| Europa no es Estados Unidos |
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Este artículo podría ser muy extenso, pero pretendo que no lo sea. Es conocida la animadversión que muchos tienen hacia Estados Unidos tanto en España como en el resto de Europa, sin embargo creo que se exagera cuando se dice que esta animadversión es mayoritaria. Lo que sí existe, que es un desconocimiento mutuo y una cierta incomprensión de las razones de unos y otros, deriva muchas veces en lo que yo creo que es un análisis bastante erróneo de lo que puede sernos útil, a los europeos, para mejorar cualitativa y cuantitativamente nuestra posición en el mundo. Creo que el error principal es sostener estas posibles reformas de mejora en simplistas comparaciones con Estados Unidos, que en el fondo, lo que dejan entrever es un profundo desconocimiento de la historia norteamericana y una lógica de aversión bastante catastrófica e irracional.
Lo cierto es que el nacimiento de Estados Unidos como República fue absolutamente revolucionario, y solo algunas características tradicionales de este país, más actuales, como puede ser su política internacional, tienen origen en sucesos históricos muy posteriores. Hay que recordar que Estados Unidos empezó siendo una Confederación, y posteriormente se convirtió en República federal por lo tanto su historia es una historia de agregación progresiva en torno a unos valores que forjaron una identidad, de una nación inventada, nacida de la nada, y quizás ahí radica su originalidad en la historia de la humanidad; hubo que crear todo desde el principio. Una nación sin clase nobiliaria, ni familia real, ni tradiciones ni dinastías clasistas, se fundó sin deudas del pasado, con las cuentas limpias y la mirada puesta en el horizonte. No hace falta explicar lo irracional de la postura por la cual todo lo que pueda provenir de Estados Unidos no sirve para nadie, dado que es un dogmatismo insostenible, sin embargo como alternativa a esto se suele contraponer una posición no mucho más comprensible, por la cual la política idónea es, a día de hoy, hacer un seguidismo conformista de la política internacional que la administración norteamericana de turno tenga a bien ejercer. La idea axial para sostener ideológicamente esta posición es que si Estados Unidos es, en esencia, un buen modelo de país por los valores que defiende y por su historia, todo lo que defienda a nivel internacional nos conviene y además nos conviene defenderlo como si fuera una posición propia. Si esta es la respuesta a la solución para Europa entonces no es la respuesta a la misma pregunta, o realmente no interesa la pregunta, porque la cuestión no es si Estados Unidos puede ser un buen modelo para algunas cosas, sino para qué queremos aplicar esas soluciones, y ahí se dividen dos bloques genéricos más o menos distinguibles; los que realmente les importa Europa y los que no. Si uno realmente no tiene conciencia de nuestra propia Unión, es fácil que su reconocimiento por los logros de Estados Unidos sólo deriven en un seguidismo conformista, dado que esa será la actitud de quien no cree que sea algo por si mismo sino es un mero reflejo en el espejo de otra cosa. Si uno realmente cree en nuestra propia Unión, dará esa respuesta entorno a una pregunta que trata sobre nosotros, y además, añado, se comportaría acorde precisamente a una serie de reglas fundamentales que sustentan la fuerza de Estados Unidos en el mundo; entre otras cosas creer en ellos mismos, defender sus propios intereses y, salgan las cosas bien o mal, seguir creyendo en ellos mismos, condición previa indispensable para salir de cualquier situación complicada y levantar cabeza. Paradójicamente, muchos pro-norteamericanos europeos serían tachados de anti-americanos en Estados Unidos si ejercieran allí la misma postura que ejercen aquí pero a la inversa. Esa acusación me parece excesivamente agresiva y fundamentalista, yo desde luego nunca acusaría de ser anti-patriota a alguien por algo así, pero sin duda sí se le puede tomar la medida a alguien de su compromiso por nuestro país o nuestra Unión Europea según se posicione, y lo cierto, es que muchos pro-norteamericanos españoles ejercen, en esencia, algo que es absolutamente contrario a lo que cualquier buen patriota norteamericano haría en su propio país, lo cual efectivamente es una contradicción curiosa, y demuestra una incomprensión total acerca de lo que realmente garantiza la fuerza y convicción de Estados Unidos en el mundo; defienden con fuerza sus propios valores, sus