro, y viceversa, parece ser que uno no puede ser un buen izquierdista si no es un ferviente y acrítico defensor de la causa palestina. Un servidor ha llegado a ser acusado de cómplice de los neoconservadores por afirmar que desde luego Hamas y Hezbollah no son para este servidor referentes de nada, por mucho que denuncie la política expansionista de Israel y las violaciones de Derechos Humanos que este Estado lleva a cabo continuamente. A mi, en fin, me cuesta reconocer como referentes a movimientos que, de ser por ellos, reducirían a las mujeres de Oriente Medio a la categoría de pertenencias masculinas y que llevarían a cabo una unificación entre Islam y Estado que el nacionalismo árabe laico, con todos sus defectos, se esforzó en deshacer durante décadas. Pero esto son solo algunos ejemplos. El conflicto vasco, los transgénicos, la energía nuclear o la discriminación positiva son algunos de los importantes asuntos donde el tópico y el cliché han sustituido hace tiempo a la argumentación y al debate serio a la par que sereno. La limpieza mental que supone el poder discutir de las cosas sin escandalizarse ha desaparecido casi por completo de estas cuestiones. Los que por ventura han intentado romper con los tópicos y defender posturas complejas, ora intermedias, ora completamente nuevas, han sido simplemente expulsados del debate mediante acusaciones de lo más variopinto: desde “colaboracionistas” (con el mal, sea el que sea) hasta “contemporizadores”, pasando por supuesto por “vendidos” o “traidores”. Al menos esto es así en el espacio político y periodístico. En el mundo académico, una de cal y una de arena. Y yo pregunto: ¿no se puede ser independentista sin estar a favor del acercamiento de los presos vascos al País Vasco? ¿No se puede ser españolista y de derechas y al mismo tiempo defender la autodeterminación de Cataluña? ¿Por qué un izquierdista no puede defender el uso de la energía nuclear? ¿Qué extraño vinculo indestructible une el ser derechista con estar contra el laicismo? ¿Es que un izquierdista no puede estar a favor del servicio militar? ¿Donde estás escrito que para ser feminista hay que estar a favor de la discriminación positiva? ¿Realmente ser ecologista y estar a favor de los transgénicos es estar tan loco cómo algunos pretenden? Seguramente, todos estos ejemplos le sonarán a chiste al lector. Ese es precisamente el problema: que nos hemos acostumbrado tanto al encasillamiento y a la división del mundo en blanco y negro, que la más leve mezcla de colores aparece ante nuestros ojos como pura alucinación. No me pregunto si es coherente el mantener todas estas posiciones (yo mismo creo que muchas de ellas son profundamente contradictorias), sino si es un crimen de lesa humanidad el mantenerlas, suficiente al menos como para despachar cualquier intento de discusión poniendo los ojos como platos y diciendo “¿pero como puedes decir que eres de izquierdas (o de derechas, lo mismo da) y defender esto?”. Porque eso es lo que se hace las más de las veces cuando alguien intenta (por ejemplo) definirse como ecologista al tiempo que defiende el uso (o cierto uso) de los cultivos transgénicos. Y el problema es que los hay que no encajan bien en los moldes y que no siempre lo tienen fácil para manifestar su incomodidad en ellos. Cuesta mantener al cien por cien la autonomía de juicio cuando uno anda metido en partidos políticos, movimientos sociales y demás marcos de acción colectiva, donde el cuestionamiento de lo que se tiene por evidente nunca sienta bien y normalmente produce picores. Cierto es que hay espacios donde el cuestionamiento es mejor digerido que en otros. Por decir algo: parece, a la luz de lo que se puede leer en los periódicos diariamente, que es mucho más fácil levantar la mano en cualquier partido de la izquierda del Reino de España o en alguna de sus derechas nacionalistas periféricas que en su monolítica derecha nacionalista española. Y dentro de los partidos de izquierdas también parce haber gradaciones en este asunto, aunque no entraré en ello. Pero, pese a todo, el hecho es que mantener la autonomía de juicio y seguir la disciplina de partido (que al fin y al cabo es necesaria para que la acción de los partidos tenga cierto éxito) sigue siendo un asunto difícil. Entre otras cosas porque, como decía al principio, a uno le puede salir muy caro el salirse de la ralla trazada por su particular grupo político. No pocas veces la actividad política de los individuos se acaba entretejiendo con una complicada maraña de relaciones personales que navegan sobre el mar de fondo de la militancia compartida. Cuestionar lo que se tiene por incuestionable puede supone arriesgarse a romper esta, y esto a su vez conlleva el riesgo de perder amigos y hasta parejas sentimentales en el viaje. Una operación muy poco tentadora para cualquier ser humano normal, y que explica en buena medida por qué en tantos movimientos políticos la gente puede llegar a cerrar los ojos hasta ante la realidad más evidente. Dicho sea de paso, esto ocurre especialmente en los movimientos más alejados de la realidad, que suelen coincidir no por casualidad con los más sectarios y cerrados y que, por tanto, troquelan de un modo más notable la vida personal de sus integrantes y castigan más severamente la disensión en aquello que se tiene por “evidente”. Cierto es que a menudo hay valientes que, como en el poema