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Empecemos por partes: Cuando yo nací, hacía tiempo que Paquito se había ido a pescar atunes al Estigia. Cuando los próceres de la nación desarrollaban el futuro texto constitucional yo aprendía a hacer caca en el orinal, y cuando se aprobó la Carta Magna por referéndum a mí me tocaba decidir entre pasarme a los sólidos o seguir con los potitos.
Así que llegada a la edad adulta, el rollo este de la institución monárquica no pasaba de ser algo que uno tenía ahí, en el Título II, y que me la traía al pairo. Y aún hoy en día, cuando mis tendencias derivan ya hacia el republicanismo, la presencia de la campechana familia real no excita en mí ningún sentimiento, ni de odio ni de fanática adoración, porque está tan lejos de mi experiencia vital como la llegada del hombre a la Luna, que por mucho que se lo expliquen a una no tiene la misma magia con la que la vivieron nuestros padres. Supongo que lo mismo que yo, muchos otros miembros de mi generación habrán crecido con el mismo desinterés por la monarquía, flanqueados por los extremos que se encarnan en los que se rinden ante la simbología de la institución y los que la aborrecen. Vamos, que en mi generación también hay monárquicos empedernidos y republicanos atrincherados, pero me imagino que en proporción serán menos. Lo que abundan son los pasotas. Y a estos pasotas de vez en cuando se nos hincha una venilla, porque nuestros mayores insisten en sacar a colación la mitología del ente monárquico, su inseparablilidad del proceso mismo de la Transición y de nuestro sistema democrático, su identificación absoluta con el todo nacional. Quien ataca a la Corona ataca a ESPAÑA, a la Constitución y a los cimientos mismos de la democracia. Para los que hemos vivido (casi) siempre en democracia eso nos parece una soplapollez. Y se nos hincha la venita. Y cuando se nos hincha la venita, tendemos peligrosamente al lado del republicanismo, más aún cuando los defensores de los valores democráticos encarnados en nuestros campechanos reyes se regodean en detener a los que ultrajan el honor de la Monarquía y tildan de radicales a los que protestan contra la presencia de la Corona. Pensábamos que la libertad de expresión era, este sí, un valor intrínseco a la democracia; creíamos que el debate y la disensión eran elementos indispensables en el gobierno del pueblo. Pero no es así: lo único que identifica a la democracia para algunos es el Borbón. Yo soy el pueblo, yo soy el estado. Pero sigan ustedes, sigan. El hecho de que el rey haya tenido que soltar la chapita de su importante papel en la historia española, para salir al paso de los últimos acontecimientos, da qué pensar: igual ya se han dado la cuenta de que la venilla nos lo está haciendo ver todo rojo.
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