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jueves, 20 de noviembre de 2008
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Verde dilema Imprimir E-Mail
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ImageEl otro día vi por primera vez una de las "Tertulias en Libertad" de la flamante LibertadDigitalTV . De entre las muchas cosas que podría destacar (como por ejemplo la absoluta coincidencia de opiniones entre todos los participantes de la tertulia) me apetece hablar sobre lo que se dijo allí sobre el problema de la energía. Lamento no tener el enlace del programa (lo he buscado como un loco en YouTube y en LibertadDigitalTV pero no ha habido manera, así que si alguien me lo facilita se lo agradeceré), pero más o menos la cosa fue así: un economista afincado en Cataluña intentaba explicar qué era lo que había pasado en el apagón de Barcelona y el moderador y el otro contertuliano se limitaban a decir "estoy de acuerdo con usted". De entre las muchas e interesantes cosas que el tal economista dijo, había una que me pareció fundamental: según él, cada cierto período de tiempo (5 o 10 años, ahora no recuerdo; vamos a poner que fuesen 10) había que ampliar el suministro energético de la red (doblarlo -de nuevo, cito de memoria-) debido a que el crecimiento de la zona empujaba a ello. Para el economista, solo habían dos alternativas: o bien la MAT (Muy Alta Tensión), o bien la creación de nuevas centrales nucleares. Ambas medidas criticadas por los ecologistas catalanes, así como por ICV y por Esquerra . El economista se quejaba, con gran parte de razón, de que los ecologistas se detenían en la crítica a estas medidas pero no ofrecían alternativas realmente aplicables a corto plazo.

Digo que tenía "parte de razón" y no "toda la razón" por dos razones. Una, porque el apagón de Barcelona no se debió ni solo ni principalmente a un problema energético, sino a la desastrosa situación de la infraestructura de abastecimiento eléctrico de Cataluña, gestionada por Red Eléctrica Española; España, como de costumbre, marcándose como prioridad número 1 el bienestar de los catalanes. Y en segundo lugar, porque él mismo reconoció que, de hecho, algunos sí proponían una alternativa: el ahorro energético. Nuestro liberal economista dijo "ahorro energético" como mentando al diablo, torciendo el gesto y diciendo "o sea, que si usted tiene una nevera, apáguela". No si es a eso a lo que se refieren los defensores del ahorro energético, pero desde luego es de recibo preguntarse a qué se refieren. Porque si queremos ahorrar energía, al menos la suficiente energía como para no necesitar ni MAT ni centrales nucleares durante los próximos 10 años, entonces eso de no encender la nevera, más que absurdo, va a ser insuficiente. Porque la energía no se va solo ni principalmente en neveras. La energía se va en oficinas que disponen de luces encendidas durante todo el día pese a no necesitarlas, en cientos de miles de ordenadores que se quedan encendidos aún cuando nadie los utiliza, en costosas instalaciones de lujo (campos de golf, hoteles de varias estrellas), etc. Por no hablar de los aires acondicionados que mantienen nuestras casas a temperaturas polares en pleno agosto y demás lujos que nos permitimos y que evidentemente nos van muy bien pero que no necesitamos, al menos no en el sentido fuerte de la palabra "necesitar".

