| Empezar por el principio |
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Como digo, si se observan bien los programas, actuaciones y discursos de cada cual, lo que diferencia a ambos sectores es únicamente la retórica, la estética i la diferente mitología política de cada uno. En cuanto a la práctica política real, quizá la izquierda “transformadora” es un poco más izquierdista que la socialdemócrata, debido también a que dispone de una base electoral menor, y por lo mismo, bastante más homogénea ideológicamente. Pero, en el fondo, se trata de lo mismo: “ir tirando”, intentando ganar elecciones para desde el poder apuntalar lo que queda del Estado de Bienestar y procurar que los destrozos que se le tengan que hacer sean lo menos dolorosos posibles para las clases populares y para los más desfavorecidos. En el mejor de los casos, estas izquierdas descubren el mercado político (por así decirlo) de los derechos civiles, concentrando su confrontación con la derecha en la discriminación positiva, la defensa de las minorías sexuales o la laicización del Estado. No son diferencias, desde luego, menores. Pero en lo que toca a las instituciones económicas y al reparto de la riqueza, estas izquierdas son, de hecho, muy poco atrevidas. Uno y otro sector tienen sus propios pretextos para justificar su evidente desorientación estratégica (que no táctica: mal que bien, ambos se las arreglan para ganar elecciones. Otra cosa es su habilidad, y a esto me refiero con “estratégica”, para invertir la evidente hegemonía ideológica y política de la derecha europea). Generalmente, se asume que, en los tiempos que corren, pocas oportunidades, si alguna, quedan para el desarrollo de un Estado de Bienestar de tipo clásico, ya no digamos para la abolición del capitalismo de la cual buena parte de la izquierda “transformadora” hace bandera. La idea de una economía mixta, que pretendía ser una versión realista y eficiente del ideal socialista clásico, se destierra, y se asume que el papel del Estado en la economía debe ser residual, orientado únicamente a crear y mantener las condiciones necesarias para el crecimiento económico, aun a costa de las conquistas sociales de la izquierda. Frecuentemente, esta incapacidad para transformar la realidad en función de los valores de la izquierda se asume, no con amarga resignación fruto del realismo, sino como en el cuento de la zorra y las uvas: pensando que las uvas (es decir, los objetivos derivables de los valores izquierdistas) “están verdes”, que son indeseables y que por tanto mejor buscar otro alimento, es decir, otros valores. Valores que, naturalmente, son los que lleva defendiendo toda la vida la derecha liberal: la insolidaridad teñida de “responsabilidad individual”, el diseño social fundado en el egoísmo y la codicia transformado en un marco adecuado para la meritocracia, el pliegue de la democracia a las exigencias de los capitalistas disfrazado de “devolución de responsabilidades del Estado a la sociedad civil”. Eso en el peor de los casos. En el mejor, simplemente, se calla y se asume como dada una realidad que no se pretende cambiar porque se da por seguro que no se puede cambiar. Normalmente, los que asumen esta última posición son, claro, los más realistas, y saben bien de los motivos de su resignación. Saben que, salvo raras excepciones, ya no existen esas potentes clases obreras, prestas siempre a la huelga y la movilización, que la socialdemocracia podía utilizar para amenazar a la derecha a la hora de negociar nuevas conquistas sociales y mantener las ya obtenidas. Clases obreras que, a su vez, constituían el freno necesario a los inevitables ímpetus derechizantes que surgían periódicamente en las cúpulas socialdemócratas (y aún en las comunistas, en los tiempos más relajados de la Guerra Fría) como consecuencia de su cercanía al poder. Saben, en suma, que la base social del socialismo clásico no es que ya no exista, pero desde luego se ha transformado, disgregado y ha perdido buena parte de su poder de presión. Y viceversa: la globalización neoliberal, que ha abaratado enormemente los costes de trasladar capitales de un país a otro, ha amplificado enormemente el poder de los capitalistas, que ante un grado notable de presión social siempre pueden decir al Estado, a la socialdemocracia y a la clase obrera: “si me molestan demasiado, me voy a un país donde los salarios son el triple de bajos”. El diagnóstico, desde luego, es impecable. Lo que se olvida, no obstante, es la posibilidad de explorar alternativas que inviertan la realidad diagnosticada. Al fin y al cabo, la debilidad de la clase obrera, y en general de las clases populares, también era un rasgo propio del primer capitalismo que conoció el mundo, el capitalismo globalizado del siglo XIX, tan similar en tantos aspectos al de hoy. Y la vía para fortalecer a esa clase obrera fue, a parte de la lucha sindical, la propia lucha política de la socialdemocracia: cuanto más se conseguía en materia de prestaciones sociales, tanta más fortaleza tenia la clase obrera para negociar con la patronal sin miedo a morirse de hambre. Y cuanto más se regulaba el mundo económico, merced también a las luchas socialdemócratas y sindicales, tanto más débil se encontraba el capitalista para imponer sus decisiones arbitrariamente a sus obreros. Así pues, el reto no es el de como sobrevivir y seguir ganando elecciones en un mundo adverso. En eso, las izquierdas mal que bien ya han aprendido a desenvolverse. El reto, el verdadero reto actual, es el de como actuar, desde el poder político ganado electoralmente, para fortalecer a aquellas fuerzas sociales que de manera natural se hallan interesadas en la realización de los ideales igualitarios propios de la izquierda. Y, también, como debilitar a aquellos que de manera natural se hallan interesados en su fracaso. Desde luego, no hay una solución mágica a estos problemas, pero si que hay un par