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Existe un cierto espíritu crítico hacia la política y los políticos refiriéndose a que esta no da respuesta a los problemas reales de los ciudadanos y los políticos sólo defienden sus intereses y no el bien común. Esto choca con el hecho de que los políticos se enfrentan a las leyes del mercado electoral y un supuesto electorado crítico puede hacerlos caer y poner a otros o incluso promoverse a ser posibles elegibles. Aunque las democracias occidentales parecen estar siempre al borde de la crítica en muchas décadas de democracia eso no se ha dado. ¿Cuál es el mecanismo que hace que un sistema que parece, al menos en apariencia, satisfacer a tan poca gente y que tenga en su interior los mecanismos del cambio este no se produzca?
Alerto al lector que no estoy exponiendo mi visión moral de la política ni cuando indico “debe hacer” a un actor político no lo digo desde la óptica moral o ética sinó en base a lo que más le beneficiaría en su propia estrategia. Esta advertencia es necesaria porque conmunmente es fácil creer que lo que alguien describe es algo con lo que está de acuerdo. Las democracias occidentales están basadas en el sistema de partidos y de confrontación electoral cada cierto tiempo para dilucidar quien ejercerá tal o cual responsabilidad política. Además hay que sumarle la libertad de prensa, la de organización, el estado de derecho, una constitución más o menos pactada, etc... En esta definición no entraría un sistema como el cubano aunque haga referéndums (no existe estado del derecho, ni libertad a organizarse politicamente, ni libertad de prensa), ni tampoco pseudo-democracias como las de las recientes democracias de europa del este. En un país donde un candidato ha de evitar el asesinato por envenenamiento de los rivales políticos, o donde el nivel de clienterismo es tal que se practica la compra sistemática de votos es una parodia de democracia. Aún así, las nuestras suelen dejar que desear. En general si se pregunta a los ciudadanos, no sólo de España o de Catalunya sinó de la inmensa mayoría de democracias occidentales el parlamento y el gobierno suelen sacar muy baja puntuación respecto a otras instituciones, detrás de la iglesia, de la policía, de las fuerzas armadas, etc.. Mientras que a la iglesia, las fuerzas armadas o la policía no la elegimos (tan sólo elegimos a los responsables políticos de las dos últimas), la institución sobre la que más poder directo parece que tenemos, menos satisfacciones nos dá; el ámbito político no es que esté más devaluado ahora que hace 20 años, simplemente siempre ha tenido muy baja nota en las democracias occidentales. ¿Cómo es sostenible un sistema político que deja insatisfecho a grandes rasgos o en apariencia al ciudadano?. Cualquier sociólogo o economista o simplemente analista de la sociedad debería sorprenderse como un sistema que en apariencia genera tanto descontento y que contiene su propia forma de autodestruirse se sostenga a largo plazo. Aclararé esto último de autodestruirse ya que es esencial para la comprensión de cómo el sistema político tiene tendencia a perpetuarse. Cualquier élite debe controlar los mecanismos de poder o al menos de informació o de condicionamiento cultural para poder mantenerse sin demasiados sobresaltos, en cierta manera las élites desearían que no existiera ascensor social, pero estas élites saben que si lo mantienen cerrado, sinó establecen una forma de compartir el poder el sistema es inestable. Necesitan que el sistema beneficie a una mayoría para poder ser viable, porqué en las democracias occidentales el uso de la fuerza de forma directa y constante no es aceptable. Me centraré en las élites políticas y dejaré a un lado otro tipo de élites. Es importante focalizar en lo que le interesa a un gobernante: ser reelegido o pasar a cargos de mayor importancia, en términos colectivos a una organización política que tenga gente en el gobierno le interesa ser reelegida y si es posible con mayor cuota. Le interesa sacar más votos que sus rivales y eso se consigue satisfaciendo a sus votantes y desincentivando a los votantes del rival. Sobre esto Roger Senserrich ya ha escrito, yo me centraré en cómo la estrategia en aparente de “pierde-pierde” es la más sostenible. Según lo que indica las encuestas en general los políticos no son el grupo de poder que más nos satisface, confiamos en ellos menos que en los empresarios (que no tienen ninguna obligación de satisfacer ninguna de nuestras demandas). Parece que el sistema de autoperpetuación de los políticos es malo... ya que no nos satisfacen, en cambio parece que funciona porqué excepto algunas ocasiones contadas (y