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Uno de los peligros más grandes a los que se enfrenta Europa, quizás el mayor, y que también que corre nuestra sociedad no tiene carácter externo. No es el terrorismo, ni la ausencia de recursos naturales, ni la situación económica internacional. Se trata de la indolencia y la autosatisfacción excesiva.
Creo que no digo nada nuevo si señalo que en los últimos años hemos caído en unos hábitos consumistas (y en el caso de nuestros hijos consumistas al cubo) que ponen de manifiesto una gran amenaza para nuestro sistema económico y social. Hemos derivado como sociedad hacia un mundo en el que lo que se prima es la autosatisfacción, la falta de esfuerzo e interés por los logros del trabajo y el estudio, y donde primamos el “Yo” por encima detonas las cosas. Lejos quedan los tiempos en los que el trabajo era considerado una oportunidad de ascenso social, y donde el esfuerzo se veía recompensado (no siempre, pero sí en un porcentaje aceptable de ocasiones). Ya no existen. Se esfumaron entre tanto programa basura, tanta reforma de enseñanza mal llevada tanta dejadez con nuestros hijos, donde muchas veces se confunde sobreprotección con falta de educación. Nos hemos dejado. Convertido en hedonistas incapaces de entender ni el concepto mismo de hedonismo, mal entendiendo la búsqueda del placer, y sacrificando nuestra libertad a cambio de vivencias falsas y engañosas. Nos encontramos en un mundo muy similar al señalado por Pino Aprile en su libro “El elogio del imbécil: el imparable ascenso de la estupidez”, donde un puñado de personas intenta mantener una cordura que el mundo perdió ya hace una década, y donde al final, la realidad, testaruda, nos va a dar en plenos morros. Porque hemos perdido nuestro templo, confundiendo estupidez con grandeza, y dando la razón al que más grita. Porque hemos preparado unas generaciones incapaces de sentir nada que no sea amor por la autocomplacencia, y que, salvo honrosas excepciones que nunca se encuentran donde tú crees, no valoran el esfuerzo para alcanzar una meta. El futuro que nos espera puede ser oscuro por la crisis subprime, la coyuntura internacional y la inseguridad mundial. Pero enfrentar ese negro panorama con una falta total de base, de interés por resolver los problemas de fondo, y comos siempre, ocultando las soluciones dolorosas, sólo puede agravar dicho panorama. Lo sufriremos todos, pero sobre todo lo sufrirán nuestros jóvenes, que serán incapaces de sustituir a las generaciones que ya deben pasar a otras etapas de la vida empresarial, y que, por lo tanto, serán víctimas de la desidia de sus padres. Que nunca les enseñaron otra cosa que lo bonita que es la vida.
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