de cosas que es sorprendente que los partidos de izquierdas no tengan en su agenda desde hace tiempo. Una, la Renta Básica. Dos, el trabajo de cara a la regulación internacional de los mercados, especialmente de los mercados financieros. Por un lado, dotar de una Renta Básica a cualquier ciudadano por el solo hecho de serlo confiere, automáticamente, una fortaleza enorme a los trabajadores de cara a negociar con el capitalista, sin ni siquiera tener que pasar por el sindicato. Por otro, establecer tratados internacionales para (por ejemplo) dificultar las deslocalizaciones industriales dentro de la UE no debe ser ninguna idea descabellada, al menos no para un gobernante de izquierdas. Al fin y al cabo, existen tratados internacionales que regulan desde el mercado de las armas hasta el de los diamantes, y que a pesar de ser ignorados por muchos gobiernos son observados por muchos otros que, aisladamente, nunca hubiesen metido mano en esos sectores. Lo que el Estado nacional no puede hacer por si solo (controlar a la gran empresa privada para que esta no pueda sobrepasarle en poder político) lo tienen que empezar hacer grandes ligas de Estados como es la misma Unión Europea. No se trata de querer controlar por querer controlar, sino de conseguir que no sea tan fácil para una empresa privada chantajear a un Estado para que se doblegue a sus exigencias. Y es perfectamente posible hacerlo sin necesidad de conquistar el Palacio de Invierno. Quizá lo mejor en estos casos sería fijarse en como recuperó la hegemonía la derecha occidental después de décadas de aceptar, en buena medida, los valores y conquistas sociales de la izquierda. Simplificando mucho, podemos relatar la historia de la “revolución conservadora” del siguiente modo: un núcleo duro de intelectuales de derecha (Hayek, Friedman...) denunció el abandono, por parte de la derecha, de sus valores tradicionales, y reclamó una vuelta a los mismos. Desde esos valores, y en un ambiente ideológicamente adverso, estos intelectuales elaboraron muy diversas propuestas de reformas sociales conservadoras; unas (como la demanda de un gasto estatal austero) muy rompedoras para la época pero perfectamente exportables al mercado electoral, y otras (como la completa eliminación del salario mínimo o la privatización de las calles) con un simple valor de horizonte guía pero irrealizable aún a medio medio-largo plazo. Todas ellas con un mismo objetivo: debilitar, y aún destruir, la fortaleza de las bases sociales del igualitarismo (muy señaladamente, la de los sindicatos) y devolver el poder perdido a las clases dirigentes. Armados con estas ideas y con unos valores conservadores clásicos pero clarificados y apuntalados argumentalmente, esta derecha intelectual logró atraer la atención de políticos como Ronald Reagan o Maragaret Thatcher, que emplearon estas ideas a la hora de elaborar su agenda política, destinada a resolver una crisis que, como todas las crisis, abría la veda para que la ciudadanía autorizase y aún demandase cambios en el status quo. Y estos cambios produjeron lo esperado: la derrota de las clases populares y la recuperación, por parte de los capitalistas, de buena parte de su poder perdido. La Renta Básica y la lucha por una mayor y mejor regulación internacional de los mercados son medidas que precisamente tendrían por objeto y virtud invertir esta situación y conseguir, a la inversa, lo que consiguió la derecha en los años 80. Desde luego, esto solo seria el principio. Aún con una Renta Básica en una mano y un tratado sobre las deslocalizaciones por otro, la debilidad de las clases populares y la fortaleza de las clases dirigentes va a seguir ahí y va a segur suponiendo un obstáculo para las grandes reformas sociales y económicas que la izquierda debe emprender periódicamente si quiere asegurar la realización de sus valores. Pero por algo se empieza. Y lo mejor es empezar por el principio. Como hizo la derecha en los años 80, ni más ni menos. Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
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| Escrito por Lluís Pérez | |
| domingo, 26 de agosto de 2007 | |
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La izquierda europea, con la posible excepción de la escandinava, aparece hoy en gran medida dividida entre dos sectores. Uno, que ha tomado la iniciativa en buena parte de la socialdemocracia (con la posible excepción, de nuevo, escandinava), parece seguir la estrategia básica del “ir tirando”. Los valores clásicos de la izquierda, los grandes proyectos sociales, las grandes reformas, se dejan atrás para adoptar una especie de catálogo de pequeñas realizaciones que contribuyan a hacer un poquito más pasable la vida del pueblo llano. Pienso, por ejemplo, en el gobierno de Zapatero y su propuesta de pagar 2.500 euros anuales por niño a cada familia, o en las ayudas que aquí y allá se conceden a las personas en estado de dependencia por parte de partidos como el mismo PSOE o como ERC. Reformas que sin duda ayudan a los que menos tienen, pero que andan muy lejos de conferirles, a ellos y al resto de los que viven por sus manos, una verdadera base material estable para llevar adelante una existencia social autónoma. El otro sector de la izquierda se encuentra en un estado parecido al de la socialdemocracia europea de antes de la Gran Guerra: una interminable verborrea revolucionaria, “altermundista”, por un lado, y una práctica política reformista (tan profundamente reformista y legalista como la anteriormente descrita; si acaso un poco más atrevida), por otro. Pienso en este caso en Iniciativa per Catalunya Verds o en Izquierda Unida, tan dados al portoalegrismo y no obstante tan indiferenciables en muchos casos del PSOE o ERC, como no sea en cuestiones de política fiscal o en asuntos sin duda importantes moralmente pero de contenido puramente simbólico (por ejemplo, la Ley de la Memoria Histórica). 





