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Estamos inmersos en unas sociedades claramente multiculturales o pluriculturales y el futuro de las mismas pasa por la gestión de esta pluriculturalidad en aras de una vivencia y convivencia entre los ciudadanos participantes de estas sociedades modernas.
A pesar de alarmismos la llave misma de esta convivencia esta en los valores intrínsecos de las Democracia. Los valores de la igualdad, sobre todo, libertad y fraternidad, aunque puedan parecer denostados y anticuados o herencia de unas revoluciones burguesas acaecidas hace ya más de doscientos años, han sido y son la base de una posible convivencia pacifica entre ciudadanos y entre pueblos. El concepto de igualdad y de respeto hacia el otro no es patrimonio sólo de la cultura occidental, sino de la de muchos pueblos, aunque no de todos, por desgracia. En la democracia se establece como norma básica de funcionamiento en su cotidianeidad. En definitiva la democracia es la invitación, siempre mejorable, a ejercer y posibilitar esta vivencia y convivencia. Esto ha venido siendo así y lo sigue siendo pese a que las evoluciones sociales vayan más rápidas que la aplicación del espíritu democrático en las sociedades modernas. A partir de los años setenta, víctimas de modas postmodernistas y relativistas, la crítica a la barbarie cometida por occidente llegó a ser una autoflagelación y una limitación para asumir de forma constructiva y pedagógica los errores anteriormente cometidos. No en vano, la disculpa sobre las imposiciones y dominaciones pasadas es necesaria pero lo más importante es no volver a caer en los mismos errores, en no dominar y humillar otras culturas ni que otras culturas hagan lo mismo con otras, la occidental inclusive. Por eso la igualdad entre iguales, el respeto hacia el otro, son las reglas básicas tanto de la democracia como de las relaciones pacificas y plenas entre los diversos pueblos del planeta. A pesar de los alarmismos hacia la pluriculturalidad de nuestras sociedades, del choque de civilizaciones, su antídoto es, aquí y en el mundo, los valores básicos de la democracia. Se puede pasar de sociedades multiculturales o pluriculturales a sociedades genuinamente transculturales, en que el juego esta en la trasversalidad de las culturas de los credos. Lo plural, lo múltiple no tiene porque ser sinónimo de convivencia entre iguales, sólo de vivencia desde conflictiva y en ocasiones violenta. Lo transcultural abarca la multiculturalidad y la pluriculturalidad como vasos comunicantes. Es en definitiva lo contrarios a la fortificación y parcelación cultural. El conflicto no tiene porque eludirse con discursos multiculturales, con un cada cual con lo suyo. Si occidente pese a sus errores y horrores ha conseguido que sus ciudadanos vivan y convivan en paz después de siglos de luchas genocidas, o de opresión al resto del mundo. Con la democracia se ha establecido la base de las sociedades transculturales: el respeto entre iguales en un futuro de convivencia.
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