| Buscando soluciones donde no las hay |
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Un comentario más en la saga de la hipotecas. Comentaba Antonio Flórez que tras dos artículos cargados de tecnicismos, no había aportado ninguna solución para aquellos que no pueden pagar la hipoteca y van a perder la casa.
Acepto con pesar el hecho que tiene razón. Sin embargo, eso es por un motivo muy sencillo: no hay solución ni sencilla ni viable a estas alturas para las hipotecas impagadas. Estos créditos son el origen del problema y el origen de las turbulencias que estamos viendo en los mercados; si fuera sencillo arreglarlas sin causar más daño, se hubiera hecho sin pensarlo. La verdad, no hay salidas fáciles. La más ortodoxa en términos de mercado es una bajada entusiasta de los tipos de interés, volviéndolas a hacer mucho más fáciles de pagar. Un cuarto o medio punto no nos vale; a fin de cuentas, muchas de las hipotecas realmente malas están pagando un interés lo suficiente alto como para hacer un cambio cosmético irrelevante. Un recorte más fuerte, sin embargo, se metería rápidamente en la zona de los efectos secundarios perniciosos. Primero, porque podría enviar el mercado inmobiliario otra vez hacia una burbuja artificial, algo que únicamente retrasaría el ajuste (y lo haría aún peor), segundo, porque el exceso de crédito reciente también se agravaría, algo que requeriría de nuevo un ajuste más doloroso en el futuro. La otra opción, más heterodoxa, sería que el estado interviniera de algún modo "rescatando" las hipotecas con problemas de impago. Eso sería una noticia excelente para los que tienen esos créditos; gente que no perdería sus casas, y prestamistas que se irían de rositas después de haber repartido dinero de forma espantosamente arriesgada. En otras palabras, los dos grupos que han cometido todos los errores en este circo recibirían el estupendo premio de ser salvados por los contribuyentes. Estaríamos en ese dilema que tanto se repite y que tantas veces los políticos de izquierda (y de derechas, que tienen las mismas tentaciones) cometen sin pensar en las consecuencias: salvar a los que la pifian. Si una empresa, inversor o contribuyente toma un riesgo de forma voluntaria para tratar de ganar dinero, sea montando una fábrica, comprando billetes de lotería o enviando dinero a un príncipe Keniata por internet, estos están tomando un riesgo. Nadie les obliga a lanzarse a la aventura y jugarse el dinero más allá de lo necesario; si ganan, el premio su beneficio. Lo que no puede ser es que cuando alguien meta la pata, el séptimo de caballería sea automático en forma de subvención. El estado del bienestar es una red de protección contra el infortunio, no contra el riesgo voluntario. Si uno pierde su trabajo porque su empresa cierra, eso es mala suerte. El estado entra y te echa un cable. Si te caes por las escaleras por un resbalón o pillas la peor gripe nunca vista, no es que te lo hayas buscado, es infortunio. La ayuda estatal está justificada. Tu anciana madre está grávemente enferma y necesita cuidado y ayuda permanente, el estado de bienestar debe ayudar todo lo posible. Un riesgo tomado de forma gratuita, como es una hipoteca sin tener capacidad de pagarla... bueno, eso es un error, no mala suerte. El estado ayudará a que no te estrelles de forma irreparable (evitando que dejes de tener seguro médico mientras haces lo imposible por pagar, por ejemplo) pero no debe darte un premio por tu irresponsabilidad. No sería justo, en especial para la gente que paga religiosamente sus letras sin ninguna ayuda. Por añadido, no es en absoluto seguro que una ayuda estatal no tuviera efectos contraproducentes. Una moratoria en pagos sólo retrasa el problema; quien no puede pagar hoy, es posible que no pueda hacerlo mañana. Una refinanciación y rescate de los malos créditos sólo hace que el estado se coma el marrón de una pila de impagos; buena suerte viviendo con ese déficit, y todos esos pisos embargados a medio plazo.Una subvención directa es aún peor. Y las desgravaciones fiscales son regresivas, enormemente ineficientes y siguen sin arreglar el problema fundamental que hay gente que no paga porque no puede. Ahora no es hora de dar soluciones a la gente que no puede pagar. Es tarde, tristemente. El problema podría haberse solucionado antes; y no se hizo a nada. Fuera regulando (y limitando) la capacidad de dar hipotecas dudosas, fuera haciendo el sistema de calificación de deudas más estricto (las agencias de calificación dieron notas espantosamente generosas a muchas deudas poco creíbles), sea aumentando la transparencia de esas inversiones y fondos tan complicados, había cosas que podían hacerse. Al no hacerse todos estos cambios a tiempo el mercado salió de su equilibrio. Se concedió por debajo de su precio real, a base de ofuscar información y dejar que fondos y bancos manipularan de forma creativa su deuda. Cierto, todo esto no era culpa de los que se metieron a comprar casa en plan torpe. Lo es aún menos de los que no lo hicieron, en especial cuando el remedio sería peor que la enfermedad.
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| Escrito por Roger Senserrich | |
| miércoles, 22 de agosto de 2007 | |
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