| El (incierto) gobierno de los filósofos |
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Enric Casanova se pregunta hoy, con cierto aire compungido, por qué estamos todos gobernados por una pila de imbéciles. En fin, nada que no dijera Platón en su momento, tras ver el torpe funcionamiento de la democracia en Atenas. Enric, como muchos otros antes, se lamenta que no tengamos mandando a los más competentes, a los tecnócratas; el gobierno de los filosofos que pedían los antiguos y que parece no acabar de llegar nunca.
Como todos los problemas con más de 2.000 años de antigüedad, es bastante probable que esa solución que no llega nunca es de hecho rematadamente difícil. Y la verdad, si miramos las cosas un poco de cerca y sin ser demasiado fantasiosos, veremos que de hecho no es que el problema sea irresoluble, es la pregunta la que está mal formulada. Empezaremos por España. Enric, como tantos otros, se suma a las voces que claman que los políticos y la democracia española son patéticamente malos comparados con cualquier vecino. La verdad, esta idea forma parte de un absurdo complejo de inferioridad que debe ser desterrado. La democracia española es, a casi todos los efectos, un régimen político absolutamente normal, perfectamente comparable a cualquier otro país occidental. En algunos puntos es de hecho remarcablemente innovadora, en cosas como derechos civiles, organización territorial o sistema de atribución competencial. Es un diseño bastante bueno, que funciona con relativamente pocos problemas, y que ha disfrutado hasta ahora de una clase política de una calidad sorprendentemente alta. No es perfecto, ni de lejos, pero tiene mucho de bueno, y muy poco que envidiar a nuestros vecinos. Pasando a un tema más general, el gobierno de los mejores es un problema más difícil de resolver de lo que parece. Supongo que no se le escapa a nadie que la definición de "mejor" en lo que respecta a gobernantes es poco menos que un imposible. Ser el mejor presidente o ministro no es sólo una cuestión de competencia técnica o ser el que más sabe del ramo (ya os digo, yo sería un ministro de fomento excelente), también implica tener capacidad de tomar decisiones complicadas. Y no es sólo en cuestiones de "problema matemático lioso" o "puente muy largo a construir", es en cuestiones de tener información incierta, dar respuesta a problemas confusos, y por encima de todo, decidir quién gana, y quién pierde. Y aquí si que no hay técnico o filósofo que valga. En política, en gobierno se decide cómo se recaudan y reasignan recursos. En el fondo esta es una decisión moral, no técnica; si nos atenemos a lo visto hasta ahora, el acuerdo sobre qué camino tomar es mejor de forma objetiva es un debate más que complicado. Tras mucho probar, hemos llegado a la conclusión que la forma menos mala de decidir estas cosas es votando, por mucho que sea un instrumento bastante torpe para dar puntos de vista. Dentro de las votaciones, la forma más razonable ha sido pasar a la democracia representativa, y dejar que dos o más grupos de gobernantes profesionales (esa "clase política" que tanto se desprecia) se partan los cuernos para ofrecer el mejor plan posible. Y si eso trae electoralismo, y hacer lo imposible por mandar, sea bienvenido. Los políticos trabajan para el electorado, lo mínimo que podemos pedirles es que hagan lo imposible por satisfacerlos. El votante ya sabrá (esperamos) cuándo el peloteo es falso o verdadero; si el gobernante les engaña, es su culpa. Y por supuesto queremos que los votantes desprecien a los políticos; una democracia no funciona como debe sin que los políticos vivan muertos de miedo y pavor ante la ira de los ciudadanos y la pérdida de poltrona resultante. El mejor garante que no hagan grandes tonterias es que sepan a ciencia cierta que si hacen el mandril, se van a la calle. La pregunta relevante, por tanto, no es tanto qué debemos hacer para que gobiernen los mejores. La pregunta que de verdad nos debe preocupar es cómo nos aseguramos que aquel gobernante que haga el imbécil (o sea un imbécil; siempre se cuela alguno) pierda el puesto de inmediato. Los dirigentes mejores ya vendrán, a base de meter el miedo en el cuerpo en los partidos y en filtrar a los inútiles en las urnas. Una última nota: al votar de este modo escogemos esencialmente en base a criterios ideológicos, es decir, a base de juicios morales. La competencia técnica, tras también muchos años de prueba y error, la dejamos a los profesionales, es decir a la burocracia del estado, a la función pública; ellos son los expertos. Eso, claro está, también trae sus problemas, pero vamos, no hay nada perfecto. Ni Suecia, oiga.
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| Escrito por Roger Senserrich | |
| miércoles, 29 de agosto de 2007 | |
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Enric Casanova 