Así pues, podríamos ahorrar energía cortando por lo sano con todo este despilfarro, reduciendo el consumo de energía a un mínimo razonable para mantener un cierto confort, prohibiendo por ejemplo que a ciertas horas del día se puedan encender bombillas salvo en casos especiales, etc. Los problemas son, al menos, tres. El primero es que la posibilidad de establecer este tipo de limitaciones y prohibiciones recae en los políticos, y estos, que deben (y cuando digo "deben" quiero decir que en gran medida no tienen elección) gobernar pensando buena parte del tiempo en términos electorales, jamás van a tomar una serie de medidas que evidentemente serían altamente impopulares entre una ciudadanía para empezar muy poco informada sobre el precio (en términos energéticos y a largo plazo) de mantener el nivel de consumo actual y, para seguir, muy acostumbrada a exigir bienestar sin prestarse al más mínimo sacrificio. El segundo problema con el que se enfrentaría una política de ahorro tal es el de delimitar qué entendemos por un nivel de consumo "razonable". Al fin y al cabo, es cierto que nuestros antepasados vivían sin aire acondicionado y que nosotros también podemos hacerlo, pero no es menos cierto que vivían sin cines, discotecas, macroconciertos de rock y demás diversiones y productos que desde luego no "necesitamos" para sobrevivir y trabajar, pero si para poder vivir bien y disfrutar un poco de la vida. Obsesionándonos con el ahorro energético, podemos llegar a eliminar todo lo que de placentero nos proporciona esta vida, a excepción de las relaciones personales, el sexo, el arte (el arte que no consume energía, o sea que adiós al rock, al cine o a la música electrònica) o las drogas. Y un tercer problema, que seguramente es el peor de todos, es el siguiente: con una política de ahorro de éste tipo, el crecimiento económico e Barcelona y por extensión en Cataluña resultaría prácticamente una quimera. Habrá quien diga que si esto es así, al diablo con el crecimiento económico. Lo cierto, no obstante, es que las cosas no son tan fáciles: crecer significa muy fundamentalmente seguir produciendo riqueza, y la riqueza que no se crea equivale a riqueza que se consume. Si renunciamos a seguir creciendo, renunciamos no solo a permitirnos lujos sino, también, a muchas otras cosas que no pueden existir sin riqueza; desde la educación pública hasta la sanidad pública, pasando por la investigación médica o el transporte motorizado.

Claro está que, por otro lado, debemos preguntarnos si la otra alternativa, la de ir ampliando y ampliando el suministro energético cada 10 años, es realmente una alternativa. Quizá lo sea durante los próximos 10 años, pero cabe preguntarse si dentro de 30 años podremos seguir creciendo a este ritmo sin arruinar el propio mundo en que vivimos. Si algo nos enseña el discurso ecologista, más allá de cuestiones más anecdóticas como la importancia de la protección del lince ibérico, es a entender que la Tierra no es un pozo sin fondo sino un nicho con unos recursos que son limitados y que, por tanto, pueden acabarse. Así pues, si bien durante los próximos años podemos permitirnos cierto cinismo energético, cierta mentalidad de "viva la Virgen" en términos de gasto de energía, eso tiene un límite. Y lo que es peor: cuanto menos nos preocupemos de él, más rápido lo sobrepasaremos.

Es en este punto cuando empiezan los llamamientos al "desarrollo sostenible". No soy un gran experto en el tema, pero me parece que bajo este rótulo conviven propuestas interesantes con una buena dosis de wishful thinking, de creer que todo es posible y que solo hace falta echarle ganas. Yo creo que por muy sostenible que sea un modelo de desarrollo (que, por cierto, no estaría exento de problemas relacionados con la capacidad para generar riqueza) este no deja de ser "desarrollo" y, por tanto, no deja de comportar el consumo de recursos, en este caso energéticos. Y, recordemos, los recursos son escasos. Por supuesto, hay propuestas interesantes de cara a utilitzar energías renovables, pero me temo que si aún no se han conseguido resultados que aspiren a suplantar globalmente al actual modelo térmico-nuclear no es debido a una maligna conspiración de los magnates de este modelo para ahogar el desarrollo de la investigación en energías renovables, sino a que simplemente esta no ha conseguido resultados que aspiren a suplantar al actual modelo térmico-nuclear, y punto. Al fin y al cabo, ni toda la fuerza del gigante de Microsoft está pudiendo acabar con el software libre, un enano económico y político en comparación con su competidor. Allí donde un empresario pierde, hay otro que gana. Y esto vale lo mismo para el mercado energético que para el de las colchas.

Éste es un artículo sin pretensiones moralizantes. No cabe proponer soluciones finales a dilemas irresolubles. Seguramente, el "desarrollo sostenible" es el menos malo de los horizontes a los que podemos aspirar en materia energética y medioambiental. Pero, que quede claro, eso no nos va a librar de MAT's o de centrales nucleares. O de apagones y ahorros energéticos costosísimos para el país, si escogemos quedarnos en el otro cuerno del dilema. Todo dependerá de lo que elijamos. Pero las cosas claras: hoy por hoy (y quién dice hoy por hoy dice durante la próxima década, salvo que haya algún improbable descubrimiento científico revolucionario en materia de energías renovables) no podemos elegirlo todo. El dilema tiene dos cuernos y ambos están bien afilados. Podemos escoger preferentemente uno de los dos e intentar pincharnos lo menos posible, pero poco más. Es lo que hay.

 Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.



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Escrito por Lluís Pérez   
domingo, 29 de julio de 2007
 
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