de Kavafis, dan un paso al frente y, sin alegría pero con convencimiento, dicen “no” y lo que es más importante: están dispuestos a repetirlo cuando les dan una “segunda oportunidad”. Parece ser que esto es una cuestión muy relacionada con el carácter de cada cual, con su disposición previa a no comulgar con ruedas de molino. Como en todo, en esto también hay gradaciones. Los hay que denuncian lo que consideran falso o erróneo tan pronto como lo perciben como tal. Hay otros, por supuesto, que no lo hacen nunca. Bernstein y Kautsky serían dos buenos ejemplos, respectivamente, de estas dos actitudes extremas ante el tópico político, y además extraídos de nuestra atormentada tradición socialdemócrata, que no pocas veces ha tenido que lidiar con los tópicos y los clichés. Por enmedio de ambos extremos está, por lo demás, la mayoría de la gente, que da un paso al frente solo cuando se cerciora de que otros también lo han dado. De nuevo, aquí también hay grados. Los hay que con un compañero de viaje ya se animan, y los hay que no alzan el vuelo hasta que ven que unas cuantas decenas de sus camaradas ya llevan un rato batiendo las alas. Una pregunta interesante para los psicólogos cognitivos podría ser el preguntarse qué márgenes hay en esto, qué porcentajes de “voces críticas” se necesitan para que un movimiento cambie de rumbo, para que una multitud anteriormente callada y atemorizada se decida a decir lo que piensa, lo que piensa de verdad. Lo que está claro es una cosa: a partir de un cierto punto, a partir del momento en que una parte notable de la multitud se anima a decir que el Rey va desnudo, la desnudez de éste se hace evidente para todos. Los clichés, los tópicos anticuados y la chatarra retórica pasada de rosca, pese a toda su fuerza (que no es poca), también tienen fecha de caducidad. Pero como decía más arriba, hay quien por supuesto es capaz de mantener absolutamente todo su inventario de ideas contra viento y marea, contra toda realidad, sin apenas cambios, durante toda su vida. Lo suelen llamar “coherencia”. Pero no es en absoluto un caso de coherencia. No tiene que ver con el examen lógico de los principios, con el análisis riguroso de sus presupuestos, con la sólida deducción de sus consecuencias y su correspondiente y razonable seguimiento. Tiene que ver, casi siempre, con el olvido. El olvido de los datos incómodos, el olvido de los argumentos que de un modo claro ponen en jaque las razones de uno, el olvido de todo aquello que, en suma, amenaza por echar por tierra aquello en lo que creemos. Y este olvido tiene un nombre: irracionalidad, en el sentido más ilustrado del término “racionalidad”. Olvidarse de los argumentos molestos no es sino suspender el juicio, olvidarse de la Razón nada menos que en la política, en aquello que atañe a la vida de todos. Un olvido por desgracia nada infrecuente en el seno de la izquierda. Y cuando la izquierda se vuelve irracional, cuando se torna olvidadiza, cuando denuncia las violaciones de Derechos Humanos en Guantánamo y se olvida de las que se cometen un poco más al norte, y en especial cuando señala con dedo acusador a los “traidores” que “se atreven a llamarse de izquierdas” al tiempo que denuncian lo que es evidentemente denunciable; cuando pasa todo esto, digo, entonces es cuando empiezan los problemas de la izquierda. Es entonces cuando se substituye el argumento por el tópico, cuando el matiz da paso al trazo grueso, cuando la izquierda empieza a ver las cosas en blanco y negro y cuando se da por sentado que un izquierdista debe defender X "porque es lo propio de un izquierdista y se acabó". Se situa entonces la izquierda sobre los temblorosos fundamentos de un endeble andamiaje intelectual nacido del olvido y que solo se puede mantener a fuerza de seguir olvidándose de la realidad política y social. Una realidad ésta que, por supuesto, no sabe de delicadas biografías personales ni de conveniencias sectarias y que, al final, siempre acaba llamando a la puerta. Cuestión de tiempo y, por lo demás, nada nuevo: pasó con Stalin, pasó con la Revolución Cultural china y pasará con muchos de los que hoy pasan por ser totems intocables de tantos izquierdistas. Lo dicho: nada nuevo. Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
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| Escrito por Lluís Pérez | |
| domingo, 22 de julio de 2007 | |
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Puede parecer una broma, pero lo cierto es que el cuestionar las cosas a veces le puede salir muy caro a uno. Muy caro. No hablo ya de los que tienen la desgracia de vivir dentro de las fronteras de esas prisiones políticas que son los regímenes totalitarios. Me refiero a cosas que pasan en los partidos y los movimientos que conforman el espacio participativo de nuestras modernas democracias. Cosas que son más cotidianas que las que se pueden ver en un gulag de Corea del Norte y, por ello, menos terribles, menos visibles, menos trascendentes, seguramente menos dolorosas, pero que pueden llegar a pesar como una losa sobre la espalda de cualquier persona de bien. Me refiero a los tópicos, aunque de un modo más impreciso pero más gráfico lo podríamos llamar “dogmas”. Tópicos que hacen que de un determinado posicionamiento político se deriven toda una serie de rasgos que se dan por hecho que le pertenecen aun cuando en rigor no tenga por qué ser así.