intereses y se hacen respetar. Por lo tanto, poner a ese tipo de personas a intentar reformar la instituciones europeas, redactar una nueva Constitución para la Unión, o redactar los nuevos Tratados, es como poner a un pirómano de bombero; no puedes poner a arreglar algo a alguien que no solo no cree en ello, sino que además lo vendería por cinco duros en cuanto tuviera la oportunidad. Eso jamás lo harían los norteamericanos, porque es una estupidez, y desde luego nosotros tampoco deberíamos hacer lo mismo. Si los pro-norteamericanos europeos y españoles fueran tan pro-europeos como son los norteamericanos con su propio país, sin duda la Unión Europea iría al doble de velocidad, y con mejoras sustanciales en su poder político a nivel mundial, así como su funcionamiento interno, más basado en políticas comunes que en equilibrios internos de poder egoístas y corto-placistas, sin embargo, esa falta de conciencia común, basada en teorías como que los europeos tenemos muy poco que ver entre nosotros (ya me dirán ustedes que tenían que ver los colonos europeos, de toda raza, lengua y condición, que llegaron al nuevo continente después de atravesar el Océano Atlántico), nos debilita en el mundo, de una manera estructural, independientemente de los contenidos concretos de nuestras políticas, e impide las reformas internas necesarias para tener una Unión más ágil, democrática y visiblemente útil de cara a los ciudadanos. Los europeos siempre tenemos en la boca la palabra “crisis”, pero luego no somos capaces de poner soluciones encima de la mesa porque muchos no creen en el proyecto, pero no porque ahora vaya mejor o peor, no, no es un problema circunstancial o práctico, es un problema ideológico y de convicciones; no creerían en él aunque fuera bien, y lo cierto, es que suele ser responsabilidad de este tipo de personas que el proyecto de la Unión no vaya bien, porque los más euroescépticos son los que no quieren entregar suficiente poder a la Unión, los más pro-Estatistas, anti-federales, que creen más en los Estados que en la Unión. Es evidente que si no crees en algo ni siquiera te vas a molestar en arreglarlo, pero luego deberías perder el derecho a quejarte, aunque solo fuera por decencia intelectual. Si seguimos teniendo una Unión pequeña, débil, inestable y en constante debate interno, lenta y mal vista por un gran porcentaje de ciudadanos, que la ven poco democrática, no conseguiremos salir del atolladero histórico, y no conseguiremos el músculo necesario para salir de la frustración constante de ver como otros marcan las reglas del juego, de que nuestra voz no sea escuchada en el mundo y de que incluso, sean otros los que tengan que venir a arreglar nuestros problemas a las puertas de nuestra casa, como pasó en Yugoslavia en el 93. Esto nos afecta en todo, reparto de dividendos, cuotas de poder e influencia, negociaciones multi-laterales, etcétera, etcétera, etcétera. Todo lo que ustedes se puedan imaginar con respecto a lo que puede influir el poder político de uno, afecta. Europa no es Estados Unidos, sin embargo en la historia de Norteamérica están insertas algunas de las claves por las cuales un pueblo sale adelante, y partiendo de cero, es única y exclusivamente creyendo en si mismo, y no tirando piedras encima de su propio tejado, que es en lo que siempre cae Europa. Algunos a los socialistas se nos suelen acercar con cosas del tipo “pues que sepas que Europa debería aprender algunas cosas de los Estados Unidos”. Yo suelo responder “ojalá”.
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| Escrito por Miguel Núñez Ríos | |
| jueves, 30 de agosto de 2007 | |
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Este artículo podría ser muy extenso, pero pretendo que no lo sea. Es conocida la animadversión que muchos tienen hacia Estados Unidos tanto en España como en el resto de Europa, sin embargo creo que se exagera cuando se dice que esta animadversión es mayoritaria. Lo que sí existe, que es un desconocimiento mutuo y una cierta incomprensión de las razones de unos y otros, deriva muchas veces en lo que yo creo que es un análisis bastante erróneo de lo que puede sernos útil, a los europeos, para mejorar cualitativa y cuantitativamente nuestra posición en el mundo. Creo que el error principal es sostener estas posibles reformas de mejora en simplistas comparaciones con Estados Unidos, que en el fondo, lo que dejan entrever es un profundo desconocimiento de la historia norteamericana y una lógica de aversión bastante catastrófica e irracional.








