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Cuando era cría y montábamos huelgas en el insti para protestar contra la (primera) guerra de Irak, comentábamos que los trenes se retrasaban, casualmente, justo el día y la hora justa en que nos apelotonábamos en la estación para dirigirnos a la mani. Porque en aquel entonces, a pesar de las frecuencias de paso de media hora o más, los convoys llegaban en punto. Segundo más, segundo menos.
Los nuevos habitantes de la ciudad encontrarán nuestras batallitas un punto increíbles, visto el estado en que se hallan las líneas de cercanías. Pero no se trata sólo de los trenes. Los embotellamientos a la entrada de la urbe son ya un clásico que no ha fallado en décadas, pero también tenemos nuevos invitados como los cortes de luz – hasta el punto de que en la ofi uno ya no sabe si vale la pena volver a encender el ordenador tras tres bajadas de tensión seguidas-, o la cada vez más insuficiente red de autobuses, en general uno tiene la sensación de que la calidad de vida del barcelonés ha disminuído considerablemente en los últimos años. Y encima estamos pagándolo a precio de capital, con los pisos por las nubes y pagando tributaciones muy superiores a la de nuestros vecinos del extrarradio. La ciudad ha mantenido su población, pero en cambio el área metropolitana ha aumentado la suya y ello acarrea mayor presión sobre Barcelona por parte de personas que se desplazan a la ciudad pero no viven en ella, un mal muy conocido por otras metrópolis que aquí se ve acentuado por una exasperante falta de inversiones y, sobretodo, de mantenimiento de las infraestructuras ya existentes. RENFE es el ejemplo más conocido, pero tampoco se puede decir que la red de Ferrocarriles de la Generalitat se halle en mejores condiciones (afortunadamente para ellos, el volumen de servicio que dan es menor). Y lo de las eléctricas es la puntilla que nos faltaba. ¿Tenemos la negra? ¿O nos hemos dormido en los laureles del estallido pre y posolímpico? ¿Tenemos solución? Sea cual sea la respuesta, no permitan que nos veamos obligados a abandonar esta ciudad. Es un caos, pero nos gusta.
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