| La verdadera sociedad abierta y todos sus enemigos |
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La obra de Popper centró su artillería en los autores que él consideraba como precusores de los ideales de las sociedades cerradas: Platón y Marx. La verdad es que, en tanto que historia de las ideas, La sociedad abierta y sus enemigos es un verdadero desastre. El Platón de Popper está tan sumamente simplificado y deformado que, ciertamente, solo le falta ir marcando el paso de la oca. En cuanto a Marx, Popper construye un hombre de paja comodamente preparado para ser golpeado, y olvida la enorme cantidad de pasajes de la obra de Marx donde este critica la censura estatal, aboga por la democracia y considera “canallas” a los que pretenden construirse una ciencia privada que sirva a sus intereses. Pero más allá de ello, la obra de Popper nos pone en la pista de un problema de indudable importancia: qué diseño institucional es el más adecuado para garantizar la libertad individual y, particularmente, las libertades que van asociadas al uso de la razón teórica, por así decirlo: libertad de pensamiento, de confesión, de expresión, de imprenta... Popper entiende que estas libertades son inasumibles en una sociedad donde el Estado goce de un poder absoluto y, así, defiende dos instituciones básicas para prevenir el auge del totalitarismo: la ingeniería social gradual y la democracia de selección de élites. Por la primera, Popper entendía un tipo de intervención social (estatal, para ser más precisos) que no pretendía abarcar una reforma total y prediseñada de la sociedad, sinó más bien actuar localmente sobre problemas concretos, con un cierto espíritu de humildad y sujeto al método que Popper consideraba como propio de la Ciencia: el del ensayo-error. De esta manera, se evitaba conferirle a una autoridad central el enorme poder que necesitaría, según Popper, para emprender la reforma global de la sociedad. En cuanto a la democracia, Popper pensaba que su valor no estribaba tanto en el hecho de conferir el poder al pueblo sino, sobretodo, en que dotaba a la sociedad de un método para cambiar de gobierno sin derramamiento de sangre y, por tanto, de controlar sus excesos sin a su vez conferir suficiente fuerza a una facción política para cometer los suyos propios. En Popper, la democracia no se entiende como una forma de extender la gestión del poder público a toda la ciudadanía sino, sobretodo, como una manera de controlar el poder de unas élites que, por lo demás, Popper da por supuesto que deben existir. Sobre todas estas cosas hay, desde luego, mucha tela que cortar, pero aquí me gustaría hacer mención de una en particular: como es habitual en los liberales, Popper solamente considera las amenazas de la libertad que pueden provenir de los poderes públicos, del imperium. No obstante, olvida por completo las que pueden provenir de los poderes privados, del dominium. Cabe preguntarse qué sociedad abierta puede instituirse en (por poner un ejemplo muy querido por el liberalismo) Estados Unidos, donde un 1% de la población controla más de la mitad de la riqueza nacional. Cuando la propiedad está tan desigualmente distribuida en una comunidad política, de manera natural sucede que muchos de sus miembros entran en relaciones de dependencia socioeconómica con los que se encuentran en los niveles más altos de la pirámide social. Solo pueden vivir con su permiso, y por lo mismo carecen de libertad para obrar con criterio propio: solo pueden obrar con el criterio de aquellos a quienes deben su misma existencia social. Y lo que vale para sus acciones, vale también para sus palabras: todos sabemos lo que significa en muchas empresas el exponer críticas a situaciones percibidas como injustas. Se arriesga uno a quedarse, directamente, sin aquello que le da de comer a él y, en muchos casos, a sus propios hijos. La empresa capitalista actual dista mucho de ser un ejemplo de sociedad abierta: se dan dentro de ella relaciones de poder despóticas, muy alejadas de la ilusión liberal de una red de contratos libremente adquiridos, donde el precio pagado por el obrero para ejercer su libertad de expresión puede ser perder sus medios de existencia. Y lo que vale para los individuos, vale también para los gobiernos. Ya puede tener el pueblo la capacidad de quitar y poner mediante el voto a sus dirigentes (si es a eso a lo que se debe reducir la democracia, que no está nada claro), que mientras la riqueza del país que estos dirigen dependa de modo casi absoluto de las decisiones tomadas en unos cuantos consejos de administración empresarial, la realidad será que quienes dirigen realmente el país no estarán sometidos a control democrático y, por tanto, dispondrán de un poder arbitrario que podrán emplear para hacer su voluntad más allá de la crítica de aquellos que se verán afectados por sus decisiones. Crítica que, por lo demás, tenderá a no darse en unos individuos que tienen demasiado que perder si molestan a aquellos de quien depende su propia existencia. No pretendo con esto decir que las sociedades democráticas de nuestro mundo globalizado son igual de cerradas que las de los totalitarismos que asolaron el siglo XX. De un modo que todos podemos comprobar en nuestra vida diaria, existe mucho más margen para la libertad de crítica en la Europa Occidental que el que existía en la antigua Europa comunista o que el que existe hoy día en China, Cuba o Arabia Saudí. Pero que esto sea así no desmiente lo expuesto en las lineas anteriores: que si el Estado puede ser una amenaza para la libertad, el poder privado ejercido por los capitalistas no se queda atrás. Y que solo hay una manera de cortar de raíz la amenaza que para la libertad suponen las distribuciones extremadamente desiguales de la propiedad: socializar, en el grado en que se estime necesario, la propiedad. Solo en una sociedad donde los individuos están a buen resguardo tanto del imperium como del dominium se hace posible la libertad. Solo en una sociedad razonablemente igualitaria y democrática se podrá hablar, cabalmente, de sociedad abierta. Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
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| Escrito por Lluís Pérez | |
| domingo, 09 de septiembre de 2007 | |
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Karl Popper publicó, casi al final de la Segunda Guerra Mundial, un libro que con el paso del tiempo se convertiría en un símbolo de la lucha contra los totalitarismos soviético y nazi, especialmente para la derecha liberal: La sociedad abierta y sus enemigos. Popper desarrollaba, en esta obra, el concepto de “sociedad abierta”, entiendo por esta a toda sociedad que tolera la crítica política y social, la libre circulación de ideas y los cambios y reformas inspirados en ideas que han conseguido superar, provisionalmente, el juicio de la crítica. Popper contraponía este tipo ideal de sociedad a lo que el denominaba “la sociedad cerrada”, donde la libertad no es entendida como un valor sino como una amenaza y donde una serie de dogmas inmutables constreñían el desarrollo de la sociedad, prohibiéndose y persiguiéndose toda crítica de los mismos.





