| ¿Rehabilita la prisión a los delincuentes sexuales? |
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No nos engañemos. Ningún preso, bajo una presión institucional, opta libremente a una rehabilitación. La propuesta del sistema penitenciario dada la situación de poder sobre el sujeto penado en la que se establece una relación desigual con el reo, se acepta bajo estos condicionantes. Así pues términos como voluntariedad, interiorización, convencimiento en esas circunstancias hacen de la rehabilitación una falacia.
El arrepentimiento del sujeto penado viene motivado por el miedo, por el castigo institucional y sobre todo y ante todo, por salir cuando antes del cautiverio. No se excluyen otros motivos, pero en el fondo lo importante es parecer que se está arrepentido más que no estarlo puesto que es difícil demostrar lo segundo con lo primero basta. Si consideramos al sujeto preso tan humano como al no preso, es evidente y lícita el ansia, la actitud y el objetivo central de cualquier persona privada de la libertad, a saber: el acceso cuando antes a ella.
La gran mentida en que se fundamentan los sistemas penales contemporáneos, es el objetivizar la persona presa, entenderlo como un producto material al cual se le cambiará, se le rehabilitará. La voluntad de la persona presa no entra en ninguna circunstancia y los objetos a reinsertarse quizá nunca han estado insertados, con lo cual es difícil y paradójico cualquier intento rehabilitador y reinsertador
En el caso de los delincuentes sexuales la vía punitiva que se ha seguido hasta ahora ha funcionado en determinados tipos de perfiles de presos condenados por estos delitos. Es mas, por las estadísticas no suelen, normalmente, reincidir. Aunque hay que decir que no por ello se hayan rehabilitado. Posiblemente dejan de cometer delitos sexuales: o bien varían el tipo y modo, o bien lo compensan con otras prácticas, en definitiva no son vueltos a juzgar, salvo como he dicho anteriormente contadas excepciones. A pesar de la insistencia de poner en un mismo saco en los grupos de terapias y tratamientos perfiles tan dispares como, un pedastra, un violador multireincidente, o un sujeto acusado y condenado por una violación en una relación que supuestamente era consentida en un determinado contexto social es ya de por sí un error.
Normalmente estos grupos de terapias están dirigidos por psicólogos funcionarios penitenciarios los cuales jamás en su vida han recibido formación específica sobre el tema antes de entrar a trabajar en ella. La formación suele correr a cargo de la institución o personajes afines a ella. Siguen unos manuales, algunos antidiluvianos, desterrados en media Europa, basados en escuelas como el conductismo, desechadas hace varios decenios en otros campos de la psicología.
Antes de lanzar preguntas y cuestiones sobre la castración química o que hacer con estos sujetos, quizás si los tratamientos penitenciarios tuvieran cierto rigor científico, se apoyaran en los saberes de la medicina, la psiquiatría y otras disciplinas, no solo de la psicología conductista como ocurren en la actualidad el resultado de estos tratamientos sería más satisfactorio.
No pueden juntarse en un mismo grupo de terapia un psicópata, un sociópata, un sicótico, un bipolar, un esquizofrénico, sólo por que han cometido un mismo delito tipificado por el Código Penal. Esto sucede no tan solo en los grupos de terapia sobre delitos sexuales, sucede en casi todos los demás programas de tratamiento penitenciario.
El Departamento de Justicia debe mirar hacia la ciencia, hacia la investigación. Necesitan un ejercicio de autocrítica no sobre los escasos resultados de sus tratamientos, que quizás no lo sean, sino sobre sus tratamientos en sí, lo escrito en el papel, esos manuales a los que se adhieren como si de un texto sagrado se trataran. La psiquiatría, la psicología, la sociología ha ido avanzando. No estamos en los años cincuenta y el conductismo sólo se aplica en el sistema penitenciario y poco más, los últimos avances en neuropsiquiatría y ciencias de la conducta posibilita una cambio en la conceptualización de la delincuencia sexual. Los grupos de sabios deben estar formados por médicos, psiquiatras, psicólogos, sociólogos, trabajadores sociales, pero no como sucede en los equipos de tratamiento penitenciario casi exclusivamente por juristas y psicólogos.
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| Escrito por David Fornons | |
| lunes, 17 de septiembre de 2007 | |
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No, claro, la prisión habilita. Y ciertamente a lo que habilita es a seguir el juego propuesto por la institución. Utilizando la terminología de Goffman, la prisión habilita al sujeto delincuente a construir una máscara que certifique la rehabilitación.






