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En el turbulento devenir de nuestra mundo mal repartido, injusto, y lleno de incongruencias, donde los seres humanos, padecen desigualdades, guerras, hambre e ignorancia, puede parecer superficial que dediquemos nuestro tiempo y energía a defender el proyecto “gran simio”, y a aprobar en el parlamento leyes que doten de unos elementales derechos a los primates superiores, y si no estuviera hablando de nuestros primos, puede que yo tampoco despilfarrara este espacio y este tiempo en el tema, pero habiendo contemplado largamente a estas criaturas desde el otro lado de su cautiverio, habiéndome conmovido con su pena, y agobiado con sus pasiones desde el ojo caprichoso de mi televisor, y después de haberlas mirado serenamente a sus tristes ojos prisioneros en las antiguas jaulas del Parque Jenovés de Cádiz -en otro tiempo-, no puedo dejar de detenerme en ellas, y en su prodigioso parecido con nosotros.
He visto a los monos despiojándose como hacía la gente en la España de la primera mitad del siglo veinte, los he visto enganchados al tabaco, los he llegado a ver acariciarse amorosamente, y los he visto hacerse el amor como sólo los humanos se permiten: de frente. En una ocasión y gracias a los magníficos reportajes de la segunda cadena, logré ver, eso si entre lagrimas, a una hembra de chimpancé llevando durante tres días el cadáver de su hijo, a cuestas, negándose a darlo por muerto e intentando, como lo intentaría una mujer, revivirlo. El parecido de estas criaturas con el ser humano es innegable para cualquiera que se atreva a mirarlos. Como nosotros se agrupan en sociedades “machistas” jerárquicamente organizadas, y a excepción de los bonobos que viven en un matriarcado colectivo resolviendo sus conflictos a través del sexo, el resto utilizan la violencia como estrategia de poder. Como los humanos hacen la guerra contra sus invasores, practican el parricidio, el infanticidio, y la violación, entre otras crueldades impropia del resto de los animales. Sus gestos son casi iguales que los nuestros, y se trasmiten su cultura de generación en generación, llegando a diferenciarse así entre grupos iguales geográficamente separados. Como los humanos engañan, muestran afectos, aman, mantienen lazos de parentesco, tienen conciencia de su propio yo, son conscientes de la muerte y sufren cuando pierden a sus seres queridos. Podría decirse que solo les falta hablar y aun así se comunican a base de vocalizaciones complejas y gestos claros que según un experimento de la investigadora Sarah Boysen es una forma primitiva de lenguaje hablado. Pero ninguna de estas coincidencias deben extrañarnos si tenemos en cuenta el parecido genético que existe entre ellos y nosotros, que compartimos el 95% del material con los gibones , el 97,7% con los gorilas y el 88.4% con bonobos y chimpancés, es decir que nuestro ADN solo se diferencia un 1.6% del suyo. Y en base a todas estas consideraciones nace en 1993, el proyecto Gran Simio, al que ya se han sumado una veintena de países, que lucha porque a nuestros parientes les sean reconocidos tres derechos fundamentales: El derecho a la vida, el derecho a vivir en libertad, en su hábitat, y el derecho a que no se experimente con ellos ni sean sometidos a maltrato. Ahora le toca al Congreso español discutir una Proposición no de ley presentada en las Cortes el pasado 5 de septiembre, por el diputado de los verdes Francisco Garrido, perteneciente al Grupo parlamentario socialista, instando al Gobierno a declarar su adhesión al Proyecto Gran simio, según las recomendaciones de la ONU, para proteger a unas criaturas que muchos científicos, con la etóloga Jane Goodall a la cabeza, ya consideran coparticipes nuestros dentro de la especie homo. Una indispensable medida de protección para su amenazada supervivencia, para lo cual según fuentes de Los Verdes cuentan con el respaldo de la propia Ministra Cristina Narbona. Pero como siempre todavía hay quien prefiere que haya libertad para cortarles las manos –como souvenir- a los gorilas, pudiendo lucirlas sobre la mesa del despacho, como hasta ahora se viene haciendo. ¡Ya hay que tener valor después de mirarlos a los ojos!. Son los que se oponen a reconocer esos derechos básicos a nuestros primos los monos. Aunque a estas alturas ya nadie se extraña porque como Cervantes hizo decir al Quijote: con la Iglesia hemos topado amigo Sancho.
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