| Hoy va de parábolas |
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En un país de hace muchos, muchos años, gobernaba un terrible rey tirano que hacía la vida imposible a sus súbditos. A pesar de que el malestar era creciente, nadie se atrevía a decir nada, pues el rey tenía espías por todas partes y todo aquel que intentó manifestar alguna queja acabó encerrado en lo más hondo de las mazmorras del castillo real.
Pero un día nació un niño muy especial. Su frente era como de cristal, de tal modo que todo lo que el niño pensaba aparecía a los ojos de los demás con la misma claridad como si se tratara de un libro abierto. Evidentemente, el niño era testigo de las atrocidades que cometían los sicarios del rey, y como era buena persona no podía evitar escandalizarse ante los abusos.
Claro que en su caso no podía esconder sus pensamientos, por lo que todos los que le conocían le veían como su propia conciencia, sintiendo cómo en el niño se reflejaban sus propias opiniones. Todo ello llegó a oídos del rey, quien furioso ordenó encerrar al niño en las mazmorras, junto con todos los demás disidentes.
Y entonces ocurrió algo extraordinario: Paulatinamente, las paredes de la mazmorra se fueron volviendo de cristal. Y con ellas, el resto del castillo, hasta que se convirtió por completo en una inmensa escultura transparente desde la cual todo el mundo podía ver al niño, sentado en su celda, censurando las maldades del rey. Y así, aquello que se había intentado acallar con tanto ahínco, se volvió aún más notorio, hasta que no quedó nadie en el reino que no hubiera oído hablar del prodigioso niño de la frente de cristal.
Saquen ustedes las conclusiones que deseen.
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| Escrito por Mireia Ortega | |
| jueves, 26 de julio de 2007 | |
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Tengo por casa una colección de cuentos que fueron de mi madre, entre los que se halla una curiosa historia. Siempre me he preguntado cómo fue posible que ese cuentecillo sorteara la férrea censura de la época.






