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A lo largo de una estrechísima franja de terreno entre Ucrania y Moldavia existe un verdadero museo viviente llamado Transdnitria. Es el último vestigio que queda en pie del totalitarismo soviético. En su capital, Tiraspol, parece haberse detenido el tiempo. Se habla ruso, sobreviven estrellas rojas junto a hoces y martillos en las banderas y estatuas de Lenin presiden las plazas más céntricas. Es una de las últimas repúblicas que se autoproclamaron independientes durante la desmembración de la Unión Soviética. En 1990 se declaró la Republica Socialista Soviética de Transdnitria. Ahora es una especie de reserva soviética, un estado inexistente, un Sovietland que permanece como un parque temático sobre la URSS. Hace pocos meses celebraron su tercer lustro de independencia y ni Dios se dio cuenta. No existen. No han sido reconocidos por autoridad alguna porque es un inmóvil reflejo de la historia.
Pronto el Estatut de Catalunya que se aprobó en 1979 será un reflejo de la historia. Un recuerdo agradable de cómo los catalanes señalaban la salida de emergencia. La transición, tan en blanco y negro, fue la lámina donde se trazó el viejo Estatut. Ahora toca dar un paso más y modernizar las relaciones entre Catalunya y el resto del Estado. Es el momento de mejorar la financiación, las infraestructuras, acercar a los catalanes su administración más entrañable, es el lugar y el instante de aumentar las competencias, de definir nuestra tierra como nación. El próximo domingo los catalanes, por genealogía o por adopción, todos, podremos votar a favor de la lengua propia, la catalana, de equiparla a la oficial, el castellano. Faltan seis días para que los catalanes reforcemos nuestras instituciones, para que nos podamos desarrollar como colectivo de una manera más justa y para que, en definitiva, Catalunya mejore en una España más real y más plural. Pero algunos creen que es un paso ridículo. Un saltito escaso. Para ERC este Estatut no sirve. Creen que no se acerca a sus objetivos soberanistas. Por sus resultados electorales, sabemos que los catalanes no están preparados para poner en la báscula razonamientos que vayan mucho más lejos de lo que vamos a votar el próximo fin de semana. Y además, lo mejor es que la heterogénea orgía que conforman republicanos independentistas, ultracatólicos remontados, grupos antisistema, enfadados del mundo, falangistas y seguidores de Boadella, por suerte, sumarán un puñado de votos, porque en Catalunya son minoría los que prefieren vivir en una Transdnitria particular.
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