muchas veces referidas a actuaciones cainitas dentro de los propios partidos) los partidos que han ejercido alguna responsabilidad parlamentaria siguen siendo los que más provablemente detenten el poder. ¿Que es lo que lleva a que el cambio a un sistema distinto raramente ocurra? Una teoría postmoderna-portoalegrista podría indicar que el poder ejerce su mecanismo de manipulación indirecta: televisión pública, anuncios, control de la información, etc.. una coacción simbólica que limita la información que tenemos y nos repite consignas. Si esto fuera muy efectivo no se daría esa desafección con respecto a los políticos. La verdad es que este mecanismo de poder es relativamente menos podersoso que nuestra desafección. Para salir de la paradoja tenemos que abandonar la imagen macro y entrar en la balanza de costes y beneficios. Imaginémonos que los españoles son en un 70% republicanos y un 15% monárquicos y otro 15% ni fu ni fa... Bien, a priori los españoles deberían escoger un partido que les prometiera una reforma constitucional para sustituir el monarca por un Presidente de la república. Eso es lo que indicaría un análisis superficial.. ahora bien, un cambio constitucional tiene para un partido qeu lo inicia un coste que se podría considerar poniendo números arbitrarios como conseguir un -10 en la valoración (y en la provabilidad de voto) de los partidarios de la monarquía, en cambio conseguiría tan sólo un +1 en la valoración (y provabilidad de voto) de los partidarios de la república (ya que la defienden con demasiada laxitud). Además ese partido tendría un coste adicional debido al tener que enfrentarse con una institución que intentaría defenderse y tirar abajo la imagen de ese gobierno, se enfrentaría también a otras monarquías europeas, etc... es decir obtendría un coste político adicional, pongamos que perdería un -50 en sus apoyos indirectos. El beneficio sería de +70 puntos en su posibilidad de obtener votos directos por parte de la mayoría republicana (pero poco activista) y en cambio obtendría un -150 de posibilidades de obtener votos de la minoría hiperactiva republicana. A parte los apoyos indirectos, por ejemplo la prensa promonárquica, los amigos banqueros de la casa real, las relaciones con las embajadas de paises con monarquías constitucionales, etc.. le harían que perdiera 50 puntos en apoyo indirecto que puede traducirse en créditos para presentarse a unas elecciones, o en posibilidades de hacer acciones de gobierno efectivas en el ámbito internacional. Esta última cifra puede considerarse ante cualquier cambio como “coste del cambio” que sufre el partido que lo plantea. Bien, desde la óptica de un partido si los defensores del cambio no son muy beligerantes y determinen su decisión del voto en ese aspecto tan candente para la minoría beligerante el coste será mayor que el beneficio y no lo iniciará. Por otro lado, igualmente los ciudadanos podrían eventualmente iniciar un proceso de presión política para forzar a que los grupos parlamentarios “escuchen la calle” y se sientan presionados al final a presentar la opción de república o monarquía a referendum. Ahora bien, para la mayoría republicana poco activa la importancia en sus objetivos políticos es de +10 puntos (preferiran república a monarquía), pero en cambio el coste de organizar manifestaciones, participar, hacer artículos, charlas, etc... es de -100, es tiempo que podrían dedicarse a otra cosa, energías desperdiciadas, etc... Por tanto si el tema no motiva demasiado los ciudadanos preferirán vivir en esa pequeña contradicción interna de estar en un sistema que no les satisface, pero en cambio no moverse para cambiarlo o bien, seguir votando políticos que no plantean ese cambio que ellos podrían apoyar de forma desentendida. Esto se complica cuando los ciudadanos están más bien en una posición de “perder”. Si realmente hay insatisfacción basada en hechos reales, a largo plazo el coste de esforzarse por un cambio de otro tipo estará justificado. Si cada año la inoperancia de los políticos tiene unas pérdidas sentidas del ciudadano de -20 puntos, y el coste de lanzarse a una lucha política en la calle, mediante la organización de candidaturas populares, etc... tiene un coste de -150 puntos, cabe esperar que al cabo de 8 años ya hubiera sido rentable hacer alguna acción seria que intente reducir la pérdida de operatividad de los políticos en resolver problemas serios de los ciudadanos, y por tanto es casi seguro que antes de pasar los 8 años ya se estaría haciendo el pulso a los políticos o el gobierno. Algo así ha pasado en ciertas agitaciones populares, por ejemplo en España, motivadas por una acumulación de temas y que estalló