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lunes, 08 de septiembre de 2008
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La ausencia de lo público: el acta de defunción del espacio turístico Imprimir E-Mail
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ImageUno de los talones de Aquiles más evidentes de la versión liberal del mundo es la geografía. Los espacios gestionados sólo por las leyes del mercado son espacios ahogados por lo que Joan Cals denomina “la tiranía de las pequeñas decisiones”. Este conflicto es aún más evidente en los espacios turísticos: Borren lo público de un destino turístico y préstense a firmar su acta de defunción. Y eso es así por la singular naturaleza de los espacios turísticos.

Los turistas son consumidores de lugares. También de servicios, de productos o de sistemas. Pero por encima de todo, la experiencia turística es la necesidad de establecerse temporalmente en un espacio, que no es el propio. Un espacio (turístico) en el que proyectamos nuestras utopías particulares. Sin espacio no hay turismo. Sin el desplazamiento de los visitantes fuera de su entorno habitual no hay turistas. Es fácil intuir el conflicto: por un lado, el espacio turístico es el factor de atracción, es el criterio que determina la selección del visitante. Por otro lado, el espacio es también el escenario en el que se sitúan los equipamientos necesarios para la práctica turística: alojamiento, restauración, equipamientos de ocio... Y este último tiene tendencia a ahogar el primero. Por eso la historia del turismo está jalonada de espacios fracasados, en los que la tendencia compulsiva al crecimiento ha deteriorado el factor que explicaba la atracción del destino y, como si se tratara de una filoxera, lo acaba matando.

Desde la perspectiva del mercado, la iniciativa individual es la ocupación del suelo y su maximización. Cuantos más alto, mejor. Cuanto más extenso, más ingresos. Desde la perspectiva del destino, la competitividad depende en buena parte de la calidad del paisaje, el tejido urbano y el equilibrio inestable de la estética del lugar. Es cierto que llevado a su extremo, la protección de un espacio niega su capacidad de crecimiento y, además, puede crear una suerte de pesebrismo, una re-construcción temática de un pasado idealizado. Pero el otro lado del péndulo son los muros de hormigón frente a la playa (que en Platja d’Aro tapan los rayos solares de la tarde), el hormigueo de urbanizaciones en la costa fracturada o la pérdida de la trama medieval de algunas ciudades.

Los espacios turísticos tienen otra propiedad. Aunque cada empresa (un hotel, un restaurante) es un producto en sí mismo, el producto efectivo es el destino en su conjunto. El producto es el todo y no la suma de sus partes. Si los modelos de gestión, los sistemas de calidad o los estándares del servicio son muy dispares, el destino cae en una esquizofrenia que puede ser mortal. Es como una Denominación de Origen: Si los productores de la D.O. no consensúan un estándar de calidad, la calidad de la marca la fijará el peor de sus productos. Si un restaurante perpetra una paella, en vez de cocinarla, el daño de la imagen no sólo afecta a ese restaurante, sino al conjunto de la localidad.

El tercer problema de la política liberal del turismo es la opacidad de la oferta. En el turismo, el consumidor potencial no tiene un contacto con el producto previo a la decisión de compra. Por eso, los turistas no compran un lugar, sino la imagen del lugar. No “adquieren” un destino por cómo es sino por cómo se imaginan que es. Cuando un turista llega al destino y comprueba in situ el valor real de los servicios que ha adquirido ya es demasiado tarde. No es fácil resolver esta tensión. Y por eso determinadas administraciones han creado umbrales de calidad, criterios mínimos por debajo de los cuales una empresa no puede operar; igualmente, algunas etiquetas acreditadas pueden ejercer el papel de salvaguarda de un mínimo de calidad que la opacidad del sistema puede negar. Por cierto, el hecho de que son los consumidores quienes se desplazan hasta el objeto del consum y no a la inversa (como sucede con cualquier bien de consumo) genera un último problema. Comúnmente, la geografía del consumo hace invisible la geografía de la producción. Como el consumidor final no tiene información sobre los procesos (ambientales, sociales, económicos) que han creado un producto, no puede ejercer fácilmente una “ética del consumo”. En el turismo, el escenario es otro: ahora la geografía de la producción y la geografía del consumo coinciden. Y los consumidores tienen información (parcial, es cierta) sobre los procesos sociales o ambientales que permiten un producto turístico. Es como si al comprar un jersey de Benetton nos tuviéramos que desplazar no a la tienda del shopping mall más cercano, sino a la maquila de Honduras o de Nicaragua.

Escribo estas líneas desde una localidad de la Costa Brava, triturada por la incapacidad de la gestión turística y atenazada por mil problemas. Sólo espero que de una vez por todas, también en los espacios turísticos, la administración pública ejerza su papel de regulador, planificador y dinamizador. Apenas hay oposición. Los grandes capitales hace tiempo que se han marchado a otras playas en las que perpetran los mismos errores bajo la bandera del mercado.

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Escrito por Jose Antonio Donaire   
miércoles, 29 de marzo de 2006
 
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