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El 5 de agosto de 1940 Janusz Korczak se levantó de la litera que presidía la sala principal del Orfanato de la calle Krochmalba de Varsovia. Sembró su cara de proyectos con un agua de seda que tapizaba el suelo y las paredes de verde viejo. Sin embargo, el médico polaco, conocido por sus cuentos infantiles, y director del centro para huérfanos, fue arrestado. Junto a 196 niños fue deportado a Treblinka. Cuentan que ningún niño lloró. Ninguno trató de huir. Tragando su dolor se aferraron a su maestro. Korczak marchó al frente de todos ellos. Un testigo describió la escena diciendo que hasta las piedras de la calle lloraban en silencio al ver la procesión.
Los nazis no eran revienta-mítines, ni independentistas. Nunca hablaban de balcanización, pero tampoco obligaban a saber catalán. No vendían pescado en un mercado. Lo que la historia nos recuerda es que los nazis enviaban, a diario, centenares de seres humanos a las cámaras de gas. Diseñaron métodos para matar personas en serie del modo más productivo posible. Con el gas Zyklon-B perfeccionaron el sistema de eliminar razas, pensamientos, opciones sexuales. Con el fin de fundamentar terroríficas teorías raciales, científicos psicópatas en nombre del nacionalsocialismo, inyectaban cloroformo en el corazón de personas de diferentes razas para comprobar los efectos en los órganos una vez muertos. Korczak murió en Treblinka, junto a los niños, al llegar al campo de exterminio. Su recuerdo, y el de los casi ochocientos mil polacos judíos, civiles eslavos, prisioneros soviéticos, disidentes, gitanos, discapacitados, homosexuales y testigos de Jehová que murieron en ese siniestro recinto se pierden en la historia junto a los seis millones que aniquilaron los nazis en el resto de campos de exterminio. Tenemos la obligación moral de mantener intacto el recuerdo de las victimas del holocausto. Las torturas de los nazis no pueden ahora quedar en la metáfora. No es justo, para los que fueron aniquilados, utilizar el nombre de sus verdugos para definir al contrario político cuando este tiene una actitud intolerante. No podemos llamar nazi, y ya esta, a quien no piensa como nosotros, por muy violento que parezca, por mucho que grite, por mucho que nos zarandee. La intolerancia fue el germen, junto con otros factores, del exterminio y de los campos de concentración. Por suerte, ahora la intolerancia, en el peor de los casos y como mucho, nos llevará ante un juez.
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