con la guerra de Irak y las mentiras del gobierno de Aznar con respecto a la autoría del 14M, que llevó a mucha gente a salir a la calle o a votar. Para evitar la pérdida de más de 160 puntos es preferible hacer un esfuerzo que valoramos como de 150 puntos. Por poner otro ejemplo, el tema de la pobreza del tercer mundo la podemos estar valorando en -20 puntos en una escala arbitraria de valoración... Si erradicamos la pobreza del mundo por un coste que para nosotros sea menor que esos 20 puntos seremos más felices, en cambio si nos exigen un coste superior no lo aceptaremos. De ahí que mucha gente pida que los gobiernos den el 0,7% de sus presupuestos (con la perspectiva de que no lo pagan de forma aparente los propios ciudadanos el gasto público no se percive tanto como un gasto individul) ya que es menor en la perspectiva subjetiva que esos 20 puntos arbitrarios, en cambio muy pocos son capaces de ser socios de una ONG de ayuda o cooperación, ya que ese coste es mayor que el percivido por no solucionar la pobreza en el mundo. Pero sigamos con los políticos que gestionan tan mal que las pérdidas reales o percividas son acumulativas, convendrá sustituirlos en un momento dado mediante un esfuerzo mayor al de un voto (ya que los que les podrían sustituir son también muy torpes según la visión general que se tiene de todos los partidos) y forzar a los políticos a reformar a fondo sus estructuras de partido o abrir nuevas formas de gestión pública más participativas. Esto no se da... y es que posiblemente el nivel real no sea tan negativo. Tal vez un político honesto, que no tenga que gastar esfuerzos en el combate interno, que no le preocupe la reelección sinó realizar un programa coherente sin preocuparle en pisar callos o en establecer bases de proyectos que obtendrán resultados más allá de una legislatura a largo plazo haga ganar +30 puntos en objetivos políticos y personales a los ciudadanos. Como el mundo real es más cruel, ese político no existe o se ve enturviado por otros factores como el tener que pensar en clave 4 años, intentar conseguir apoyos internos en el partido, poder transigir con otras fuerzas y no aplicar un buen programa, etc... y al final la gestión pública sólo beneficia a los ciudadanos en un +5 anual. La deshazón ciudadana puede existir porqué perciven que hay errores que no les hacen ganar +25, que hay corrupciones, errores, cesiones, intereses creados etc... que hace más ineficaz los logros políticos subjetivos. Bien, aún así, ganan, pero están desencantados con los políticos. Un ciudadano que acumula beneficios, aunque sean mínimos tendrá menos propensión a hacer un enorme gasto (pongamos ese -150 puntos) en conseguir un cambio serio. La estrategia del cambio es la que entraña más riesgos y tal vez se consiga un sistema que haga ganar +15 o bien uno que haga ganar lo mismo o menos que el anterior, por tanto no se consiga beneficio, o que el beneficio sea tan pequeño (pongamos que pasa de +5 a +6) que jamás se va a rentabilizar. Por tanto ese ciudadano estará desalentado de la política pero no moverá un dedo por cambiar e incluso es posible que vote en las elecciones (ya que es un coste muy pequeño y preferirá un partido que le dé un +6 en lugar de un +5). Aunque este modelo es simple tal vez ayuda a plantearnos y entender como los sistemas de poder en las democracias se perpetúan. Mientras no le toques demasiado las narices al ciudadano y sienta que pierde más de lo que le costaría salir a la calle o forzar a una reforma constitucional que deje fuera a la actual élite política, esa élite seguirá perpetuándose. Ha de preocuparse con no forzar demasiado la máquina pero ha de esperar que la deshazón sea una constante entre los ciudadanos y rendirse a los intereses creados, errores, etc... que tiene. También la deshazón puede incrementarse mediante las campañas electorales. En campaña los partidos ofrecen todo lo que pueden hacer, sus candidatos se visten con las mejores galas ideológicas para seducir a sus votantes y la sensación que transmiten es que prometen +50, cuando lo real en condiciones óptimas es conseguir un +25, y es considerado una muy buena gestión sacar un +10. Dá igual que posteriormente se gestione con gran nivel de excelencia y se obtenga un +10 (el doble de lo que sacaría una gestión normalita), la deshazón existe: hay un +15 perdido, pero además el prometido es 40 puntos anuales por encima.. al menos a nivel de la percepción de los ciudadanos. Aún así, como el coste es mayor que la posible ganancia y el riesgo, en general nadie saldrá a la calle. En el fondo nos va bien a todos, aunque a algunos un poco mejor...
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