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Vivir en un gran centro urbano tiene sus desventajas y sus incomodidades, es cierto, pero también proporciona algunos servicios que, por lo habituales, los urbanitas damos por sentados.
Por eso se me queda la mandíbula desencajada por el estupor de saber que varios miles de personas no tienen garantizados algunos servicios básicos en materia de atención sanitaria. En España, supuestamente primer mundo. En pleno siglo XXI. La falta de inversiones en tecnología e infraestructuras es común y algo de lo que no se salvan ni los hospitales mejor equipados. Pero que a estas alturas de la historia, las pacientes de las salas de partos tengan que seguir aplicando el principio bíblico- parirás con dolor- por la falta de anestesistas que apliquen la epidural es especialmente cruel. En la Comunidad Valenciana, en 2006 sólo se aplicaba la epidural a 4 de cada 10 pacientes, cuando lo normal es que se de al menos en un 70% de los casos; y estos números o similares se repiten en otras regiones, como Galicia o Granada. El bajo uso de esta anestesia no se debe al mayor umbral de dolor de las levantinas o de las gallegas, sino a las restricciones que sufren muchos hospitales, en los que el servicio de anestesia epidural se suspende a partir de las 8 de la tarde, desaparece en verano o simplemente nunca existió. Se trata de un servicio imprescindible. No sólo porque mitiga el dolor, sino porque se vuelve necesario en casos de cesárea o de complicaciones en el parto; y por ello debería estar a disposición de todas las mujeres, independientemente de dónde vivan.
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Escrito por Mireia Ortega
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miércoles, 01 de agosto de 2007 |
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